Te preguntarás por qué te he llamado aquí

Aquí abajo hay algunas colecciones de cuentos, proyectos y memes. Date, léelo, disfrútalo, y si tienes algo qué decir puedes encontrarme en Twitter, supongo.

Gracias por venir.



El brillo del fuego en tus ojos

Una colección de cuentos sobre portales, misterios y las alimañas que habitan las ciudades.

Morros Súper Piratas

Relatos tristeróticos 100% reales sobre muchachos orgánicos free range.

Hojas de diario

Aquí es donde vengo a llorar.

Proyectos

Diccionario de Tlalpan

Manifiesto del Deseo No Consumado

Bestiario

Memes

Dump de memes que he hecho a lo largo de la vida.

DestacadoPublicado el Categorías Diario

Nuevas formas de amor

Estoy descubriendo una nueva forma de amor: el platónico.

Llevo días cultivando una bonita amistad con el becario caribeño de la oficina de al lado mientras lo admiro en secreto. Ni tan en secreto. Le tiro el perro a la menor provocación.

“¿Por qué huyes de mí?” me pregunta cuando llega y me doy la vuelta para evitar que lea lo que escribo en mi libreta. Ahí está la oportunidad:
“Al contrario, en todo caso correría a tus brazos, pero me da pena que vean lo que escribo”.

Además de eso, es mi cómplice en un proyecto que involucra perros dibujados. Una tarde, pensándome solo en la oficina, me di a la tarea secreta de llenar los pizarrones y paredes negras del lugar con dibujos de perros para confundir a mis compañeros y porque, bueno, quería dibujar muchos perros.

Llegó por detrás y me asustó. “¿Qué haces dibujando perros por todos lados?” me dijo con su acento cubano. “Me temo que tendré que matarte”, le advertí señalándolo con el gis como si fuera una pistola.
Le prometí un perro a cambio de su silencio y unos días después le dibujé esto con la computadora…

Se lo puse en Facebook,  le da un pulgar arriba, comenta algo agradeciendo e inmediatamente después lo escucho comenzar a cantar en la oficina de al lado canciones de amor de Natalia Lafourcade.

“Carnal, organiza tus ideas y emociones”, me dice un amigo en común. “Número uno: ¿por qué le dibujaste un perro?”, me interroga. Me encuentro arrinconado. Tengo apenas una vaga idea. Razonemos: No es para ligármelo porque su heterosexualidad es un asunto que desde el inicio nunca tuve la intención de sortear. No espero nada de él. En realidad, es sólo que me gusta tenerlo cerca.

¿Por qué? Pues además de ser guapo y tener una personalidad cálida, tiene una forma especial de balancear el peso de su cuerpo que me prende. Lo hace todo el tiempo, no tiene switch de apagado. Tiene muchos hábitos relacionados al lenguaje corporal que me parecen atractivos. Por nombrar algunos: agarrarse el paquete, sobarse el vientre y el pecho, y unas maneras de pararse que más bien parece posar.

Por fin le contesto a nuestro amigo: “Me gusta su presencia y es una pequeña ofrenda para demostrarle mi aprecio por existir. No pretendo nada, sólo admirarlo de lejos como un diosesito de barro.”

Mientras escribía esto llegó el becario y se sentó junto a mí, me miró fijamente por un largo rato. ¿Intentando descifrarme? ¿buscando qué efecto tenía en mí su mirada? ¿sólo mirándome y ya? La respuesta me escapa. Tal vez entendió el gesto y me lo agradeció con su presencia. Tal vez no tiene idea de lo que está pasando y sólo le caigo bien por dibujar perros.

Lo que sucedió es que me cimbró, me puso nervioso. Así que hostil le pregunté casi gritando “QUÉ”. Él nomás se rió, dijo algo como “Nada, gracias por el perro” y se paró y se fue bailando.

Ahora entiendo porqué Cupido disparaba flechas y no algo más inofensivo como, no sé, pétalos de flor, polvo de gises de colores o ron. Me pregunto en silencio y lo repito cuatro veces como si fuera una plegaria: ¿Que si este es el amor, que si este es el amor?

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Gimnasia Olímpica

Fue el año que me puse brackets porque no sabía qué hacer con mi vida. Tenía 22 años y juraba que podía sentir cómo la gravedad del mundo iba acabando lentamente conmigo. A la todo-consumidora entropía acabándome a pellizcos y aniquilándome un-día-idéntico-al-anterior a la vez. Fue el año que me enganché con las series de televisión.

Nunca había visto tanta televisión en mi vida y nunca había fumado tanta marihuana como entonces. Se iban en cámara rápida temporada tras temporada de The Office, Game of Thrones, Arrested Development, Los Simpsons y las páginas de Akira mientras comía pollo frito y los restos se me quedaban atorados entre el metal de los dientes. Me condené a mi mismo a una vida ordinaria en una especie de suicidio social o un hikikomori ridículo. Lo más cercano a contacto humano que tenía era jugar con mi gata. Así estaba cuando conocí a Hernán.

