Voy al Oxxo, ¿alguien quiere algo?

para Isaac

Estábamos en pleno bajón compartiendo un silencio y sólo se escuchaba el ladrido de los perros a lo lejos. El punto más alto de la noche había quedado atrás, de ahí sólo seguiría valer verga en picada. Llevábamos cuatro churros entre los dos y ya nos costaba trabajo ordenar las palabras, así que cada quién estaba en su celular como descansando de existir, deslizando infinitamente en algún feed del vasto Internet. Estábamos, como decía Gise, entregándonos completamente al sopor existencial. Si ponía atención, podía ver algo en los huecos entre las imágenes de la pantalla del celular, una idea muy específica de cómo era la vida para mí en ese momento de la A a la Z. Pero cuando volteaba a mirarlo de frente ya se había ido. Isac estaba en lo mismo, suponía. Su cara iluminada por la pantalla del celular, con una pequeña voluta de luz rodeando su cabeza, como un santo con su halo. Un santo de luz mercurial. Un santo como de Xalapa o de Guanajuato o de Durango. De un pueblo bonito (o no tan bonito o bonito a su modo) y silencioso, muy silencioso. Salvo por el ladrido de los perros a lo lejos que me regresó a la realidad. Era lo único que se escuchaba en el pueblo a esa hora, que en realidad no era tan tarde.

Sin que me diera cuenta salimos a buscar algo de comer al Oxxo, que era como el único Oxxo en 15 kilómetros a la redonda o algo así. Todo estaba callado, realmente callado y solo. En todo el camino no nos topamos con nadie, pero sí con un chingo de perros diferentes. Eran perros de la calle, flacos y desconfiados, que te miraban agachados y luego iban a esconderse o te seguían con la mirada hasta que pasabas. Los escuchábamos ladrar a lo lejos y para ese punto era ya como el ruido del mar o de los carros, algo que das por sentado y que ya no escuchas a menos que pongas atención. 

Isac llevaba shorts y chanclas y una camiseta negra y vieja que decía “Grupo Alternativo”. Yo también tenía una de esas en mi departamento en la ciudad. Las mandó hacer hace algunos años, pero se veía que él sí se ponías un chingo la suya. El asunto del short y las chanclas me prendía vagamente. Me distraían sus pies descalzos y sus chamorros velludos y la tela ligera del short. Pero trataba de no ponerle mucha atención porque sería incómodo que se me parara así nomás caminando por la calle. Aparte era mi amigo y eso. No es que no me daría con él, claro que me daría con él: eso es todavía más de amigos. Era solo que no quería darle un pase y arruinarlo todo. Qué tal que no le gusto. O que tal que tiene a alguien y no me ha contado. O que tal que está ahí esperando que le haga un pase porque él es demasiado tímido como para hacer uno. O que tal que le entro y a la mera hora no me gusta tanto como creía y lo arruino para todos. Tantas cosas podrían salir mal.

Isac, desde hace un largo rato, no decía nada. Estaba bien. Llevábamos como día y medio platicando de todo. Conversábamos 12 horas seguidas de cosas fascinantes y cosas sencillas. De las cosas que alcanzas a ver entre las cosas y que luego no atrapas, o de las que sí. Luego hacíamos cosas como poner Evangelion o Bob Esponja y nos quedábamos callados. O luego jugábamos Smash y también nos quedábamos callados. Pero en otras ocasiones sólo nos quedábamos mirando a la nada o caminando y ahí era cuando más callados nos quedábamos. Y esa era una de esas últimas veces. Él estaba ahí con sus shorts y sus chanclas y su carita salvaje. Y el mundo era oscuro pero mercurial iluminado por los postes. Y los perros ladraban y ladraban.

Cuando llegamos al Oxxo, el único Oxxo en como 15 kilómetros a la redonda, el lugar también estaba solo. Nos pasamos y preparamos cada quien una maruchan y un hot dog de esos con las salchichas feas y mojadas, pero que a esa altura del monchis era como una comida en un restaurante de lujo. Nos paramos junto al horno mientras nuestras dos latas de sopa daban vueltas adentro siendo irradiadas y recuerdo su presencia, el aura de santo, los shorts, su olor y todo lo demás. Pero no recuerdo si era más alto o más chaparro, o si era que yo lo sentía más de una forma u otra. Si este recuerdo fuera un mensaje de texto aquí iría un emoji pensando. El caso es que el microondas hizo mmmm mmmmm mmmmmm mmmmmmmmmmm mmmmmmmmmm y luego peepeeepeeep. Y nuestras maruchan ya estaban. Pero seguía sin haber nadie ahí para cobrar. Ni un vendedor o un empleado o como se diga. Gritamos y tocamos estúpidamente el mostrador con el puño pero no venía nadie. Buscamos en la bodega, que estaba abierta, y luego en el baño, que también estaba abierto, y no había absolutamente nadie. Así que nos comimos nuestras cosas en el estacionamiento sin decir nada, que también estaba vacío.

Mientras me comía mi hot dog recuerdo que me clavé mirando sus piernas y pensando en que seguramente regresaríamos y nos quedaríamos dormidos separados en la misma cama con algún animé o una película vieja sonando al fondo. Y que seguro yo, de nuevo, tendría una incómoda erección ahí mientras pretendía dormir. Y cuando por fin me quedara dormido soñaría con esa cosa que me haría entenderlo todo y hacer sentido de las cosas de la a A la Z. Al despertar la olvidaría. Isac me tocó el hombro como siempre hace y regresé a la realidad. Voltee y estábamos rodeados de perros. Perros de la calle hasta donde alcanzaba la vista, de todos colores y tamaños, pero todos flacos y descuidados y sucios o con sangre. Era como un océano de perros. Luego uno comenzó a ladrar, luego otro, luego todos los demás ladraron sin parar.

MISTERIOS INEXPLICABLES

una historia 100% real sobre muchachos en ácidos que sucedió en 2014

Lo que quiero decir es que recuerdo perfecto que le hice prometer a Eduardo que no me dejaría solo después de la fiesta. Teníamos un trato. Nos meteríamos un ácido e iríamos a una fiesta. Cuando no aguantáramos más, regresaríamos a mi casa. Evidentemente yo tenía intenciones de fajármelo porque fajarte con alguien es de las mejores cosas que puedes hacer en ajo. 
No solo lo digo yo, también lo dice Fernando Benitez en uno de sus libros sobre drogas. La verdad es que no tengo muy en claro quién es Fernando Benitez pero en mi escuela había un auditorio con su nombre, lo que equivale a decir que la Universidad Nacional también cree que una de las mejores experiencias en la vida es coger en ácidos. El respaldo académico es innegable.

Así que ahí estamos bailando a media luz en casa de Carolina. El resto de la gente, se nota de cien maneras, son en su mayoría estudiantes de arte. Probablemente no seamos los únicos ni los más drogados. Así pasan un par de horas hasta que me empieza a dar calor y me quito la camisa de cuadros azules para quedarme en camisa interior. Eduardo chifla y me mira con una clase de mirada que no puedo describir pero sé perfectamente bien qué significa y significa vámonos de aquí.

Afuera hace un frío que cala en los huesos, dejo de sentir los dedos de los pies y me vuelvo a enfundar en mi camisa pero no es suficiente. Caminamos por alrededor de una hora que se siente como mil hasta llegar a una avenida grande cerca de mi casa. Se detiene y no se me ocurre preguntarle por qué lo hace. Me quedo anonadado viendo las luces de los carros como serpientes luminosas atravesando la oscuridad a toda velocidad. De noche la luz del mundo. Entonces Eduardo me dice que tiene que irse.

Se apagan las luces.

Por supuesto me quedo indignadísimo. Pinche naco, suelto al aire aunque no venga al caso. Hiciste una promesa. Me vas a dejar así de drogado en la calle a mitad de la noche. Pues sí. Pues vete a la verga entonces.

Luego de media hora de caminar fascinado y aterrado al mismo tiempo, es decir, completamente lleno de vida y propósito, llego a mi casa.

