Voy al Oxxo, ¿alguien quiere algo?

para Isaac

Estábamos en pleno bajón compartiendo un silencio y sólo se escuchaba el ladrido de los perros a lo lejos. El punto más alto de la noche había quedado atrás, de ahí sólo seguiría valer verga en picada. Llevábamos cuatro churros entre los dos y ya nos costaba trabajo ordenar las palabras, así que cada quién estaba en su celular como descansando de existir, deslizando infinitamente en algún feed del vasto Internet. Estábamos, como decía Gise, entregándonos completamente al sopor existencial. Si ponía atención, podía ver algo en los huecos entre las imágenes de la pantalla del celular, una idea muy específica de cómo era la vida para mí en ese momento de la A a la Z. Pero cuando volteaba a mirarlo de frente ya se había ido. Isac estaba en lo mismo, suponía. Su cara iluminada por la pantalla del celular, con una pequeña voluta de luz rodeando su cabeza, como un santo con su halo. Un santo de luz mercurial. Un santo como de Xalapa o de Guanajuato o de Durango. De un pueblo bonito (o no tan bonito o bonito a su modo) y silencioso, muy silencioso. Salvo por el ladrido de los perros a lo lejos que me regresó a la realidad. Era lo único que se escuchaba en el pueblo a esa hora, que en realidad no era tan tarde.

Sin que me diera cuenta salimos a buscar algo de comer al Oxxo, que era como el único Oxxo en 15 kilómetros a la redonda o algo así. Todo estaba callado, realmente callado y solo. En todo el camino no nos topamos con nadie, pero sí con un chingo de perros diferentes. Eran perros de la calle, flacos y desconfiados, que te miraban agachados y luego iban a esconderse o te seguían con la mirada hasta que pasabas. Los escuchábamos ladrar a lo lejos y para ese punto era ya como el ruido del mar o de los carros, algo que das por sentado y que ya no escuchas a menos que pongas atención. 

Isac llevaba shorts y chanclas y una camiseta negra y vieja que decía “Grupo Alternativo”. Yo también tenía una de esas en mi departamento en la ciudad. Las mandó hacer hace algunos años, pero se veía que él sí se ponías un chingo la suya. El asunto del short y las chanclas me prendía vagamente. Me distraían sus pies descalzos y sus chamorros velludos y la tela ligera del short. Pero trataba de no ponerle mucha atención porque sería incómodo que se me parara así nomás caminando por la calle. Aparte era mi amigo y eso. No es que no me daría con él, claro que me daría con él: eso es todavía más de amigos. Era solo que no quería darle un pase y arruinarlo todo. Qué tal que no le gusto. O que tal que tiene a alguien y no me ha contado. O que tal que está ahí esperando que le haga un pase porque él es demasiado tímido como para hacer uno. O que tal que le entro y a la mera hora no me gusta tanto como creía y lo arruino para todos. Tantas cosas podrían salir mal.

Isac, desde hace un largo rato, no decía nada. Estaba bien. Llevábamos como día y medio platicando de todo. Conversábamos 12 horas seguidas de cosas fascinantes y cosas sencillas. De las cosas que alcanzas a ver entre las cosas y que luego no atrapas, o de las que sí. Luego hacíamos cosas como poner Evangelion o Bob Esponja y nos quedábamos callados. O luego jugábamos Smash y también nos quedábamos callados. Pero en otras ocasiones sólo nos quedábamos mirando a la nada o caminando y ahí era cuando más callados nos quedábamos. Y esa era una de esas últimas veces. Él estaba ahí con sus shorts y sus chanclas y su carita salvaje. Y el mundo era oscuro pero mercurial iluminado por los postes. Y los perros ladraban y ladraban.