Se me había ocurrido que lo más saludable sería hacer las paces con la idea de que envejecer es inevitable y que todos moriremos algún día en esta piedra desoladora flotando en el absurdo vacío del espacio o algo así. Luego, en un increíble salto olímpico de lógica, llegué a la conclusión de que la mejor forma de hacer las paces con esa idea sería saliendo con alguien mayor. Ya saben, un hombre de verdad, un adulto serio, un humano que ya de tan vivido sabía qué pedo. Y ese alguien era un vato mamado de 29 años llamado Hernán que conocí en Grindr.

Hernán era un sueño con el cabello engelado, la quijada cuadrada y siempre en pants deportivos en los que se delineaba el contorno de su verga. Por encima de todo, parecía exactamente lo que necesitaba en ese momento, casi como si hubiera salido de una fantasía escapista adolescente.

Hernán tenía su propia empresa.
Hernán practicaba gimnasia y tenía los tríceps para probarlo.
El proyecto de tesis de Hernán era una grúa portatil con estabilizador para cámaras de video.

Si lo hubiera conocido en secundaria seguro hubiera escrito su nombre un millón de veces al final de mis libretas. De alguna forma eso estoy haciendo ahora.

Hernán me parecía un hombre no sólo maduro sino hasta exitoso. Probablemente, lo que más admiraba de él era su independencia. Si yo era mi propio perro (o al menos eso decía mi perfil de Grindr), entonces él era su propio templo.

A sus 29 años era el dueño de una tienda en línea de productos naturistas y para ganar dinero lo único que debía hacer era recibir paquetes, meterlos en cajas con publicidad de la tienda y volverlos a enviar. La empresa de paquetería pasaba a recoger la mercancía a su casa, así que ni siquiera tenía que poner un pie afuera de su departamento.

Tanto como sus tríceps, su pecho hinchado y su espalda de Atlas, me deslumbraba su libertad. Libre como Lucifer. Envuelto en humo de marihuana, vistiendo nada más que pants, un animal de físico espectacular revolcándose en su libertad, atascándose en ella. Estaba hechizado.

Estaba hechizado, Hernán lo sabía y flexionaba sus bíceps frente a mí, flexionaba su libertad frente a mí, flexionaba el reflejo sobreidealizado de mis propias expectativas para la vida frente a mí.

Por supuesto que para mí era como caminar por entre la bruma de un sueño. De por sí era algo deslumbrante, en mi estado de catatonia frente a la vida me pareció hasta solar. Yo llevaba meses sin ligar, mitad por mi paralizante miedo social y mitad porque según yo nadie iba querer a un muchacho flaco con brackets.

Esa era mi última gran oportunidad para alcanzar la madurez, la iluminación espiritual y, con suerte, el amor. O por lo menos lo sería hasta que me quitara los brackets.

Cada que lo penetraba él abría las piernas como un contorsionista imposible. Medalla de oro en lucirse al coger. Así, fumada tras fumada y cogida tras cogida, entramos sin darnos cuenta en una especie de relación o algo así.

Ahí estaba: Todo lo que siempre soñaste. O por lo menos todo lo que soñaste como por las últimas dos semanas. Esa era la relación con un adulto de verdad que querías. Sí, señor. ¿Y bien? Pues no estaba sucediendo nada. Me sentí como estafado por una bruja. Como desnudo y embarrado de sangre de gallo negro bajo la luna llena de otoño esperando inútilmente que algo sucediera mientras el frío me iba ruñendo las costillas.

Ya andaba con mi adulto de verdad, pero no me sentía nada como si me estuviera convirtiendo en uno. Como decía el enano de Juego de Tronos, pronto la miel se nos convirtió en ceniza en la boca.

«Miren, este es Ayax», me presentó tal y como dicta la tradición occidental, pero luego aclaró: «Es un adqui».
«¿Perdón?». Bueno, ese perdón no lo dije, pero lo debí haber dicho. Seguramente lo pensé. Tal vez sólo sondee el vacío buscando una cámara a la que mirar con complicidad como en The Office.

«Un adqui», me relamí las palabras en la boca y cada que lo hacía me sabían más amargas. Nunca había escuchado la expresión, pero “un adqui” tenía algo que no me gustaba nada. El comentario me rechinó en la cabeza por días mientras le buscaba una posible explicación. Al final tuve que aceptarlo: Una adquisición. Una forma de decir un liguecito, una nalguita, una pielecita.

Un adqui indicaba pertenencia, blanco tenía que ser el muchacho. Me emputaba cada que me acordaba de eso, sobre todo cuando se me había vendido la idea de una relación.

Se corrió el velo del sueño. La furia me hizo mirar la verdad y la verdad era repugnante como repugnantes eran los videos que grababa de sus estudiantes de gimnasia. Todos ellos en edad universitaria, va, pero grabados bajo el supuesto tácito alumno-profesor de que esos videos jamás serían usados para lo que los usaba Hernán: para masturbarse.

De haber sabido, esos muchachos de como 18-19 años  de edad probablemente no hubieran sonreído tan despreocupadamente como lo hacían en el video.