En mi casa hay otra fiesta oficiada por mi roomie. Como en todas sus fiestas, son puros muchachos trágicamente heterosexuales. Yo me siento en un sillón de la sala a hacer un berrinche privado. Me duelen los pies y me siento como un perro al que lo abandonó su dueño. Un perro excesivamente drogado a mitad de la carretera.

Su música está horrible y se enmarca en un lamentable contexto dado a llamarse «rock latinoamericano» o «rock en tu idioma». Cultura heterosexual. A mi roomie se le ocurre la desafortunada idea poner «el vaquero rockanrolero» de Charlie Montana en honor a mi llegada lo cual solo consigue ponerme de peor humor. Sal a la herida.

Se me acerca un muchacho inexplicablemente vestido con un uniforme del Real Madrid. Shorts y camiseta blanca, calcetas cubriéndole las pantorrillas y unos tachones. Me pregunta que si no me gusta la canción. Le digo que no. Me pregunta que si no doy el jacintazo o el piporrazo. Volteo a verle las piernas y luego la cara. Está lindo. Le digo que sí, que a veces. Lo invito a salir por cigarros o con cualquier excusa. El chiste es salir de esta atmósfera agobiante. Siento como me erosiono cada minuto que paso en esa fiesta terrible.

De regreso y ya con cigarros nos detenemos en un parque. Seguramente me dijo su nombre pero no me acuerdo. Estaba borracho. Me cuelgo de un pasamanos a levantarme tres o diez veces. Me dice que cuántas abdominales puedo hacer y me enseña cómo se hacen. Le digo que unas retas. Me quedo en las quince y él, borracho y todo, llega a más de veinte. Le digo que si tiene cuadritos. Se levanta su playera y me muestra. Luego me dice que a ver yo. Esto se está tornando muy predecible. Y hago lo mismo. Miro su cara mirarme. Se ve algo perdido, como si el corazón le hubiera saltado un latido. Después dice algo ridículo, algo como te ves flaco pero estás fuertecito. Le digo que si lo cargo. Me dice que sí y se trepa en mi espalda. Me llega una imagen vívida de una clase de educación física en la secundaria, también en shorts. De pronto siento su erección golpeando mi espalda y no puedo evitar soltar una risa.

Debajo la tierra comienza a moverse y pierdo el equilibrio. El suelo parece estar vivo y me jala hacia él. No siento el golpe pero sí una carcajada subirme por dentro y escapar en un estallido.

Me pregunto cómo se verán mis pupilas en este momento. ¿Cómo se ven mis pupilas? Alabestia estás drogadísimo. Así lo es, amigo, y tu borrachísimo.

Siento unas ganas incontrolables de bailar. Lo arrastro de nuevo a la fiesta y cambio la música radicalmente. Sonidos electrónicos y psicodélicos para comer aquí por favor. En esta fiesta somos las únicas dos personas bailando. Se nota que no lo hace muy seguido. Me dice a ver cómo y le enseño cómo.

Me acerca la cara sugestivamente cada número indeterminado de pasos. Va agarrando el ritmo. Me siento flotar.

Flowers are the things we know

Secrets are the things we grow

Learn from us very much

Look at us but do not touch

Estamos cada vez bailando más pegados.

Entonces aparece en escena un muchacho de aspecto hosco. No sé si está feo o si lo recuerdo feo. Le dice al oído algo que no alcanzo a escuchar. Evidentemente le causa molestia a Real Madrid. Que niega con la mano y con la cabeza. Luego sigue bailando pero distinto hasta que de pronto deja de bailar. Deja de ser lo mismo y se va.

Real Madrid regresa a platicar con sus amigos o quienes sean esas personas. Ya me había hecho a la idea de terminar de coronar la noche con sus piernas encima de mis hombros. Fernando Benitez, te fallé dos veces en una noche.

Me desplomo de nuevo en el sillón tramando cuál será la manera más rápida de terminar con la fiesta y mandarlos a todos a sus casas.


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Temporada de malilla

6 de noviembre de 2015
otro capítulo de mi diario en donde estoy asquerosamente vivo

Me siento mareado de vida.

En los últimos ocho días me enfermé del estemago y me dio temperatura. Así pasé el fin de semana pasado. Luego de un par de días, ya curado, un odio intenso al trabajo y a mi vida –a los que estoy inevitablemente atado– me produjo un ataque de urticaria. Me salieron decenas o cientos de ronchas por todo el cuerpo. Fue por estrés. Desde entonces, y ya libre de ronchas, he dormido unas seis u ocho horas repartidas en los últimos tres días. He comido mal. He comido mal y he besado. Me he reído con una desconocida y desabrochado el pantalón de un recién conocido.

No puedo ni empezar a explicar o describir lo bien que me siento. Me siento como si estuviera en ácidos a pesar de estar sobrio. Sobrio no es la palabra adecuada. Tengo un estado de ánimo impredecible por la desvelada.

“Te ves como alguien a quien le hace falta dormir”, me dijo David. “Te ves y te comportas como alguien a quien le hace falta dormir”, repitió David, quien minutos antes me había contado sobre el pirómano que conoció en el hospital psiquiátrico. Puede ser pero era la última persona de quien me hubiera gustado oírlo. Estábamos en la azotea. Llovió por unos instantes y David corrió a refugiarse al edificio. Yo me abroché la camisa y me quedé bajo el agua. Me burlé de su aversión a la lluvia, que fue como un reflejo involuntario. Entonces David encontró un pedazo de lámina salido de un techo y se refugió debajo y su conversación era errática y su pensamiento desordenado y decía las cosas sin atreverse a decirlas del todo. Pero las lanzaba de todas maneras como en una metralla y parecía vibrar mientras lo hacía. 

Me descubrí mirándolo y pensando en la belleza de los muchachos locos. Lo descubrí tomándome fotos en secreto.

Estaba tomando fotos como loco a todo. “Está bien padre todo esto”, dijo, y apuntaba su celular hacia las cosas.

“Se llama experiencia estética”, le dije. “Esto de las azoteas y los colores que el cielo húmedo forma en las nubes, y esto de estar platicando sin nisiquiera estar seguros del nombre del otro. Así se llama”.
“Se siente como nostalgia”, dijo David –yo tenía que verificar mentalmente cada vez que pronunciaba su nombre–
“No, la nostalgia es otra cosa”
“Sí, la nostalgia es otra cosa. Esto es otra cosa”

¿Qué cómo me hace sentir todo esto? 

Me hace sentir que está manzana es la cosa más rica que mi boca ha probado en semanas. Me hace sentir con ganas de correr hasta agotarme. Me hace sentir con ganas de seguir compartiendo poemas por mensaje de voz con muchachos al otro lado de la ciudad –como náufragos varados en islas diferentes que se comunican en mensajes en botellas que lanzan al mar–. Me hace sentir con ganas de besar muchachos que estudiaron ocho años de medicina y terminaron odiando al complejo médico, y se fueron a vivir a la sierra y aprendieron totzil para curar en su propio idioma a desconocidos anónimos y olvidados. Me hace sentir con ganas de besar y morder al morro más pirata de todos. Al Rey de los Piratas. Quiero correr hasta que el sueño me reciba con los mantos abiertos

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Rulo en la ciudad de los monstruos

Una canción de cumpleaños para Rulo aka Alejandrae True Connection

Tu perro, Randy, fue el primero en oírlos.

Estabas con él en su paseo matutino en algún parque de por tu casa y te pareció extraño verlo tan inquieto arañando el piso desesperado, como buscando un lugar para enterrarse a sí mismo. Pensaste que tal vez se acercaba un temblor y te preparabas para correr cuando los escuchaste: era un chillido como de animal herido si el animal en cuestión midiera 20 metros. Era un gemido sobrenatural pero tan cercano, como salido de una pesadilla muy vieja y que te dejó paralizado. Luego escuchaste los gritos de la gente y los viste corriendo en desbandada.