Cuando llegamos al Oxxo, el único Oxxo en como 15 kilómetros a la redonda, el lugar también estaba solo. Nos pasamos y preparamos cada quien una maruchan y un hot dog de esos con las salchichas feas y mojadas, pero que a esa altura del monchis era como una comida en un restaurante de lujo. Nos paramos junto al horno mientras nuestras dos latas de sopa daban vueltas adentro siendo irradiadas y recuerdo su presencia, el aura de santo, los shorts, su olor y todo lo demás. Pero no recuerdo si era más alto o más chaparro, o si era que yo lo sentía más de una forma u otra. Si este recuerdo fuera un mensaje de texto aquí iría un emoji pensando. El caso es que el microondas hizo mmmm mmmmm mmmmmm mmmmmmmmmmm mmmmmmmmmm y luego peepeeepeeep. Y nuestras maruchan ya estaban. Pero seguía sin haber nadie ahí para cobrar. Ni un vendedor o un empleado o como se diga. Gritamos y tocamos estúpidamente el mostrador con el puño pero no venía nadie. Buscamos en la bodega, que estaba abierta, y luego en el baño, que también estaba abierto, y no había absolutamente nadie. Así que nos comimos nuestras cosas en el estacionamiento sin decir nada, que también estaba vacío.

Mientras me comía mi hot dog recuerdo que me clavé mirando sus piernas y pensando en que seguramente regresaríamos y nos quedaríamos dormidos separados en la misma cama con algún animé o una película vieja sonando al fondo. Y que seguro yo, de nuevo, tendría una incómoda erección ahí mientras pretendía dormir. Y cuando por fin me quedara dormido soñaría con esa cosa que me haría entenderlo todo y hacer sentido de las cosas de la a A la Z. Al despertar la olvidaría. Isac me tocó el hombro como siempre hace y regresé a la realidad. Voltee y estábamos rodeados de perros. Perros de la calle hasta donde alcanzaba la vista, de todos colores y tamaños, pero todos flacos y descuidados y sucios o con sangre. Era como un océano de perros. Luego uno comenzó a ladrar, luego otro, luego todos los demás ladraron sin parar.

Tu gato está haciendo un sonido extraño

para Edgar (@edogaart)

Tu gato está haciendo un sonido extraño. Abre la boca y suena como la estática de la tele. En realidad no es tu gato, sino de tu roomie, pero le tomaste tanto cariño que lo consideras tuyo. Y ahora está haciendo un sonido extraño que nunca habías oído salir de ningún gato que hayas conocido pero hey, tal vez eso es algo que los gatos hacen, ¿sonar como la tele en un canal muerto? Tampoco habías conocido un gato que le silbara a las aves antes y este lo hace. Te preocuparías más por el gato pero estás ocupado teniendo un ataque de ansiedad porque el vato de la escuela que te gusta no te contesta los mensajes. Subió un GIF de él a sus historias de Instagram. Sale fumando hierba en una pipa que armó con una manzana. Traía un pantalón de cuero negro y nada más, su piel morena resplandeciendo bajo el sol gracias a una ligera capa de sudor. Repetiste la historia varias veces y sin darte cuenta ya le estabas escribiendo. “Saca el toque”, decía tu mensaje, que no se tardó nada en ver pero que una hora después todavía no contestaba.

¿Tal vez está demasiado pacheco para contestar? Igual y no son tan cercanos para que le digas que saque un toque o puede que no tenga toques que sacar. Podrías estarte toda la tarde así, ya lo has hecho antes, pensando mil veces las cosas, azotándote en el piso y alimentándote de falsa esperanza, siempre basándote en suposiciones. Pensar a veces es un vicio, piensas. Decides apagar el teléfono y ponerte a dibujar, que es lo que deberías estar haciendo en primer lugar. Tu gato, mientras tanto, continúa haciendo ese ruido de estática a un volumen cada vez más alto. No se ve mal el minino, si acaso demasiado quieto, como concentrado.

Abre una última vez la boca, inundando toda la habitación con ese ruido horrendo y luego todo termina. Quiero decir todo. El ruido termina pero también ¿todo a tu alrededor? Ya no estás en tu habitación, eso es seguro. Todo está blanco y tu gato flota al centro. Entonces tu gato dice algo sobre una guerra intergaláctica, con una voz súper adorable, exactamente la voz que tendría un gato. Dice algo sobre una guerra intergaláctica que amenaza a todos los gatos de la Tierra y que tú, Edgar, precisamente tú, habías sido seleccionado para ser el campeón que nos salvará a todos. Tu gato (que, te das cuenta, en realidad no te pertenece) se eleva frente a ti y te pone su patita en la frente. Luego hay una luz y apareces en una especie de nave espacial cayendo hacia la Tierra.