Así de emputado recordé la primera vez que me vi con Hernán. Quedamos de vernos en una esquina cerca de su casa y mientras caminábamos para encontrarnos los dos nos mirábamos y sonreíamos como si nos hubiéramos sacado la lotería. Luego fuimos a un Oxxo a comprar condones. En ese momento no me pareció extraño, pero en perspectiva fue bastante patán eso de pedir los condones alzando la voz y con su mano sobre mi hombro. Algo tétrico incluso. Todavía recuerdo al cajero, un morro moreno, y su expresión incómoda, tal vez un reflejo de la mía. Ahí estaba mi adulto de verdad presumiéndome como si fuera yo un trofeo moreno de 1.75 y cincuentaypocos kilos.

No había marcha atrás. La maquinaria del odio y la verdad habían tomado su rumbo: Su tesis, ese artefacto misterioso a medio armar al centro de la sala, llevaba igual desde la primera vez que lo vi. Nunca lo había visto afuera de su casa. Siempre llevaba pants.

A pesar de tener la vida más o menos resuleta, Hernán no hacía otra cosa que fumar marihuana, hacer ejercicio y jugar videojuegos de Naruto en calzones sentado en el piso alfombrado de su departamento en Coyoacán.

Un día me preguntó si estaba cogiendo con otras personas y me puse bien loquito por todo ese asunto del “adqui”. Le dije que no. «Qué bueno, porque a mí me gusta coger con una sola persona y que cojan nada más conmigo».

Me empezó a enfadar su gimnasia mientras cogíamos. Hernán se retorcía de formas innecesarias, se contorsionaba y más que prenderme la escena me recordaba a un artista de circo. «Esto que estoy haciendo no lo hace cualquiera», me decía mientras realizaba una complicada posición de yoga con mi verga adentro suyo.

La última vez que lo vi discutimos porque yo no quise coger. «Hay que seguir fajando, no tengo ganas de coger», le dije. Hernán detuvo la mamada y dijo «Pues entonces yo no tengo ganas de chupar vergas, así como tú no tienes ganas de coger» y se levantó. Fue entonces cuando lo decidí.

No tenía por qué aceptar berrinches de un mariguano mamón, sin sueños y sin futuro. Si iba a envejecer y morir lo haría con gracia, no aferrado a repetir para toda la vida las mismas pendejadas que me hacían reír a los 20 años. Podía no entender muchas cosas sobre la vida y tener un miedo paralizante al futuro y al mundo, pero en ese momento de claridad supe que debía salir corriendo en la dirección contraria. Correr en pánico y no detenerme hasta que el cansancio y la adrenalina me hicieran perder el miedo, tal vez.

La noche de mi cumpleaños 23 mi gata salió y jamás volvió. Me drogué tanto que dejé de disfrutar la fiesta, todo me parecía absurdo, como si la vida fuera solamente seguir sin ganas los pasos de una coreografía. La sensación de que era inevitable envejecer y morir era más fuerte que nunca.

Y me miraba al espejo y de vuelta no me miraba ningún muchacho capaz de competir en gimnasia como lo hacía Hernán. En cambio me miraba de vuelta un flaco ojeroso cuya incipiente musculatura se apreciaba más bien correosa, sin mencionar el metal en la boca cada que sonreía. Medalla de oro en, a pesar de todo, sentirse bien con uno mismo, en la categoría de cinco minutos.

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Esos chilangos de los que me advirtió mi madre

30 de junio 2015

Llevábamos 15 minutos afuera del local esperando que nos entregaran tu jugo cuando suspiraste un “¡Cáaaamaraaaa!”. Soltaste tu “cámara” como quien deja ir algo y queda un poco más liviano. Todavía me acuerdo claro de tu tono de niño haciendo berrinche. Fue el cámara más bonito que he escuchado en la vida, tu acento una canción de amor desde Iztapalapa. De todas las cosas que me persiguen, probablemente tu cámara sea la más ridícula. 

Ese día cargaba conmigo una noche sin dormir y como tres días sin bañarme. Mi rutina era clases durante las mañanas, un empleo por las tardes y trabajos finales en las madrugadas. Ese día te acompañé al banco y me quedé dormido en los sillones de espera, con el cabello grasoso cayéndome sobre el rostro. Yo siempre he sido un perro y a ti nunca te ha importado. Contigo me siento como un burro que tocó una sinfonía completa con la flauta. Por eso cargo tu acento de barrio como un amuleto al cuello.