Tu celular estaba lleno de mensajes de advertencia: “No salgas de tu casa, Rulo. Los monstruos tomaron la ciudad”. Era demasiado tarde.

Randy, para todo su tamaño y peso, estaba demasiado asustado para reaccionar y tuviste que cargarlo. Encontraron refugio en una fonda de comida corrida que cerró la cortina metálica justo cuanto terminaste de pasar. Adentro había oficinistas y amas de casa con niños de uniforme escolar, todos aterrados, llorando o sudando a gotas mientras rodeaban un televisor viejo.

En la tele, la verdad, los monstruos no se veían para nada impresionantes. Era como un desfile de disfraces. Las cámaras lo habían captado todo: La Cosa del Pantano dejaba un rastro de algas verdosas e intentaba volcar un puesto de tacos. El hombre mosca succionaba el cerebro de un niño mientras su aterrorizada madre luchaba inútilmente por quitárselo. Un alien con brazos de tentáculos destrozaba con su rayo láser a las familias que paseaban por la Alameda. Godzilla luchaba contra King Kong por trepar la torre latinoamericana. La ciudad estaba tomada por los monstruos.

Algo en los monstruos te pareció extraño. Llevaban cierre. Todos ellos, invariablemente, tenían un zipper en algún lugar como si fueran trajes de una mala película de ciencia ficción de los cincuenta. Pero nadie parecía notar este detalle. Ni siquiera el panel de mediums, videntes y especialistas en monstruos que aparecían en el noticiario discutiendo todo este asunto del fin del mundo.  

Carlos Trejo, que se veía inusualmente contento, especulaba que los monstruos habían salido de la tierra para castigar a los degenerados, una consecuencia de ese estilo de sodomía, placer y perdición que había tomado de sorpresa a la vida nocturna del Distrito Federal. En algún momento señalaba a la cámara y sentías como si te estuviera apuntando a ti, culpándote de todo.

Mhoni Vidente tenía o fingía tener visiones en ese momento. Hablaba en lenguas con voz demoniaca y aunque ninguno entendía latín, parecía bastante claro que los monstruos eran un castigo para los homosexuales. Aleks Syntek, mientras tanto, en un enlace directo desde la cárcel, culpaba al reguetón de todo.

En medio del fin del mundo te preguntabas cómo estaría Gustavo, esa inocente criatura a la que llamas hermanx. Estaba a unas cuadras de distancia pero era tan distraído que seguramente tu amiga no se había dado cuenta que la ciudad estaba infestada de bestias del infierno o de alguna mala película de ciencia ficción. ¿Cómo estarían el resto de tus amigos? Te disponías a sacar tu teléfono para contactarlos cuando algo comenzó a golpear o más bien a arañar con garras monstruosas la cortina de acero del local. Los comensales comenzaron a apretarse al fondo. Tú, con tu extraña suerte, lograste escapar junto con Randy por la ventana del baño mientras una hormiga gigante (a la que también se le veía el cierre) se abría paso y devoraba a la gente.

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Randy seguía sin cooperar y debías cargarlo como si de un bebé enorme se tratara.  Así corriste de regreso a casa en donde esperabas encontrar el mismo reguero de cadáveres que había por toda la ciudad. En cambio, cuando llegaste a Agrarismo te topaste con un silencio espectral. Todo estaba sospechosamente silencioso. Subiste las escaleras cargando a Randy que temblaba de miedo y no había ninguna señal de pánico o de vida. Te detuviste en la puerta de tu casa, con el peluche de tu llavero en la mano.

Algo estaba mal. Randy, que estaba en tus brazos, volteó lentamente a mirarte y dijo “Oriéntate por favor, amiga”. La puerta se abrió y casi te vas de espaldas cuando viste que adentro de tu departamento todo estaba lleno de monstruos. Tus amigos estaban también adentro, muy tranquilos, sosteniendo velas.

Todos gritaron feliz cumpleaños, incluso los monstruos.

Todos estábamos ahí. Ahí estaba Perla, con su pelona rapada que se sentía agradable al tacto, rodeada de pieles falsas. Joe tan bien arreglada parecía escapada de las páginas de una revista y mientras caminaba no pudiste evitar notar que su sombra era la larga sombra de un gato. También estaba Gustavo, risueño y distraido, flotando unos centímetros arriba del piso. Y ahí estaba Ayax, observando todo desde atrás. Randy se bajó, se colocó entre tus amigos y entre los monstruos, y empezó a cantar las mañanitas. Luego todos nos unimos y cantamos para ti.

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UNO

Había soñado con una selva al interior del metro. Un denso follaje salía por entre las taquillas y costaba abrirse paso entre los arbustos espinosos que recubren las escaleras. Un coro de aves invisibles graznaba sobre su cabeza. Un grito a lo lejos lo hizo despertar.

Gabriel iba hilando las piezas de su sueño mientras caminaba rumbo al metro. Seguro soñó todo eso por la aventura que le esperaba ese día. Para nada era su primera vez en el subterráneo y sabía exactamente qué clase de selva encontraría adentro, pero estaba un tanto ansioso por tener que tomar una ruta nueva y tan larga. Tal vez llegaría demasiado tarde y sería odiado. O demasiado temprano y se quedaría  aburrido y solo consigo mismo por un tiempo indeterminado, lo cuál lo llenaba aún más de ansiedad.

Había quedado de verse con una muchacha que conoció en una de esas redes sociales. Se llamaba Anansi y era cuatro años menor que él. Tenía 18 e iba a una universidad privada en la que los estudiantes debían usar uniforme. Puede que fuera este hecho lo que le llamó la atención a Gabriel en primer lugar pero eso es algo que jamás diría en voz alta o, para el caso, jamás admitiría consigo mismo.

Gabriel se sentía como un hombre nuevo tan sólo de pensar en el prospecto de estar con ella. Y, aunque se hacía varias horas de camino desde su casa a la de la joven Anansi, estaba dispuesto a realizar el recorrido sagrado, a dar cada paso con fervor, a recibir cada pequeña bendición con agradecimiento y cada codazo con penitencia. Sudaba por el calor subterráneo y por la expectativa. Una fuerza en su interior le decía que, por esa chica, todo calvario valdría la pena.

La mítica casa de Anansi estaba ubicada en un laberíntico complejo departamental en el corazón de las colonias centenarias, descuidadas y tétricas que componían el Centro Histórico. Aunque conocía a grandes rasgos la zona realmente nunca había caminado en ella y en su imagen mental la zona siempre aparecía como un bosque de bloques de concreto medio destruidos y nubes de polvo. 

Más allá de la fantasía de colegiala que le vendió el affaire sin muchos problemas, no sabía nada de esa muchacha salvo que un porcentaje considerable de su comunicación por Internet se llevaba a cabo a través de GIFs animados de animales.

El GIF que más le gustaba era el de una tarántula, parecía sacado de un documental de la naturaleza. Aparecía alzando la cabeza y avanzando con sigilo, su pelaje y colmillos resplandeciendo bajo el sol. Todo se veía muy tétrico y amenazador hasta que al final la tarántula alzaba las patas y parecía estar saludando amigable. Se la imaginaba justo de esa forma: digna y peligrosa pero dispuesta a recibirlo.

¿Valía la pena ir al rincón más recóndito de Rumbo Desconocido con tal de coger? ¿No tenía un mejor uso de su tiempo que entregarse al vicio de fantasear y fetichizar uniformes? Puede que al final ni le gustara la tal Anansi, ¿valía la pena el esfuerzo?

Sacó su celular y buscó su último intercambio, el de la noche anterior. Habían intercambiado fotos y ahí estaba ella y ahí estaban sus desnudos y ahí estaban sus palabras retadoras. Se sintió mal por dudar, por supuesto que valía la pena, pensaba, mientras de nuevo se adentraba en la hora pico del crepúsculo.