Puedes ver tu casa desde ahí mientras bajas. El gato (¿los gatos?) te había puesto una armadura espacial de batalla incluso. Aterrizas en el centro de tu ciudad y te da vergüenza estar ahí parado con esa cosa tan brillante puesta. La gente te fotografía y te mira con curiosidad, ya te imaginas en el noticiario local con tu expresión  de timidez visible incluso detrás de la armadura, que, por cierto, es sorprendentemente cómoda. Entonces llegan. Cientos de platillos voladores disparando lásers de todos colores. La ciudad se ilumina con esos estroboscopios letales y música techno empieza a sonar inexplicablemente de algún lugar. Es momento de actuar. Usas todo tu arsenal. Los cañones laser y las bombas de tu nave con forma de gato. Luego, cuando bajan, los combates con tus garras afiladas y tus disparos de energía sin darles tiempo de reaccionar. Te mueves con gracia y agilidad por entre los alienígenas, esos bichos verdes como cucarachas radioactivas de dos metros. Las naves siguen llegando y los bichos le apuntan a las personas de tu ciudad con armas que se ven, de alguna forma, igual de asquerosas que ellos. Parte de tu trabajo es defender a la gente. Ya sabes, protegerlos de escombro que cae del cielo por acá, cubrirlos de los disparos con tu escudo de plasma con forma de gato por allá.

Al parecer la invasión es a escala global. Los gatos del mundo, en su infinita sabiduría alienígena, seleccionaron a un pequeño ejército de mujeres y maricones para que defiendan el planeta. Tiene que ver con el influjo de la Luna, o al menos eso dijeron desde alguna televisión mientras te rifabas el físico contra los invasores.

Estás a punto de acabar con ellos, la música techno deja de sonar (¿de dónde salió de todas formas?) cuando lo ves. Al principio no le encuentras la forma y piensas que es cascajo extraterrestre, luego descubres que son sus pantalones de cuero y sus botas, igual que en la historia de Instagram, retorciéndose debajo de los restos de una pizzería. Levantas los escombros con tus rayos de gravedad. Su ropa está toda rota y lo alzas tomándolo por sus brazos que son enormes y te hacen pensar en tanques de guerra. Le preguntas que si está bien y todo eso pero te es imposible ocultar que estás nervioso, eso él lo huele como los tiburones a la sangre. Te dice algo como hey, bonitx, qué valiente que eres. Te preguntas cómo hizo para pronunciar la equis con tanta naturalidad, pero eso es parte de su encanto. Te quitas el casco para revelar tu identidad y tu cabello cae como una cascada oscura hasta tus hombros. Tus ojos resplandecen con glitter, no te lo pusiste tú, apareció cuando los gatos te transformaron. Tienes tanto qué agradecerles, piensas ahí parado frente a él. Entonces te mira a los ojos y te pregunta por tu nombre. Eso te deja helado. Te sientes tan expuesto.

“¿No te acuerdas de mí?”, le preguntas. “De la escuela”, le sugieres para ayudarle. Se queda callado un rato observándote hasta que por fin te suelta: “¿A qué escuela vas?”
No podrías sentirte más desolado. Te quedas ahí parado, incómodo, sosteniendo tu desintegrador de Hello Kitty sin saber qué hacer con tus manos. Te excusas inventando que tienes que irte o que el mundo te necesita, y jamás miras atrás.

Video y Música por @edogaart increíble persona vayan a ver su Instagram ya

NIBIRU

para Joshua

Se había despertado como un muchacho de veinte y se había ido a la cama como un hurón. En el transcurso del día fue un híbrido entre morrito, un pirata y un mapache. Y todo lo había hecho desde su cuarto armado sólo con una pizca de marihuana y papel para forjar. Se podía considerar una jornada exitosa y a él como el organismo vivo más satisfecho consigo mismo de todo el sector.

Se había despertado al escuchar que cambiaba la sintonía interior del planeta Tierra. Había estado soñando con una cabeza de perro flotando en medio de una túnica vaporosa. Estaban en medio de un desierto al amanecer. Él no entendía lo que el perro quería decirle porque hablaba en ideogramas, así que desesperado el perro por fin habló y dijo: “Acaba de comenzar otro ciclo”. Él se talló los ojos al despertar y se frotó al centro de la frente, donde debería estar un tercer ojos, y pensó que él ya sabía que acababa de comenzar otro ciclo, era obvio.