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Humo

30 de agosto 2019

Te vi salir de entre el humo corriendo, como si el humo te hubiera escupido en la existencia. Atrás de ti el fuego de los cohetes dando latigazos al aire. ”Corre corre corre corre” me dices todo sudado y me agarras del brazo al pasar. La ciudad es enorme, confusa y fosforescente. No la conozco, no es mi ciudad. Me habré caído acá en un sueño. Tal vez estoy dormido en mi cuarto y tengo 15 años. Tal vez soñé todo. Soñé que me escapé de la casa y te conocí en la Ciudad de México. Que es una ciudad legendaria en donde las luces de las azoteas resplandecen como joyas. Una ciudad espacial y del futuro con trozos del pasado abollados por aquí y por allá. Una ciudad diferente con personas diferentes como tú. Personas que a los 17 se tatuaron una A de anarquía en la muñeca como para no olvidar algo. Personas bisexuales que entraron a estudiar matemáticas puras y música y que luego se hartaron de absolutamente cualquier cosa y decidieron ir a huelga. Personas como tú y como yo, no muy listas, con los ojos llorosos y el estómago suelto por culpa del gas pimienta, corriendo de la vaga amenaza de la policía, que seguramente está unas cuadras atrás pisoteando a un muchacho mientras una desconocida lo protege con su cuerpo. Porque esta es una ciudad de México y esas son las cosas que pasan, está escrito en las letras pequeñas de existir en México. Y ya que estamos lo suficientemente lejos, digamos por el Monumento a la Revolución, y que apenas empieza a llover, nos besamos por primera vez esa tarde. Yo te beso para ser exactos. Me pongo de puntas y te agarro la cabeza por atrás con las manos delicadamente como si fuera un pájaro o algo frágil porque exactamente lo que tenemos es algo muy frágil. Entonces tus labios carnosos y el tacto de tu cabello y la brisa con lluvia, el viento sobre mi cabello y yo todavía de puntitas y tú como agarrándome. Cuando nos soltamos (o cuando yo te suelto para ser exactos, eso también hay que decirlo) me siento como en una postal. Como esa foto del marinero y la enfermera, pero sin el acoso. No sé si para esto vine. Para ser este vato estúpido y enojado y cursi y lo suficientemente desesperado como para meterme a una nube de gas lacrimógeno a buscarte y luego sacarte como un perro rescatista en un incendio. Para vivir como el personaje chaqueto de un escritor chaqueto. Tal vez ahí quedamos entre el humo porque no recuerdo haberme sentido así de vivo desde entonces.

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El espacio entre nosotros

Javier

Fui súper cuadro con Andrés al mercado y me sentí como si hubiera entrado a una ilustración japonesa. Todo era tan vibrante. Sentía que los tomates se iban a empezar a reír de mí. El limón se veía hermoso y la cebolla aterradora con todos esos pelos (una verdura no tiene derecho a tener tantos pelos). El pescado me miraba lacónico desde su cama de hielo y pensé que tal vez debería agradecerle antes de comérmelo, como los japoneses. Todo lo compramos para hacer un ceviche y celebrar nuestro primer día en el nuevo depa. No tenemos muebles, pero el ceviche dignifica.

Andrés

la casa no podría estar más limpia y eso es porque tenemos solo como tres muebles, ¿para qué queremos más? me pasé toda la mañana intentando pescar una señal de internet para ver si alcanzaba a ver el partido pero no logré nada. pienso que estaría bien tener un perro que me motive a salir a correr. me dormí y soñé que estaba en casa de mis padres.

Javier

No sé cómo me siento respecto a vivir con Andrés. Ayer estuve todo el día ácido junto a él y creo que nunca se dio cuenta el muy bebé. ¿Será hetero? Se viste y se ve completamente hetero. Pero no sé. Uno nunca sabe. O yo soy demasiado tonto para saber de estas cosas. No sé cómo me siento respecto a vivir con Andrés, pero me gusta verlo descalzo y en shorts por las mañanas.

Los planetas

*Mercurio arranca directo en el grado 11 de Escorpión*

Andrés

hay un parque cerca pero si voy a ser honesto no creo hacer ejercicio jamás, en realidad estaba buscando un lugar para fumar porque no sé cómo se sienta Javier respecto a la mota, se ve como un buen muchacho que no sé si se pueda espantar o algo así pero bueno estamos en la ciudad ahora, tal vez debería ofrecerle creo que estaría bien fumar con él

Javier

Por fin me pasó esa cosa de los pasillos. Había leído de eso antes de llegar a vivir acá y justo estos días me había acordado. Y hoy por fin me sucedió. Estaba en un mercado del centro y pasé por un pasillo, pero me di cuenta que por ahí no era y cuando me quise dar la vuelta todo había cambiado detrás de mí. Antes era un pasillo de fruta pero al darme la vuelta ya era uno de un mercado de brujería. Algunas de las señoras de los puestos eran terriblemente feas y llevaban las manos saturadas de anillos. Era incómodo verlas, pero no podía apartar la mirada. No sé si contarle a Andrés de esto o si me vaya a creer.

La guía popular para navegar por este rincón olvidado por Dios que llamamos ciudad

La ciudad es un laberinto vivo. Es posible que una misma puerta no te lleve dos veces al mismo lugar o que al cruzar un pasillo termines en otro espacio al que originalmente no estaba conectado. Es normal. Respira. Si te sucede, lo más probable es que ya estemos trabajando para solucionar la situación y agradeceremos tu paciencia. Si experiencias molestias metafísicas o sospechas de algún error, favor de jalar la palanca de emergencia.

Andrés

hoy venía tan frito que prendí un cigarro al revés, vi a unos indigentes bien torcidos en una calle y les tomé una foto en blanco y negro, es la mierda más artística del mundo te lo juro esta ciudad te abre la mente

Minerva, la mujer en situación de calle

Dejen dormir vergas

Javier 

Salí del mercado y tardé un rato en darme cuenta que nadie me veía. No fue hasta que la taquillera me ignoró por un minuto completo aunque estuviera golpeando el vidrio. Luego alguien pasó junto a mí. No me atravesó como si fuera un fantasma, más bien me evitó como si fuera una columna o una pared. Y pagó su boleto como si nada. También había leído de esto. Luego del desfase de pasillos regresé a una dimensión paralela, muy cercana a la mía, pero con una serie de requisitos diferentes a mi composición para la materialización. O algo así decía el manual. Básicamente, esto quería decir que podía atravesar el espacio a un ritmo normal pero nunca sería percibido por él o sus habitantes. Estaba atrapado en este estado parecido a la invisibilidad. Lo primero que pensé fue que, si me iba mal, podía quedarme atrapado ahí para siempre. Lo segundo que pensé fue que ahora podía espiar a Andrés y tal vez verlo cambiándose, no sé.