Su primer odisea del día, antes que sortear las barreras emocionales de la colegiala como un artista olímpico y antes que navegar por el laberinto insondable que le representaba el bloque de manzanas, callejones y complejos de vecindades del centro, consistía en encontrar algún espacio en algún vagón de algún tren.

La imagen que Gabriel encontró al asomarse al andén se parecía, más que nada, a un concierto masivo de música electrónica, a una visita papal, a una multitud escapando del fin del mundo, a un estadio de futbol, a una turba enardecida presagiando un golpe de Estado, a una estampida buscando un Pokemon raro en Central Park, a un mar de cuerpos humanoides, una multitud y su oleaje primordial al cuál debía integrarse, una fila informe y colectiva compuesta de ingentes cantidades de trabajadores, estudiantes, oficinistas, cada grupo de la ciudad debidamente representado por un penitente que resguarda un espacio vital de apenas unos centímetros en busca de su destino. Pero aún así: codos ensamblados en costillas, bultos sospechosos y amenazantes como pistolas contra la espalda, la pérdida de las fronteras entre los individuos, el calor que nubla el horizonte y la rojiza luz soporífera del andén que silba infrasónica.

El tiempo parecía haberse detenido.

De algún lugar se escuchaba una bocina con ancestrales tangos granulados por la mala calidad del aparato y, ocasionalmente, una voz oficial dando anuncios eléctricos. Cada par de minutos Gabriel sentía la necesidad de verificar que llaves, teléfono y cartera estuvieran en su debida posición. Los trenes llegaban repletos, y a pesar de las ganas nadie suspiraba porque no había espacio para el suspiro. Como en una maldición, por cada persona que salía del tren abordaban tres más.

Todos estaban ahí. Navegando entre la gente, pagando de pasaje un empujón o apretón para abrirse paso entre cada persona rumbo al tren. Gabriel vio a compañeros de una lejana primera infancia. Los miró a los ojos y se reconocieron alegres sin poder explicarlo. También estaban los niños de cuando iba a catecismo y su profesora, ya mucho mayor, tan alejada del Señor como el resto del mundo ahí abajo. Encontró, sepultado contra una escalera de emergencias, a la primera chica que le había gustado, una chica de cabello siempre despeinado y pómulos filosos que pasaba patinando en el parque de por su casa. Nunca supo su nombre pero la había bautizado de lejos como Bambi. Pues ahí estaba Bambi. Y ahí estaban también todos los sobrinos y primos de Gabriel, tantos que no podía nombrarlos de memoria sin que se le olvidara por lo menos uno. También estabas tú y, no muy lejos de ahí, estaba yo. Y todas las personas que hemos llegado a conocer. Todos. Como si hubieran sido requeridos con urgencia a un lugar imprescindible.

Marchaban, ya en silencio, en un ejército aparentemente caótico pero con el ritmo propio del organismo de una bestia. Se abrían paso como podían. La vida no era sencilla y debían tomarse las cosas un paso a la vez, tratando interiormente de cambiar su estado de la materia y escurrir unos contra otros para avanzar y llegar hasta un rincón o burbuja de aire más o menos cómodo, hasta que de nuevo el caos los devolviera al azar.

De vez en cuando llegaba un tren y la gente se valía de maletines, mochilas y bolsos como armas improvisadas, hacían presión con sus rodillas, se balanceaban de tal forma que hacían perder el balance a quienes los rodeaban por unos valiosos segundos que eran más que suficientes para colarse en un vagón y acaparar el espacio.

Era una carnicería dantesca y silenciosa de codazos, empujones, la presión de una parte del cuerpo indecible contra una incomprensible. Gabriel, o lo que quedaba de él, digamos el trozo más grande de consciencia de Gabriel que se podía discernir del caldo de gente, de pronto pensó que no estaba hecho para ir a la guerra.

La lucha para él no sólo consistía en abrirse paso en ese mar de personas sino también mantener una llama en su interior sin apagarse. Nebuloso, Gabriel no podía explicar qué representaba o era esa llama, pero sabía, como se saben las cosas en un sueño, que debía protegerla a toda costa, era lo único que importaba ya.

La desesperación, sin embargo, se había apoderado de él, una desesperación silenciosa que punzaba en las articulaciones, la desesperanza de la espera eterna. El infierno había entrado en él. Recitó todos los nombres que recordaba. Bobby, Hank, Jean, Scott y Warren. Esos nombres le sonaban de algún lado. Anansi. Ese era otro nombre que recordaba. Iría, se suponía, a ver a una Anansi. Entonces quiso imaginarse besándose con Anansi pero no recordaba cómo se veía ninguno de los dos. Estaba perdido y borroso.

Anansi, la chica de las arañas, se veía tan lejana como la entrada se veía lejana si decidiera regresar, como sus ganas de vivir se veían lejanas cada segundo más que pasaba ahí, cada segundo que llegaba sin invitación y con violencia a impartir más silencio.

En algún punto Gabriel se soltó. Se quedó dormido o entró en un trance profundo. Volvió a abrir los ojos: Formaba parte de un mosaico indiscernible, un rompecabezas aleatorio compuesto de piernas con todo tipo de uniformes de trabajo, toda clase de brazos, todos los tonos de piel morena enraizados a tubos, paredes, asientos. En medio de ese depósito de cuerpos respirando acompasados como un solo organismo se escuchó una canción de Juan Gabriel que no duró más de 30 segundos antes de ser reemplazada con otra del mismo autor y después por otra. Y cada que ese loop de los mismos pedazos de 8 o 10 canciones de Juan Gabriel se reiniciaba, los pasajeros consideraban unánimemente que el ciclo había dado una vuelta completa, por lo que para marcarla soltaban un uniforme suspiro de decepción que apenas se escuchaba pero que en su sincronía perfecta todos percibían con todos sus matices. Así pasaban el tiempo.

Ese organismo del que ahora todos formaban parte comenzaba a desesperarse con el audio en perpetua repetición y pronto intentó apagar la bocina sin mucho éxito. Era demasiado abstracto ya para funcionar en el mundo físico, pero sobre todo carecía de dedos. Todo esfuerzo se probó inútil y ese loop infernal de las mismas 8 o 10 canciones seguía. Las partes de ese organismo subterráneo se retorcían de vez en cuando de manera estratégica, buscando encontrar el punto secreto que apagaría esa tortura musical pero sin mucho éxito.

Unos años después de eso, todos o todo estaba convencido de que esas 8 o 10 canciones definían cada una un estadío de la existencia, de su existencia, que sus palabras y sagrada armonía musical tenían encriptadas respuestas importantísimas, explicaciones sencillas para todo. Lo sabían, lo sabían todo. No habían nacido para amar, todo estaba bien hasta que se conocieron, que Juan Gabriel los llevaría a un lugar de ambiente donde todo sería diferente y donde siempre alegremente bailarían toda la noche.

Fue una certeza que tuvieron en sus corazones por algunos años hasta que alguien por accidente presionó en el lugar correcto para apagar la bocina. Tal vez sólo se había quedado sin baterías o el vagonero se había fundido al fin con ella.

Un silencio se había apoderado de todo lo visible y percibible, que era para entonces una sola cosa muy parecida al mar. Y ese silencio, que iba acompañado de una vaga sensación de haberlo perdido todo de golpe, perduró lo indecible. Hace tiempo que había dejado de valer la pena medir el paso del tiempo. A veces su propio ruido por los túneles subterráneos, como una cachetada del mar hacía un montón de rocas, los hacía despertar por un breve momento.