Encerrado en el baño revisó el calendario lunar con detenimiento, como un hombre de negocios escrutaría la sección de la bolsa de valores de un periódico. Había algo raro en el cielo, concluyó después de leer el reporte astral, algunas cosas no cuadraban. Al salir se miró en el espejo y se acomodó los brackets, luego notó que la barba que se había rasurado ayer le había salido de nuevo completa durante la noche. Después desayunó una porción de arroz y un vaso de agua.

En el patio dibujó un pentagrama en la tierra y después cubrió las líneas con hojas. Los nodos de energía los cubrió con flores, pero esos no estaban delineados, pues él sabía perfectamente en dónde estaban. Se sentó de mariposa al centro y dijo las palabras indicadas en el orden correcto. Cerró los ojos y en algún lugar se corrió un cerrojo y se abrió una puerta.

Lo que veía era el interior de sus párpados pero también, de alguna forma en realidad muy sencilla y ordinaria, al universo entero a la orilla de la mirada, como de reojo. Era cuestión de apretar un poco los ojos y enfocarse en el punto indicado. Cuando sintió despegarse del suelo supo que lo había encontrado. Se vio a sí mismo desde fuera, flotando sobre el círculo de hojas en profundo trance matutino.

Sondeó así, de reojo, el espacio liminal de su barrio, ese otro mundo que existe en los resquicios secretos. Ahí estaban brillando y tan presentes las casas de su barrio a las que rara vez les ponía atención, y los espíritus de los árboles y de los animales callejeros. En el suelo se derretían los restos de los sueños que habían tenido sus vecinos los días anteriores, formando viscosos patrones al escurrir por las calles hacia quién sabe qué secretos ríos subterráneos. A pesar de sentirse en casa en el ocaso, había lugares en los que presentía que era mejor no indagar.

El mundo, o al menos su cuadrante del mundo, se veía en orden. No se explicaba esa vaga sensación de inquietud que tuvo en sueños, o ese algo raro en el cielo que vio en el calendario lunar esa mañana.

Siendo él como era (o como estaba siendo en ese momento), decidió ser minucioso. Intercambió impresiones con los representantes de la hierba que crece en las heridas del concreto y revisó varias veces la huella psíquica de sus vecinos en las paredes.  Bien visto de lado, todo parecía como debía ser. A pesar de eso sentía una ansiedad particular. Se preguntó si así se sentirían los animales antes de un terremoto.

Cayó de golpe al regresar y desconcertado dudó de su identidad.  Volteó a ver sus piernas para aterrizarse, las encontró morenas velludas y en pose de mariposa. Lentamente iba recordando. Volteó a verse las manos, tenía en los brazos tatuados pequeños dibujos de todo tipo, símbolos, garabatos como los que encontrarías en la última página del cuaderno de un ángel metafísico aburrido en clase de su escuela de ángeles metafísicos. Recordó entonces que parte de su identidad era dudar constantemente de su propia identidad.

Para ese punto de la tarde ya tenía hambre de nuevo y mientras volvía adentro notó que el atardecer estaba extrañamente vívido ese día. Una luz rojiza se había apoderado del cielo y se reflejaba incluso en las cosas. Se volvió a servir de nuevo arroz blanco, pero esta vez con verduras hervidas para acompañar. De postre se chingó un cigarro.

Salió a dar una vuelta y, salvo esa luz roja como si alguien le hubiera puesto un filtro de celofán al Sol, todo era excruciantemente normal. Aventó las llaves en el mismo lugar de siempre y se preguntó dónde estaría su familia. No recordaba haberla visto ese día y además, ¿no era extraño en sí mismo que apenas hasta esa hora de la tarde se hubiera cuestionado su ausencia? Prendió la tele para sentisre acompañado, como hacía a veces, y en las noticias estaban pasando un reporte especial sobre un gigantesco objeto en el cielo.

El objeto en el cielo era Nibiru, el planeta X, escondido desde siempre en el punto ciego de la Tierra pero que ahora se acercaba inexorablemente. El final era inminente, explicaba la reportera con expresión lacónica, y al parecer ya debíamos haberlo visto venir pues era lo que merecíamos, explicaba.

“Ah”, dejó escapar Joshua o lo que quedaba de él. Así que eso era. Por eso no le salían los cálculos zodiacales desde hacía unos días.