Andrés

estuve hasta las 3 viendo películas de star wars y fumando mota porque Javier no llegó tal vez ligó con una morrita en la calle o algo así el caso es que de todas formas dejé la ventana abierta por si llegaban a mitad de la noche para que no olieran

Javier

Esto es muchísimo más aburrido de lo que imaginaba, ¿quién se duerme con pantalones? Me quiero ir a mi casa.

Una voz en las bocinas de muchas estaciones de metro que todavía no conoces

El espacio liminal ha sido temporalmente suspendido para rescatar a un usuario. Por favor, manténgase alejado de las vías alternas. Tiempo estimado para continuar el recorrido: De (20) minutos a (3.88) años.

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Voy al Oxxo, ¿alguien quiere algo?

Estábamos en pleno bajón compartiendo un silencio y sólo se escuchaba el ladrido de los perros a lo lejos. El punto más alto de la noche había quedado atrás, de ahí sólo seguiría valer verga en picada. Llevábamos cuatro churros entre los dos y ya nos costaba trabajo ordenar las palabras, así que cada quién estaba en su celular como descansando de existir, deslizando infinitamente en algún feed del vasto Internet. Estábamos, como decía Gise, entregándonos completamente al sopor existencial. Si ponía atención, podía ver algo en los huecos entre las imágenes de la pantalla del celular, una idea muy específica de cómo era la vida para mí en ese momento de la A a la Z. Pero cuando volteaba a mirarlo de frente ya se había ido. Isaac estaba en lo mismo, suponía. Su cara iluminada por la pantalla del celular, con una pequeña voluta de luz rodeando su cabeza, como un santo con su halo. Un santo de luz mercurial. Un santo como de Xalapa o de Guanajuato o de Durango. De un pueblo bonito (o no tan bonito o bonito a su modo) y silencioso, muy silencioso. Salvo por el ladrido de los perros a lo lejos que me regresó a la realidad. Era lo único que se escuchaba en el pueblo a esa hora, que en realidad no era tan tarde.

Sin que me diera cuenta salimos a buscar algo de comer al Oxxo, que era como el único Oxxo en 15 kilómetros a la redonda o algo así. Todo estaba callado, realmente callado y solo. En todo el camino no nos topamos con nadie, pero sí con un chingo de perros diferentes. Eran perros de la calle, flacos y desconfiados, que te miraban agachados y luego iban a esconderse o te seguían con la mirada hasta que pasabas. Su ladrido para ese punto era ya como el ruido del mar o de los carros, algo que das por sentado y que ya no escuchas a menos que pongas atención. 

Isaac llevaba shorts y chanclas y una camiseta negra y vieja que decía “Grupo Alternativo”. Yo también tenía una de esas en mi departamento en la ciudad. Las mandó hacer hace algunos años, pero se veía que él sí se ponía mucho la suya. El asunto del short y las chanclas me prendía vagamente. Me distraían sus pies descalzos y sus chamorros velludos y la tela ligera del short. Pero trataba de no ponerle mucha atención porque sería incómodo que se me parara así nomás caminando por la calle. Aparte era mi amigo y eso. No es que no me daría con él, claro que me daría con él: eso es todavía más de amigos. Era solo que no quería hacer un pase y arruinarlo todo. Qué tal que no le gusto. O que tal que tiene a alguien y no me ha contado. O que tal que está ahí esperando que le haga un pase porque él es demasiado tímido como para hacer uno. O que tal que le entro y a la mera hora no me gusta tanto como creía y lo arruino para todos. Tantas cosas podrían salir mal.

Isaac desde hace un largo rato no decía nada. Estaba bien. Llevábamos como día y medio platicando de todo. Conversábamos 12 horas seguidas de cosas fascinantes y cosas sencillas. De las cosas que alcanzas a ver entre las cosas y que luego no atrapas, o de las que sí. Luego hacíamos cosas como poner Evangelion o Bob Esponja y nos quedábamos callados. O luego jugábamos Smash y también nos quedábamos callados. Pero en otras ocasiones sólo nos quedábamos mirando a la nada o caminando y ahí era cuando más callados nos quedábamos. Y esa era una de esas últimas veces. Él estaba ahí con sus shorts y sus chanclas y su carita salvaje. Y el mundo era oscuro pero mercurial iluminado por los postes. Y los perros ladraban y ladraban.

