Azoteas

Leo era un cabrón que vivía cerca de mi escuela. Yo tenía como 18 y el como 23. Creo que fue la primera vez que estuve con un Morro Súper Pirata™. Leo era un muchacho blanco mariguanero que practicaba box y tomaba fotos. Tenía el cuerpo más espectacular que había visto fuera de mis cómics de los X-Men o las páginas porno o lo que sea que viera a los como 18 años.

Quedaba hipnotizado cada que lo veía sin playera. Nunca he sabido bien a qué se dedicaba, pero siempre que iba a su casa estaba echado, descamisado, tomando cerveza o fumando. Leo estaba, como decía mi amiga de Guaymas, súper pirata.

Leo me gustaba porque no era como ningún otro maricón que hubiera conocido hasta ese momento. Aunque mis referencias no eran muchas. Los únicos otros homosexuales que conocía a mis 17–18 años eran mi ex, el emo que se videogrababa bailando Vogue y, probablemente, ese muchacho alto, delgado y precioso de la preparatoria al que misteriosamente todo mundo conocía sólo como “El Bambi”.

Leo me enseñaba cómo boxeaba golpeando un saco que tenía en su azotea. Luego, cuando se cansaba, con el sudor delineando pornografía en su físico espectacular, volteaba a verme, me sonreía y se agarraba el paquete.

Una vez me contó que se había peleado con unos borrachos porque se querían pasar de verga con su amiga. Otra vez se peleó porque unos taxistas les gritaron “maricones” a él y a sus amigos cuando iban saliendo de un antro gay.

A veces hacía negocios por teléfono. De las pocas conversaciones que recuerdo con él hay una en la que me contó de un chavo de 18 del Tec que “le estaba costando trabajo colocar”. Según parecía, el chavo quería encontrar a alguien que le pagara por mamársela. “Y encontrar clientes para eso está tardado”, me dijo Leo.

Luego volteó a verme y me miró como si me estuviera viendo por primera vez, verdaderamente viendo, y me preguntó “¿Tú tienes 18, verdad?”

Se podía ser gay y ser cool (y un padrote boxeador fotógrafo súper pirata) al mismo tiempo. Sorpresa, morrito de provincia: Tú decides lo que significa ser gay. No estaba obligado a bailar complejas coreografías de música pop; no estaba condenado a eventualmente dar las noticias de los espectáculos en horario matutino. Uno podía ser puto, a uno le podía gustar la verga, y aún así ser y hacer lo que a uno le viniera en gana.

El hambre con la que se comía mi verga ese Leo y las perlas de sudor que le saltaban del cuerpo cuando se agarraba a golpear el costal de box. Leo era la píldora roja, el conejo blanco que me llevó sin saberlo a conocer el espejo oscuro de la vida. Fue mi araña radioactiva y la libertad conmigo mismo mi superpoder. Dejé de cargar la sexualidad como una cruz y empecé a vivir.

Fajamos varias veces en la cocina de su casa, en la sala de su casa, en la azotea de su casa. Luego lo llevábamos a su cuarto, que también estaba acondicionado como estudio fotográfico.

Me decía, mira ponte así, y luego hacía ráfagas de varias fotos. Me encantaba verlo así y así me acuerdo de él, en pantalón de mezclilla, sin camiseta, como una estatua griega con los ojos rojos mirándome a través de una cámara.

Se comenzaba a agarrar cada vez más el paquete hasta que soltaba la cámara y cogíamos.

Leo falleció hace unos años (todavía no sé cómo) y de él sólo me quedan unos bóxers azul celeste (ya todos rotos) que decía que le gustaban.

También me queda una foto que nos tomé con mi celular, la única que nos tomé yo. Salimos los dos sonriendo quedito y Leo tiene la cabeza rapada y los ojos pequeños y rojos y el viento me mueve el cabello. Detrás de nosotros se expande hacia el cerro un tapiz de azoteas y techos de bloque, un desierto de planchas de concreto con varillas despuntando al cielo. A veces busco ese celular nomás para verla y acordarme del cabrón de Leo.

Eventualmente crecí y me vine a vivir a la Ciudad de las Ratas, y por un tiempo me di la tarea secreta de salir con la mayor cantidad de morros de 18 que pudiera y tratar de expandirles un poco las orillas del mundo, intentando replicar lo que –seguramente sin saberlo– Leo hizo conmigo. Portarme como un guía de turistas pero de las azoteas secretas del mundo y de lo que puede llegar a ser la vida. No tengo idea de por qué. Tal vez para preservar la tradición de los morros súper piratas.