Normalmente a esa hora del día volvía a pasar la tarde en el espacio liminal, pero ese día decidió quedarse en casa y encerrarse en su cuarto en caso de que su familia fuera a regresar de imprevisto y lo descubrieran haciendo algo extraño. No hubiera sido la primera vez.

Su cuarto era un templo del silencio la mayor parte del tiempo. Olía un poco a muchacho y un poco a marihuana, a sudor cristalino de filo de luna. El ambiente era sobrio salvo algunas plantas flotando en cristales, un par de posters de mapas estelares y, a veces, el espíritu de un gato que desaparecía a dimensiones vecinas por semanas completas antes de regresar todo madreado sin el pedazo de una oreja o con la cola más corta.

Se volvió a mirar en el espejo y la barba ya le cubría por completo la cara. Se abrió la camisa esperando encontrarse con un cuerpo de hombre lobo, pero encontró debajo su mismo cuerpo de siempre, con una mancha de vello en el pecho y otra en el abdomen. Se tranquilizó. Tal vez era una transformación normal debido al influjo del Planeta X, así como los malos entendidos son más comunes durante Mercurio retrógrado. El cambio es normal y no hay nada de qué alarmarse, se dijo mientras se veía directamente a los ojos ojerosos en el espejo. Y se creyó, pues confiaba en sí mismo. No se asustó ni porque no había nadie más en el mundo, ni por la bola roja en el cielo, ni por esas peludas orejas triangulares que habían reemplazado a sus orejas de toda la vida.

“Ay perro”, fue lo único que exclamó al respecto de todo pero tal vez no había nada más que decir. Sacó de su escondite la poca marihuana que le quedaba y puso música. Mientras trozaba la hierba notó que sus dedos tenían pequeñas almohadillas negras como las de los mapaches o los tlacuaches. No le impedían trabajar así que decidió aceptar sus patitas tal y como aceptaba cualquier otra parte de su cuerpo. Es decir, con amor.

Cuando se descubrió la cola ya había terminado un perfecto churro gordito, pero decidió que dado el caso era necesario también abrir una Budweiser que artesanalmente había escondido en el refrigerador familiar. Se la bebió mientras una profunda voz desde su celular tarareaba una canción que le pareció al mismo tiempo entrañable y erótica. La luz roja, cada vez más intensa, ya se colaba insistente por la ventana de su cuarto pero también por el espacio alrededor de su puerta.

Decidió abrir su laptop y ponerse a ver imágenes en Internet para pasar el rato. Ya era tarde, de todas maneras, y había sido un día bastante productivo, pensó mientras scrolleaba perezoso. Se detuvo cuando encontró la imagen de un anciano montando un tremendo dildo con un diseño imposible. Al lado del señor había una frase que decía: “Un hombre es exitoso si se levanta por las mañanas, va a dormir en el ocaso, y en medio hizo todo lo que quiso hacer”. Le pareció que estaba bien.

Se quedó dormido con el brillo de la computadora iluminándole el rostro, y para entonces era ya un hurón o tal vez una musaraña. Y por un momento fue el animal dormido más pacíficamente del mundo entero.

Cómo perrear

En medio de la zona triangulada entre la colonia Doctores, La Merced y el primer cuadro del Centro Histórico se encuentra el club nocturno conocido como La Piedra Negra. Si bien es una zona con numerosos locales de entretenimiento de corte popular a los que cada fin de semana acuden millares de jóvenes de las colonias aledañas, también es cierto que muy frecuentemente se dan cita habitantes de los sectores más adinerados de la ciudad en busca de lo que ellos consideran emociones exóticas.

El renombre de la zona le ha ganado el apodo del “Triángulo del Reguetón” en medios de comunicación en Internet en donde la edad promedio de la plantilla editorial no supera los 25 años.

Su creciente carácter de ciudad sagrada atrae año con año a millones de muchachos de todos los estratos sociales en un fenómeno bastante parecido a la migración de las aves. En reportes periodísticos la decisión de acudir es descrita por los jóvenes como algo parecido a una revelación que aparece en sueños en algún punto de entre los 16 y los 24 años.