Cuando llegamos al Oxxo, el único Oxxo en como 15 kilómetros a la redonda, el lugar también estaba solo. Nos pasamos y preparamos cada quien una maruchan y un hot dog de esos con las salchichas feas y mojadas, pero que a esa altura del monchis era como una comida en un restaurante de lujo. Nos paramos junto al horno mientras nuestras dos latas de sopa daban vueltas adentro siendo irradiadas y recuerdo su presencia, el aura de santo, los shorts, su olor y todo lo demás. Pero no recuerdo si era más alto o más chaparro, o si era que yo lo sentía más de una forma u otra. Si este recuerdo fuera un mensaje de texto aquí iría un emoji pensando. El caso es que el microondas hizo un sonido y nuestras maruchan ya estaban. Pero seguía sin haber nadie ahí para cobrar. Ni un vendedor o un empleado o como se diga. Gritamos y tocamos estúpidamente el mostrador con el puño pero no venía nadie. Buscamos en la bodega, que estaba abierta, y luego en el baño, que también estaba abierto, y no había absolutamente nadie. Así que nos comimos nuestras cosas en el estacionamiento sin decir nada.

Mientras me comía mi hot dog recuerdo que me clavé mirando sus piernas y pensando en que seguramente regresaríamos y nos quedaríamos dormidos separados en la misma cama con algún animé o una película vieja sonando al fondo. Y que seguro yo, de nuevo, tendría una incómoda erección ahí mientras pretendía dormir. Y cuando por fin me quedara dormido soñaría con esa cosa que me haría entenderlo todo y hacer sentido de las cosas de la A a la Z. Al despertar la olvidaría. Entonces Isaac me tocó el hombro como siempre hace y regresé a la realidad. Voltee y estábamos rodeados de perros. Perros de la calle hasta donde alcanzaba la vista, de todos colores y tamaños, pero todos flacos y descuidados y sucios. Era como un océano de perros. Luego uno comenzó a ladrar, luego otro, luego todos los demás ladraron sin parar.

Azoteas

Leo era un cabrón que vivía cerca de mi escuela. Yo tenía como 18 y el como 23. Creo que fue la primera vez que estuve con un Morro Súper Pirata™. Leo era un muchacho blanco mariguanero que practicaba box y tomaba fotos. Tenía el cuerpo más espectacular que había visto fuera de mis cómics de los X-Men o las páginas porno o lo que sea que viera a los como 18 años.

Quedaba hipnotizado cada que lo veía sin playera. Nunca he sabido bien a qué se dedicaba, pero siempre que iba a su casa estaba echado, descamisado, tomando cerveza o fumando. Leo estaba, como decía mi amiga de Guaymas, súper pirata.

Leo me gustaba porque no era como ningún otro maricón que hubiera conocido hasta ese momento. Aunque mis referencias no eran muchas. Los únicos otros homosexuales que conocía a mis 17–18 años eran mi ex, el emo que se videogrababa bailando Vogue y, probablemente, ese muchacho alto, delgado y precioso de la preparatoria al que misteriosamente todo mundo conocía sólo como “El Bambi”.

Leo me enseñaba cómo boxeaba golpeando un saco que tenía en su azotea. Luego, cuando se cansaba, con el sudor delineando pornografía en su físico espectacular, volteaba a verme, me sonreía y se agarraba el paquete.

Una vez me contó que se había peleado con unos borrachos porque se querían pasar de verga con su amiga. Otra vez se peleó porque unos taxistas les gritaron “maricones” a él y a sus amigos cuando iban saliendo de un antro gay.

A veces hacía negocios por teléfono. De las pocas conversaciones que recuerdo con él hay una en la que me contó de un chavo de 18 del Tec que “le estaba costando trabajo colocar”. Según parecía, el chavo quería encontrar a alguien que le pagara por mamársela. “Y encontrar clientes para eso está tardado”, me dijo Leo.

Luego volteó a verme y me miró como si me estuviera viendo por primera vez, verdaderamente viendo, y me preguntó “¿Tú tienes 18, verdad?”

Se podía ser gay y ser cool (y un padrote boxeador fotógrafo súper pirata) al mismo tiempo. Sorpresa, morrito de provincia: Tú decides lo que significa ser gay. No estaba obligado a bailar complejas coreografías de música pop; no estaba condenado a eventualmente dar las noticias de los espectáculos en horario matutino. Uno podía ser puto, a uno le podía gustar la verga, y aún así ser y hacer lo que a uno le viniera en gana.

El hambre con la que se comía mi verga ese Leo y las perlas de sudor que le saltaban del cuerpo cuando se agarraba a golpear el costal de box. Leo era la píldora roja, el conejo blanco que me llevó sin saberlo a conocer el espejo oscuro de la vida. Fue mi araña radioactiva y la libertad conmigo mismo mi superpoder. Dejé de cargar la sexualidad como una cruz y empecé a vivir.

Fajamos varias veces en la cocina de su casa, en la sala de su casa, en la azotea de su casa. Luego lo llevábamos a su cuarto, que también estaba acondicionado como estudio fotográfico.

Me decía, mira ponte así, y luego hacía ráfagas de varias fotos. Me encantaba verlo así y así me acuerdo de él, en pantalón de mezclilla, sin camiseta, como una estatua griega con los ojos rojos mirándome a través de una cámara.

Se comenzaba a agarrar cada vez más el paquete hasta que soltaba la cámara y cogíamos.