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Tu gato está haciendo un sonido extraño

para Edgar (@edogaart)

Tu gato está haciendo un sonido extraño. Abre la boca y suena como la estática de la tele. En realidad no es tu gato, sino de tu roomie, pero le tomaste tanto cariño que lo consideras tuyo. Y ahora está haciendo un sonido extraño que nunca habías oído salir de ningún gato que hayas conocido pero hey, tal vez eso es algo que los gatos hacen, ¿sonar como la tele en un canal muerto? Tampoco habías conocido un gato que le silbara a las aves antes y este lo hace. Te preocuparías más por el gato pero estás ocupado teniendo un ataque de ansiedad porque el vato de la escuela que te gusta no te contesta los mensajes. Subió un GIF de él a sus historias de Instagram. Sale fumando hierba en una pipa que armó con una manzana. Traía un pantalón de cuero negro y nada más, su piel morena resplandeciendo bajo el sol gracias a una ligera capa de sudor. Repetiste la historia varias veces y sin darte cuenta ya le estabas escribiendo. “Saca el toque”, decía tu mensaje, que no se tardó nada en ver pero que una hora después todavía no contestaba.

¿Tal vez está demasiado pacheco para contestar? Igual y no son tan cercanos para que le digas que saque un toque o puede que no tenga toques que sacar. Podrías estarte toda la tarde así, ya lo has hecho antes, pensando mil veces las cosas, azotándote en el piso y alimentándote de falsa esperanza, siempre basándote en suposiciones. Pensar a veces es un vicio, piensas. Decides apagar el teléfono y ponerte a dibujar, que es lo que deberías estar haciendo en primer lugar. Tu gato, mientras tanto, continúa haciendo ese ruido de estática a un volumen cada vez más alto. No se ve mal el minino, si acaso demasiado quieto, como concentrado.

Abre una última vez la boca, inundando toda la habitación con ese ruido horrendo y luego todo termina. Quiero decir todo. El ruido termina pero también ¿todo a tu alrededor? Ya no estás en tu habitación, eso es seguro. Todo está blanco y tu gato flota al centro. Entonces tu gato dice algo sobre una guerra intergaláctica, con una voz súper adorable, exactamente la voz que tendría un gato. Dice algo sobre una guerra intergaláctica que amenaza a todos los gatos de la Tierra y que tú, Edgar, precisamente tú, habías sido seleccionado para ser el campeón que nos salvará a todos. Tu gato (que, te das cuenta, en realidad no te pertenece) se eleva frente a ti y te pone su patita en la frente. Luego hay una luz y apareces en una especie de nave espacial cayendo hacia la Tierra.

Puedes ver tu casa desde ahí mientras bajas. El gato (¿los gatos?) te había puesto una armadura espacial de batalla incluso. Aterrizas en el centro de tu ciudad y te da vergüenza estar ahí parado con esa cosa tan brillante puesta. La gente te fotografía y te mira con curiosidad, ya te imaginas en el noticiario local con tu expresión  de timidez visible incluso detrás de la armadura, que, por cierto, es sorprendentemente cómoda. Entonces llegan. Cientos de platillos voladores disparando lásers de todos colores. La ciudad se ilumina con esos estroboscopios letales y música techno empieza a sonar inexplicablemente de algún lugar. Es momento de actuar. Usas todo tu arsenal. Los cañones laser y las bombas de tu nave con forma de gato. Luego, cuando bajan, los combates con tus garras afiladas y tus disparos de energía sin darles tiempo de reaccionar. Te mueves con gracia y agilidad por entre los alienígenas, esos bichos verdes como cucarachas radioactivas de dos metros. Las naves siguen llegando y los bichos le apuntan a las personas de tu ciudad con armas que se ven, de alguna forma, igual de asquerosas que ellos. Parte de tu trabajo es defender a la gente. Ya sabes, protegerlos de escombro que cae del cielo por acá, cubrirlos de los disparos con tu escudo de plasma con forma de gato por allá.

Al parecer la invasión es a escala global. Los gatos del mundo, en su infinita sabiduría alienígena, seleccionaron a un pequeño ejército de mujeres y maricones para que defiendan el planeta. Tiene que ver con el influjo de la Luna, o al menos eso dijeron desde alguna televisión mientras te rifabas el físico contra los invasores.

Estás a punto de acabar con ellos, la música techno deja de sonar (¿de dónde salió de todas formas?) cuando lo ves. Al principio no le encuentras la forma y piensas que es cascajo extraterrestre, luego descubres que son sus pantalones de cuero y sus botas, igual que en la historia de Instagram, retorciéndose debajo de los restos de una pizzería. Levantas los escombros con tus rayos de gravedad. Su ropa está toda rota y lo alzas tomándolo por sus brazos que son enormes y te hacen pensar en tanques de guerra. Le preguntas que si está bien y todo eso pero te es imposible ocultar que estás nervioso, eso él lo huele como los tiburones a la sangre. Te dice algo como hey, bonitx, qué valiente que eres. Te preguntas cómo hizo para pronunciar la equis con tanta naturalidad, pero eso es parte de su encanto. Te quitas el casco para revelar tu identidad y tu cabello cae como una cascada oscura hasta tus hombros. Tus ojos resplandecen con glitter, no te lo pusiste tú, apareció cuando los gatos te transformaron. Tienes tanto qué agradecerles, piensas ahí parado frente a él. Entonces te mira a los ojos y te pregunta por tu nombre. Eso te deja helado. Te sientes tan expuesto.

“¿No te acuerdas de mí?”, le preguntas. “De la escuela”, le sugieres para ayudarle. Se queda callado un rato observándote hasta que por fin te suelta: “¿A qué escuela vas?”
No podrías sentirte más desolado. Te quedas ahí parado, incómodo, sosteniendo tu desintegrador de Hello Kitty sin saber qué hacer con tus manos. Te excusas inventando que tienes que irte o que el mundo te necesita, y jamás miras atrás.

Video y Música por @edogaart increíble persona vayan a ver su Instagram ya

NIBIRU

para Joshua

Se había despertado como un muchacho de veinte y se había ido a la cama como un hurón. En el transcurso del día fue un híbrido entre morrito, un pirata y un mapache. Y todo lo había hecho desde su cuarto armado sólo con una pizca de marihuana y papel para forjar. Se podía considerar una jornada exitosa y a él como el organismo vivo más satisfecho consigo mismo de todo el sector.

Se había despertado al escuchar que cambiaba la sintonía interior del planeta Tierra. Había estado soñando con una cabeza de perro flotando en medio de una túnica vaporosa. Estaban en medio de un desierto al amanecer. Él no entendía lo que el perro quería decirle porque hablaba en ideogramas, así que desesperado el perro por fin habló y dijo: “Acaba de comenzar otro ciclo”. Él se talló los ojos al despertar y se frotó al centro de la frente, donde debería estar un tercer ojos, y pensó que él ya sabía que acababa de comenzar otro ciclo, era obvio.

Encerrado en el baño revisó el calendario lunar con detenimiento, como un hombre de negocios escrutaría la sección de la bolsa de valores de un periódico. Había algo raro en el cielo, concluyó después de leer el reporte astral, algunas cosas no cuadraban. Al salir se miró en el espejo y se acomodó los brackets, luego notó que la barba que se había rasurado ayer le había salido de nuevo completa durante la noche. Después desayunó una porción de arroz y un vaso de agua.

En el patio dibujó un pentagrama en la tierra y después cubrió las líneas con hojas. Los nodos de energía los cubrió con flores, pero esos no estaban delineados, pues él sabía perfectamente en dónde estaban. Se sentó de mariposa al centro y dijo las palabras indicadas en el orden correcto. Cerró los ojos y en algún lugar se corrió un cerrojo y se abrió una puerta.

Lo que veía era el interior de sus párpados pero también, de alguna forma en realidad muy sencilla y ordinaria, al universo entero a la orilla de la mirada, como de reojo. Era cuestión de apretar un poco los ojos y enfocarse en el punto indicado. Cuando sintió despegarse del suelo supo que lo había encontrado. Se vio a sí mismo desde fuera, flotando sobre el círculo de hojas en profundo trance matutino.

Sondeó así, de reojo, el espacio liminal de su barrio, ese otro mundo que existe en los resquicios secretos. Ahí estaban brillando y tan presentes las casas de su barrio a las que rara vez les ponía atención, y los espíritus de los árboles y de los animales callejeros. En el suelo se derretían los restos de los sueños que habían tenido sus vecinos los días anteriores, formando viscosos patrones al escurrir por las calles hacia quién sabe qué secretos ríos subterráneos. A pesar de sentirse en casa en el ocaso, había lugares en los que presentía que era mejor no indagar.