Leo falleció hace unos años (todavía no sé cómo) y de él sólo me quedan unos bóxers azul celeste (ya todos rotos) que decía que le gustaban.

También me queda una foto que nos tomé con mi celular, la única que nos tomé yo. Salimos los dos sonriendo quedito y Leo tiene la cabeza rapada y los ojos pequeños y rojos y el viento me mueve el cabello. Detrás de nosotros se expande hacia el cerro un tapiz de azoteas y techos de bloque, un desierto de planchas de concreto con varillas despuntando al cielo. A veces busco ese celular nomás para verla y acordarme del cabrón de Leo.

Eventualmente crecí y me vine a vivir a la Ciudad de las Ratas, y por un tiempo me di la tarea secreta de salir con la mayor cantidad de morros de 18 que pudiera y tratar de expandirles un poco las orillas del mundo, intentando replicar lo que –seguramente sin saberlo– Leo hizo conmigo. Portarme como un guía de turistas pero de las azoteas secretas del mundo y de lo que puede llegar a ser la vida. No tengo idea de por qué. Tal vez para preservar la tradición de los morros súper piratas.

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MISTERIOS INEXPLICABLES

Todo esto es real y sucedió cuando tenía como 23 años

Lo que quiero decir es que recuerdo perfecto que le hice prometer a Eduardo que no me dejaría solo después de la fiesta. Teníamos un trato. Nos meteríamos un ácido e iríamos a una fiesta. Cuando no aguantáramos más, regresaríamos a mi casa. El subtexto es que fajaríamos, porque fajarte con alguien es de las mejores cosas que puedes hacer en ajo. 
No lo digo yo, lo dice Fernando Benitez en uno de sus libros sobre drogas. La verdad es que no tengo muy en claro quién es Fernando Benitez, pero en mi escuela hay un auditorio con su nombre, lo que equivale a decir que la Universidad Nacional también cree que una de las mejores experiencias en la vida es coger en ácidos. El respaldo académico es innegable.

Así que ahí estamos bailando a media luz en casa de Carolina. El resto de la gente, se nota de cien maneras, son en su mayoría estudiantes de arte. Probablemente no seamos los únicos ni los más drogados. Así pasan un par de horas hasta que me empieza a dar calor y me quito la camisa de cuadros azules para quedarme en camisa interior. Eduardo chifla y me mira con una clase de mirada que no puedo describir pero sé perfectamente bien qué significa y significa vámonos de aquí.

Afuera hace un frío que cala en los huesos, dejo de sentir los dedos de los pies y me vuelvo a enfundar en mi camisa pero no es suficiente. Caminamos por alrededor de una hora que se siente como mil hasta llegar a una avenida grande cerca de mi casa. Se detiene y no se me ocurre preguntarle por qué lo hace. Me quedo anonadado viendo las luces de los carros como serpientes luminosas atravesando la oscuridad a toda velocidad. De noche la luz del mundo. Entonces Eduardo me dice que tiene que irse.

Se apagan las luces.

Por supuesto me quedo indignadísimo. Pinche naco, suelto al aire aunque sea horrible y no venga al caso. Hiciste una promesa. Me vas a dejar así de drogado en la calle a mitad de la noche. Pues sí. Pues vete a la verga entonces.

Luego de media hora de caminar fascinado y aterrado al mismo tiempo, es decir, completamente lleno de vida y propósito, llego a mi casa.

En mi casa hay otra fiesta oficiada por mi roomie. Como en todas sus fiestas, son puros muchachos trágicamente heterosexuales. Yo me siento en un sillón de la sala a hacer un berrinche privado. Me duelen los pies y me siento como un perro al que lo abandonó su dueño. Un perro excesivamente drogado a mitad de la carretera.

Su música está horrible y se enmarca en ese lamentable contexto llamado «rock latinoamericano» o «rock en tu idioma». Cultura heterosexual. A mi roomie se le ocurre la desafortunada idea poner «el vaquero rockanrolero» de Charlie Montana en honor a mi llegada lo cual solo consigue ponerme de peor humor. Sal a la herida.

Se me acerca un muchacho inexplicablemente vestido con un uniforme del Real Madrid. Shorts y camiseta blanca, calcetas cubriéndole las pantorrillas y unos tachones. Me pregunta que si no me gusta la canción. Le digo que no. Me pregunta que si no doy el jacintazo o el piporrazo. Volteo a verle las piernas y luego la cara. Está lindo. Le digo que sí, que a veces. Lo invito a salir por cigarros o con cualquier excusa. El chiste es salir de esta atmósfera agobiante. Siento como me erosiono cada minuto que paso en esa fiesta terrible.

De regreso y ya con cigarros nos detenemos en un parque. Seguramente me dijo su nombre pero no me acuerdo. Estaba borracho. Me cuelgo de un pasamanos a levantarme tres o diez veces. Me dice que cuántas abdominales puedo hacer y me enseña cómo se hacen. Le digo que unas retas. Me quedo en las diez y él, borracho y todo, llega a más de veinte. Le digo que si tiene cuadritos. Se levanta su playera y me muestra. Luego me dice que a ver yo. Esto se está tornando muy predecible. Y hago lo mismo. Miro su cara mirarme. Se ve algo perdido, como si el corazón le hubiera saltado un latido. Después dice algo ridículo, algo como te ves flaco pero estás fuertecito. Le digo que si lo cargo. Me dice que sí y se trepa en mi espalda. Me llega una imagen vívida de una clase de educación física en la secundaria, también en shorts. De pronto siento su erección golpeando mi espalda y no puedo evitar soltar una risa.