El mundo, o al menos su cuadrante del mundo, se veía en orden. No se explicaba esa vaga sensación de inquietud que tuvo en sueños, o ese algo raro en el cielo que vio en el calendario lunar esa mañana.

Siendo él como era (o como estaba siendo en ese momento), decidió ser minucioso. Intercambió impresiones con los representantes de la hierba que crece en las heridas del concreto y revisó varias veces la huella psíquica de sus vecinos en las paredes.  Bien visto de lado, todo parecía como debía ser. A pesar de eso sentía una ansiedad particular. Se preguntó si así se sentirían los animales antes de un terremoto.

Cayó de golpe al regresar y desconcertado dudó de su identidad.  Volteó a ver sus piernas para aterrizarse, las encontró morenas velludas y en pose de mariposa. Lentamente iba recordando. Volteó a verse las manos, tenía en los brazos tatuados pequeños dibujos de todo tipo, símbolos, garabatos como los que encontrarías en la última página del cuaderno de un ángel metafísico aburrido en clase de su escuela de ángeles metafísicos. Recordó entonces que parte de su identidad era dudar constantemente de su propia identidad.

Para ese punto de la tarde ya tenía hambre de nuevo y mientras volvía adentro notó que el atardecer estaba extrañamente vívido ese día. Una luz rojiza se había apoderado del cielo y se reflejaba incluso en las cosas. Se volvió a servir de nuevo arroz blanco, pero esta vez con verduras hervidas para acompañar. De postre se chingó un cigarro.

Salió a dar una vuelta y, salvo esa luz roja como si alguien le hubiera puesto un filtro de celofán al Sol, todo era excruciantemente normal. Aventó las llaves en el mismo lugar de siempre y se preguntó dónde estaría su familia. No recordaba haberla visto ese día y además, ¿no era extraño en sí mismo que apenas hasta esa hora de la tarde se hubiera cuestionado su ausencia? Prendió la tele para sentisre acompañado, como hacía a veces, y en las noticias estaban pasando un reporte especial sobre un gigantesco objeto en el cielo.

El objeto en el cielo era Nibiru, el planeta X, escondido desde siempre en el punto ciego de la Tierra pero que ahora se acercaba inexorablemente. El final era inminente, explicaba la reportera con expresión lacónica, y al parecer ya debíamos haberlo visto venir pues era lo que merecíamos, explicaba.

“Ah”, dejó escapar Joshua o lo que quedaba de él. Así que eso era. Por eso no le salían los cálculos zodiacales desde hacía unos días.

Normalmente a esa hora del día volvía a pasar la tarde en el espacio liminal, pero ese día decidió quedarse en casa y encerrarse en su cuarto en caso de que su familia fuera a regresar de imprevisto y lo descubrieran haciendo algo extraño. No hubiera sido la primera vez.

Su cuarto era un templo del silencio la mayor parte del tiempo. Olía un poco a muchacho y un poco a marihuana, a sudor cristalino de filo de luna. El ambiente era sobrio salvo algunas plantas flotando en cristales, un par de posters de mapas estelares y, a veces, el espíritu de un gato que desaparecía a dimensiones vecinas por semanas completas antes de regresar todo madreado sin el pedazo de una oreja o con la cola más corta.

Se volvió a mirar en el espejo y la barba ya le cubría por completo la cara. Se abrió la camisa esperando encontrarse con un cuerpo de hombre lobo, pero encontró debajo su mismo cuerpo de siempre, con una mancha de vello en el pecho y otra en el abdomen. Se tranquilizó. Tal vez era una transformación normal debido al influjo del Planeta X, así como los malos entendidos son más comunes durante Mercurio retrógrado. El cambio es normal y no hay nada de qué alarmarse, se dijo mientras se veía directamente a los ojos ojerosos en el espejo. Y se creyó, pues confiaba en sí mismo. No se asustó ni porque no había nadie más en el mundo, ni por la bola roja en el cielo, ni por esas peludas orejas triangulares que habían reemplazado a sus orejas de toda la vida.

“Ay perro”, fue lo único que exclamó al respecto de todo pero tal vez no había nada más que decir. Sacó de su escondite la poca marihuana que le quedaba y puso música. Mientras trozaba la hierba notó que sus dedos tenían pequeñas almohadillas negras como las de los mapaches o los tlacuaches. No le impedían trabajar así que decidió aceptar sus patitas tal y como aceptaba cualquier otra parte de su cuerpo. Es decir, con amor.

Cuando se descubrió la cola ya había terminado un perfecto churro gordito, pero decidió que dado el caso era necesario también abrir una Budweiser que artesanalmente había escondido en el refrigerador familiar. Se la bebió mientras una profunda voz desde su celular tarareaba una canción que le pareció al mismo tiempo entrañable y erótica. La luz roja, cada vez más intensa, ya se colaba insistente por la ventana de su cuarto pero también por el espacio alrededor de su puerta.

Decidió abrir su laptop y ponerse a ver imágenes en Internet para pasar el rato. Ya era tarde, de todas maneras, y había sido un día bastante productivo, pensó mientras scrolleaba perezoso. Se detuvo cuando encontró la imagen de un anciano montando un tremendo dildo con un diseño imposible. Al lado del señor había una frase que decía: “Un hombre es exitoso si se levanta por las mañanas, va a dormir en el ocaso, y en medio hizo todo lo que quiso hacer”. Le pareció que estaba bien.

Se quedó dormido con el brillo de la computadora iluminándole el rostro, y para entonces era ya un hurón o tal vez una musaraña. Y por un momento fue el animal dormido más pacíficamente del mundo entero.

Stickers Malditos

Mariano me tomó de la mano a mitad del callejón y me empujó contra la pared que era de piedra. Comenzó a acariciarme la entrepierna hasta que mi verga se puso dura, luego la palpó con los dedos por encima del pantalón. Lo besé desesperado y él me correspondió igual de sediento. Estuvimos un rato así pegados y comencé a acariciarle las nalgas por encima del pantalón, redondas y duras. Le pasé las manos por la cabeza y pude sentir el delicado roce de su cabello casi rapado.

Lo había conocido ese mismo día, mi último día de paso en Guanajuato rumbo al norte, pero llevábamos toda la tarde y parte de la noche así, oscilando entre un inocente coqueteo adolescente y esas violentas demostraciones eróticas en público.

Escuchamos que alguien se acercaba y Mariano retiró sus manos de mi verga pero no dejó de besarme. Cuando nos separamos pude ver que era un señor, como cualquier otro señor de la vida, que no pareció ponernos mucha atención. De todas maneras Mariano le sacó la lengua y luego rió una risa de bruja. Los dos estábamos algo borrachos pero él más bien tenía pinta de llevar varios días de corrido de fiesta.

Una media hora antes se había subido a bailar a la barra de un bar y después en nuestra mesa me metió la mano bajo el pantalón. Cuando salimos rumbo a su casa me pidió que le comprara cigarros en una tienda de la que él estaba vetado. «Una vez borracho me robé unas papitas», me explicó. «A todos nos ha pasado, ¿no?», dijo a manera de disculpa. Y a mí no me había pasado pero me reí porque me cayó bien que dijera eso o tal vez fue el tono en el que lo dijo o tal vez me parecía terrible pero de todas maneras se me escapó una risa porque lo que más quería en ese momento era cogérmelo y ya.

El frío de la calle nos envolvía como si nos amara. Nos tambaleamos por un laberinto de callejones empedrados hasta llegar a su edificio igual de viejo que el resto.

Subimos la escalera de la casa de huéspedes en la que vivía y luego de cruzar una puerta de madera viejísima pintada con colores pasteles, entramos a su cuarto que era una especie de templo. Un templo a una infancia perdida, tal vez, con restos de otra era tirados por aquí y por allá. Juguetes viejos y muñecas modificadas, viejas revistas para niños, un poster de un Bob Esponja muy grotesco, ilustraciones sacras vandalizadas y muchas muchas calcomanías.