Debajo la tierra comienza a moverse y pierdo el equilibrio. El suelo parece estar vivo y me jala hacia él. No siento el golpe pero sí una carcajada subirme por dentro y escapar en un estallido.

Me pregunto cómo se verán mis pupilas en este momento.
– ¿Cómo se ven mis pupilas.
– Alabestia estás drogadísimo.
– Así es, y tu borrachísimo.

Siento unas ganas incontrolables de bailar. Lo arrastro de nuevo a la fiesta y cambio la música radicalmente. Música decente para comer aquí, por favor. En esta fiesta somos las únicas dos personas bailando. Se nota que no lo hace muy seguido. Me dice a ver cómo y le enseño cómo.

Me acerca la cara sugestivamente cada número indeterminado de pasos. Va agarrando el ritmo. Me siento flotar mientras suena Primal Scream. Estamos bailando cada vez más pegados.

Entonces aparece en escena un muchacho de aspecto hosco. No sé si está feo o si lo recuerdo feo. Le dice al oído algo que no alcanzo a escuchar. Evidentemente le causa molestia a Real Madrid, que niega con la mano y con la cabeza. Luego sigue bailando pero distinto hasta que de pronto deja de bailar. Deja de ser lo mismo y se va.

Real Madrid regresa a platicar con sus amigos o quienes sean esas personas. Ya me había hecho a la idea de terminar de coronar la noche con sus piernas encima de mis hombros. Fernando Benitez, te fallé dos veces en una noche.

Me desplomo de nuevo en el sillón tramando cuál será la manera más rápida de terminar con la fiesta y mandarlos a todos a sus casas.


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Temporada de malilla

6 de noviembre de 2015

Me siento mareado de vida.

En los últimos ocho días me enfermé del estemago y me dio temperatura. Así pasé el fin de semana pasado. Luego de un par de días, ya curado, un odio intenso al trabajo y a mi vida –a los que estoy inevitablemente atado– me produjo un ataque de urticaria. Me salieron decenas o cientos de ronchas por todo el cuerpo. Fue por estrés. Desde entonces, y ya libre de ronchas, he dormido unas seis u ocho horas repartidas en los últimos tres días. He comido mal. He comido mal y he besado. Me he reído con una desconocida y desabrochado el pantalón de un recién conocido.

No puedo ni empezar a explicar o describir lo bien que me siento. Me siento como si estuviera en ácidos a pesar de estar sobrio. Sobrio no es la palabra adecuada. Tengo un estado de ánimo impredecible por la desvelada.

“Te ves como alguien a quien le hace falta dormir”, me dijo David. “Te ves y te comportas como alguien a quien le hace falta dormir”, repitió David, quien minutos antes me había contado sobre el pirómano que conoció en el hospital psiquiátrico. Puede ser, pero era la última persona de quien me hubiera gustado oírlo. Estábamos en la azotea. Llovió por unos instantes y David corrió a refugiarse al edificio. Yo me abroché la camisa y me quedé bajo el agua. Me burlé de su aversión a la lluvia, que fue como un reflejo involuntario. Entonces David encontró un pedazo de lámina salido de un techo y se refugió debajo y su conversación era errática y su pensamiento desordenado y decía las cosas sin atreverse a decirlas del todo. Pero las lanzaba de todas maneras como en una metralla y parecía vibrar mientras lo hacía. 

Me descubrí mirándolo y pensando en la belleza de los muchachos locos. Lo descubrí tomándome fotos en secreto.

Estaba tomando fotos como loco a todo. “Está bien padre todo esto”, dijo, y apuntaba su celular hacia las cosas.

“Se llama experiencia estética”, le dije. “Esto de las azoteas y los colores que el cielo húmedo forma en las nubes, y esto de estar platicando sin ni siquiera estar seguros del nombre del otro. Así se llama”.
“Se siente como nostalgia”, dijo David –yo tenía que verificar mentalmente cada vez que pronunciaba su nombre–
“No, la nostalgia es otra cosa”
“Sí, la nostalgia es otra cosa. Esto es otra cosa”

¿Qué cómo me hace sentir todo esto? 

Me hace sentir que está manzana es la cosa más rica que mi boca ha probado en semanas. Me hace sentir con ganas de correr hasta agotarme. Me hace sentir con ganas de seguir compartiendo poemas por mensaje de voz con muchachos al otro lado de la ciudad –como náufragos varados en islas diferentes que se comunican en mensajes en botellas que lanzan al mar–. Me hace sentir con ganas de besar muchachos que estudiaron ocho años de medicina y terminaron odiando al complejo médico, y se fueron a vivir a la sierra y aprendieron tzotzil para curar en su propio idioma a cientos de anónimos. Me hace sentir con ganas de besar y morder al morro más pirata de todos. Al Rey de los Piratas. Quiero correr hasta que el sueño me reciba con los mantos abiertos

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