Mariano tenía una obsesión por los stickers caseros, esos de vinyl que hacen los muchachos y los artistas callejeros y luego pegan por toda la ciudad. Tenía cientos, la mayoría pegados en paredes y muebles pero también en libretas como si fueran álbumes. 

Me miraban de vuelta las paredes perritos sangrando moco negro y ropa interior manchada de rojo, esténciles de James Dean monstruos de bolsillo asesinos seriales, imágenes influenciadas por la psicodelia anime hip-hop horror vida diaria. Un gato vomitando arcoiris.

Cuando volví a ver a Mariano me di cuenta que a pesar de haber recorrido casi todo su cuerpo por encima de la ropa y parte de el por debajo de ella, no lo conocía en lo absoluto. Me pareció hasta alienígena. Me imaginé que llegó de otra era y por eso bailaba tan prendido esa canción de Javiera Mena. Tal vez llegó de otro lado por uno de los kilómetros de túneles de Guanajuato y su colección de stickers retrataba la fascinación por su nuevo hogar.

Traté sin éxito de entenderlo juntando las piezas: Perpetuamente inquieto, pálido, una mirada de profundos ojos rojizos que parecía decir “te quiero comer la verga y que te vengas en mi boca” o bien “me estoy muriendo de frío”. Seguro había venido del lado oscuro de la Luna.

Me pegó un pájaro con bufanda en la chamarra, puso reguetón y fumamos marihuana. Me empezó a menear el culo al ritmo de la música. Para ese punto y con las rimas sucias llenándome la cabeza de ideas yo tenía ya una erección ansiosa, dolorosa de tan intensa, cuya silueta se me adivinaba a través del pantalón.

Duro como roca me le dejé ir, comencé a rozarle la verga por entre sus nalgas por encima de la ropa, mientras nos movíamos como si nuestros cuerpos fueran parte de la canción. Se dio la vuelta y nos besamos, cándidos, con el calor aumentando en medio de esa noche fría. Hice un intento por tocarle la verga pero me detuvo la mano. «No me gusta que me la toquen», me alegó. Saberlo pasivo a tal grado nada más me puso más caliente.

«Híncate», le ordené. No lo tuve que repetir dos veces y ya lo tenía desabrochándome el pantalón con los dientes. Así bajó el cierre, luego lamió mi verga por encima de mi bóxer, la puso entre sus labios y me sentí morir de placer. Por fin bajó mi bóxer y mi verga saltó de su prisión disparada como un resorte. De inmediato la engulló por completo.

Me volvía loco lo que hacía con su lengua, me sentía en el cielo. Le empecé a marcar el ritmo con las manos en la cabeza y sentía de nuevo entre los dedos el delicado roce de su cabello casi rapado.

Me recosté en su cama y él me siguió, avanzando de rodillas, buscando mi verga como si la necesitara, como si fuera un penitente camino a la catedral. Y así, con mi verga reposando en su boca como si fuera su lugar correcto en el universo, encendí un cigarro, me seguí sirviendo mezcal y me sentí en la cima del mundo.

Entonces sentí amor. O algo muy parecido al amor. Amor por él y amor por la vida, y una infinita sensación casi metafísica de gratitud por estar en ese lugar en ese momento, por las decisiones que tomé para llegar ahí. Me sentí en la cima de las posibilidades de la vida. ¿Qué más se puede pedir que un romance completo que nace y llega a su clímax en apenas medio día? Me sentí brillar supernova.

Llegó el éxtasis, llegó de nuevo la brisa fresca de la noche, llegó el tenue resplandor, y con ello el final.

Estuvimos platicando desnudos por un buen rato hasta que Mariano se quedó dormido. Me levanté a buscar mi ropa por el piso del cuarto para regresar a mi cuarto de hotel y probablemente no volver a verlo nunca jamás. La historia llegaba a su fin. La supernova había hecho explosión y ahora todo se enfriaba, moría. El pájaro con bufanda que me había pegado en la chamarra me miraba lacónico con sus ojos de punto mientras me dirigía hacia la puerta.

Entonces algo sucedió o yo hice que algo sucediera. Apagué la luz y voltee a darle un último vistazo a la habitación, y sentí algo de verlo así, desnudo, dormido en un cuarto que parecía flotar a la entrada de un túnel, ebrio de vida. Me pareció como indefenso. Por un momento me pareció entenderlo. Su adoración a símbolos de inocencia, su iconoclastia, su colección obsesiva de imágenes que marcaron su juventud como si con ellas fuera a encontrar el camino de regreso a su inocencia, pero también  la pasión que emana y canaliza como si existiera en simbiosis con alguna fuerza de la naturaleza.

Verlo desnudo me provocaba querer quedarme en Guanajuato y cuidarlo. ¿Pero cuidarlo de qué? Eso me escapaba. Cuidarlo del mundo y de sí mismo, cuidarle el camino, cuidarle los puntos y las comas, comprarle cigarros en las tiendas a las que no podía entrar.

Una última vez le pasé las manos por la cabeza y pude sentir entre mis dedos el delicado roce de su cabello casi rapado, vi a Mariano iluminado por la cálida luz de la calle, que se reflejaba en las paredes de piedra y que nos llegaba tenue, casi humeante y etérea. Dudé.

Había sentido toda su pasión vertida en mí como una plegaria en busca de respuesta. Me había pedido que me quedara, que no me fuera a Monterrey. Y había dado todo de sí por volver inolvidable esa tarde condenada a desvanecerse.

No podía darle amor afuera de esa burbuja. Una vez que amaneciera el amor y yo nos habríamos desvanecido. Pero lo que sentía era sincero y lo mejor que podía hacer era quedarme esa noche, a cuidarle al menos el sueño. Así que me volví a desvestir, me metí a su cama y abracé a Mariano con fuerza, con amor sincero. Y así fui cayendo dormido, arrullados ambos por el eco de los coches atravesando el túnel bajo su ventana.

Publicado el Categorías Diario

Cómo perrear

En medio de la zona triangulada entre la colonia Doctores, La Merced y el primer cuadro del Centro Histórico se encuentra el club nocturno conocido como La Piedra Negra. Si bien es una zona con numerosos locales de entretenimiento de corte popular a los que cada fin de semana acuden millares de jóvenes de las colonias aledañas, también es cierto que muy frecuentemente se dan cita habitantes de los sectores más adinerados de la ciudad en busca de lo que ellos consideran emociones exóticas.

El renombre de la zona le ha ganado el apodo del “Triángulo del Reguetón” en medios de comunicación en Internet en donde la edad promedio de la plantilla editorial no supera los 25 años.

Su creciente carácter de ciudad sagrada atrae año con año a millones de muchachos de todos los estratos sociales en un fenómeno bastante parecido a la migración de las aves. En reportes periodísticos la decisión de acudir es descrita por los jóvenes como algo parecido a una revelación que aparece en sueños en algún punto de entre los 16 y los 24 años.

En una llanura a la mitad de ese territorio se encuentra el local ocupado por La Piedra Negra, un lúgubre antro que uno jamás encontraría de no saber con exactitud lo que está buscando. La entrada se encuentra bien camuflajeada con su entorno disfrazada como la fachada de una vecindad antigua con tanques de gas en la entrada y triciclos abandonados estratégicamente para dar la impresión de que existe vida. Y vaya que existe vida. Adentro el lugar de aspecto cavernoso se extiende indefinidamente hacia las profundidades de la Tierra con paredes rocosas y tubos de metal de color rojo que sirven de agarre para que incontables parejas de muchachos puedan así mover con más violencia las caderas al perrear. Fue en ese lugar donde ocurrió El Suceso.

“Mira ese güey de ahí es El Suceso”, me dijo Ahmed mientras me entregaba una cerveza y señalaba a un muchacho de chamarra de entre la multitud. No tardé mucho en darme cuenta porqué le decían así. Era un muchacho de cara afilada y pómulos marcados que se movía con la salvajidad de un animal ancestral. Iba tan bien vestido incluso. Mientras bailaba, celestial, parecía enmarcado por un grupo de morros como de su edad, igual o más guapos que él, todos con la misma mirada bovina y apostólica.

Pero nadie se movía como él. Levantaba un pie y cuando lo volvía a colocar en el piso parecía que la gravedad colapsaba alrededor de sus tenis que más bien parecían una perfecta armadura de tela. En la fluidez de la chamarra en la que había enfundado su delgada piel morena pude ver, por un momento, el ritmo del infinito. Verlo bailar era un espectáculo brutal como brutales son los depredadores en la naturaleza.

En La Piedra Negra sólo vendían una clase de cerveza a la que los baristas llamaban Lágrimas de Ángel. La etiqueta mostraba complicados patrones de lo que parecía ser hierba y letras en caracteres arábicos que resultaban tan inquietantes como incomprensibles. Donde debía estar el nivel de alcohol había en cambio un signo arcano seguido de un “%”.

El lugar centelleaba en luces verdes. El reguetón retumbaba en el alma y pronto comencé a sentir cómo el ritmo natural de mi propia existencia se alineaba con el de la música. Alrededor de mí latigueaba un mar de cinturas morenas en donde solo alcanzaba a distinguir flashazos de cortes militares de cabello, cadenas, tobillos enfundados en tenis gigantes, piel morena, perlas de sudor, entrepiernas, como patrones intercambiables en un mosaico o como piezas desordenadas de un rompecabezas.

Me puse a bailar lo mejor que pude. A bailar para Ahmed lo mejor que podía, a sabiendas de no estar en mi elemento. A mi alrededor la fiesta parecía palpitar como algo vivo. El calor humano me envolvía con la paz del océano.

Tuve que salir a tomar aire entre los tanques de gas del patio de la vecindad. Mientras respiraba un cigarro bajo el cielo contaminado de la ciudad sentí un escalofrío que me recorrió despacio la espalda como una tira de arañas heladas. Luego escuché una voz dulce.

“Tú eres cómo yo y yo soy como tú”, dijo. Era El Suceso y mientras lo dijo se deslizaba en vertical sin quitarme la vista de encima. Me recordó a una serpiente acechando a su presa. “Ni tú ni yo somos de aquí”, insistió. Estaba sonriendo una sonrisa satisfecha y con los dientes apenas pero lo suficientemente chuecos para tener un encanto propio. Por un segundo me pareció ver una llamarada oscura en su ojo.

No supe qué contestarle. Fue como una metralleta de impresiones aún antes de darme cuenta que se estaba dirigiendo a mí. Para cuando por fin entendí que intentaba sacarme conversación acerca de Algo ya se había ido. Seguramente me veía como si fuera autista, ahí parado sin responder, ensimismado en mis pensamientos mientras me hablaba. No pude comprender El Suceso pero me dejó profundamente marcado.

Perdedor en una batalla que apenas pude notar que se libraba, volví al local. 

El Suceso bailaba con la energía de un demonio encocainado. Su pélvis (todo él) se movía con la urgencia de un colibrí. El Suceso sonreía esa sonrisa con dientes ligeramente chuecos mientras se contoneaba y disparaba la entrepierna sugestivamente como si fuera a taladrar al Cielo.

A su alrededor el aire parecía viciarse por el calor. En un arrebato de éxtasis se quitó la chamarra con la misma facilidad con la que alguien se deshace de una colilla de cigarro. Sus brazos torneados quedaron expuestos a las luces intermitentes y su silueta parecíó grabada en el aire. Sus enormes cadenas de plata lanzaban destellos fugaces mientras se deslizaban de arriba a abajo, fluyendo al ritmo de sus brazos morenos.

No pude evitar tener una erección, dolorosa de tan intensa.

Pronto se quitó la playera y su cuerpo latigueaba como latiguean las llamas en un incendio. El Suceso sacaba la lengua y la hacía ondular demente. El ligero filme de sudor que le cubría la piel dejaba una estela de luz y sudor luego de cada movimiento. En algún momento comenzó a salirle humo de la piel. La llamarada negra en su ojo ahora parecía un incendio.

Entonces comenzó a brillar. Al principio no supe si era mi imaginación o un juego de luces pero pronto se volvió evidente el hecho de que un halo mercurial cada vez más intenso parecía emanar de él. Radiaba y crecía un poco más, de una manera apenas perceptible, con cada nuevo paso que daba. El Suceso se retorcía en medio del aire, extasiado, bailando, pasando las manos por encima de su piel morena y abrasiva.

Voltee a sondear los rostros y me di cuenta que absolutamente cada rostro febril en La Piedra Negra estaba volteando a ver al muchacho. Con cada nuevo movimiento de cadera la realidad parecía ceder ante sí misma, la intensidad de la luz era tanta que tuve que cubrir mis ojos y lo último que vi fue una sonrisa con dientes ligeramente chuecos siendo devorada por una tormenta ígnea.

Sentí el soplo. Sentí la brisa fresca de la noche. A lo lejos vi cómo un tenue  se extinguía.

Los oídos me zumbaban y sentía la cabeza como si me hubieran apagado un cigarro en el cerebro. No entendía lo que estaba pasando. Había humo. Humo y gritos y oscuridad. Y luego más oscuridad.

Cuando desperté Ahmed estaba encima de mí y me miraba. Tenía la cabeza vendada y la cara manchada de sangre. Recuerdo haber pensado que la sangre en realidad parecía acuarela color rojo y que se difuminaba perfectamente con sus mejillas morenas que de todas formas siempre estaban rosas. Con su brazo de estatua me ayudó a levantarme.

El lugar estaba destruido y olía a gas. Le faltaba un pedazo a la tierra, un pedazo que formaba perfectamente la figura de un cubo. En esa área había desaparecido absolutamente todo como si hubiera sido removido de tajo de la realidad. En los alrededores sólo quedaba concreto, tierra, esqueletos metálicos y una lámpara verde todavía encendida colgando de una viga.

“Te saqué antes de que explotara”, me explicó Ahmed. “ El Suceso, el morro ese”, agregó ante mi confusión. Y yo nada más lo veía y pensaba en patrones de Rorschach color rojo en su rostro.
“Todos estaban como hipnotizados pero luego el muchacho ese empezó a brillar y ahí si ya se me hizo muy raro. Y pues te saqué. No te querías salir. Te me pusiste bien pendejo.” “Perdón, pues. Ni me acuerdo”.
“No pasa nada. Pero ya deberíamos movernos de aquí”.
“Arre”

Y nos levantamos y caminamos rumbo al metro, que a esa hora todavía estaría cerrado pero caminamos de todas maneras. Al llegar a Eje Central nos recibió el fresco nocturno del DF como un animal gigantesco e incomprensible lamiéndonos el rostro. Compartimos un silencio preñado de complicidad en medio de esa ciudad completamente solitaria, desolada, abandonada.

“¿Y a ti por qué no te hipnotizó el muchacho?”, le pregunté a Ahmed en algún momento.
“Digamos que a mí no me impresionan mucho estas cosas”.

Luego de algo así como media hora parados en medio del frío ya nos habíamos cansado de robarnos besos y agarrones en medio de la oscuridad sin que pasara ningún taxi o ningún automóvil o ningún otro ser humano.

Por fin pasó uno de esos taxis rosas, rompiendo el velo del silencio nocturno con sus llantas atravesando el asfalto. Le hicimos señas y se detuvo.

El conductor era un hombre de bigote y cuando le dijimos que se dirigiera hacia el sur le dio indicaciones de voz a su teléfono celular. Dijo algo así como “Mi amor, ¿nos puedes decir cómo llegar al sur?” y su celular le contestó con voz de mujer: “En 300 metros gira a la derecha”.