En una llanura a la mitad de ese territorio se encuentra el local ocupado por La Piedra Negra, un lúgubre antro que uno jamás encontraría de no saber con exactitud lo que está buscando. La entrada se encuentra bien camuflajeada con su entorno disfrazada como la fachada de una vecindad antigua con tanques de gas en la entrada y triciclos abandonados estratégicamente para dar la impresión de que existe vida. Y vaya que existe vida. Adentro el lugar de aspecto cavernoso se extiende indefinidamente hacia las profundidades de la Tierra con paredes rocosas y tubos de metal de color rojo que sirven de agarre para que incontables parejas de muchachos puedan así mover con más violencia las caderas al perrear. Fue en ese lugar donde ocurrió El Suceso.

“Mira ese güey de ahí es El Suceso”, me dijo Ahmed mientras me entregaba una cerveza y señalaba a un muchacho de chamarra de entre la multitud. No tardé mucho en darme cuenta porqué le decían así. Era un muchacho de cara afilada y pómulos marcados que se movía con la salvajidad de un animal ancestral. Iba tan bien vestido incluso. Mientras bailaba, celestial, parecía enmarcado por un grupo de morros como de su edad, igual o más guapos que él, todos con la misma mirada bovina y apostólica.

Pero nadie se movía como él. Levantaba un pie y cuando lo volvía a colocar en el piso parecía que la gravedad colapsaba alrededor de sus tenis que más bien parecían una perfecta armadura de tela. En la fluidez de la chamarra en la que había enfundado su delgada piel morena pude ver, por un momento, el ritmo del infinito. Verlo bailar era un espectáculo brutal como brutales son los depredadores en la naturaleza.

En La Piedra Negra sólo vendían una clase de cerveza a la que los baristas llamaban Lágrimas de Ángel. La etiqueta mostraba complicados patrones de lo que parecía ser hierba y letras en caracteres arábicos que resultaban tan inquietantes como incomprensibles. Donde debía estar el nivel de alcohol había en cambio un signo arcano seguido de un “%”.

El lugar centelleaba en luces verdes. El reguetón retumbaba en el alma y pronto comencé a sentir cómo el ritmo natural de mi propia existencia se alineaba con el de la música. Alrededor de mí latigueaba un mar de cinturas morenas en donde solo alcanzaba a distinguir flashazos de cortes militares de cabello, cadenas, tobillos enfundados en tenis gigantes, piel morena, perlas de sudor, entrepiernas, como patrones intercambiables en un mosaico o como piezas desordenadas de un rompecabezas.

Me puse a bailar lo mejor que pude. A bailar para Ahmed lo mejor que podía, a sabiendas de no estar en mi elemento. A mi alrededor la fiesta parecía palpitar como algo vivo. El calor humano me envolvía con la paz del océano.

Tuve que salir a tomar aire entre los tanques de gas del patio de la vecindad. Mientras respiraba un cigarro bajo el cielo contaminado de la ciudad sentí un escalofrío que me recorrió despacio la espalda como una tira de arañas heladas. Luego escuché una voz dulce.

“Tú eres cómo yo y yo soy como tú”, dijo. Era El Suceso y mientras lo dijo se deslizaba en vertical sin quitarme la vista de encima. Me recordó a una serpiente acechando a su presa. “Ni tú ni yo somos de aquí”, insistió. Estaba sonriendo una sonrisa satisfecha y con los dientes apenas pero lo suficientemente chuecos para tener un encanto propio. Por un segundo me pareció ver una llamarada oscura en su ojo.

No supe qué contestarle. Fue como una metralleta de impresiones aún antes de darme cuenta que se estaba dirigiendo a mí. Para cuando por fin entendí que intentaba sacarme conversación acerca de Algo ya se había ido. Seguramente me veía como si fuera autista, ahí parado sin responder, ensimismado en mis pensamientos mientras me hablaba. No pude comprender El Suceso pero me dejó profundamente marcado.

Perdedor en una batalla que apenas pude notar que se libraba, volví al local. 

El Suceso bailaba con la energía de un demonio encocainado. Su pélvis (todo él) se movía con la urgencia de un colibrí. El Suceso sonreía esa sonrisa con dientes ligeramente chuecos mientras se contoneaba y disparaba la entrepierna sugestivamente como si fuera a taladrar al Cielo.

A su alrededor el aire parecía viciarse por el calor. En un arrebato de éxtasis se quitó la chamarra con la misma facilidad con la que alguien se deshace de una colilla de cigarro. Sus brazos torneados quedaron expuestos a las luces intermitentes y su silueta parecíó grabada en el aire. Sus enormes cadenas de plata lanzaban destellos fugaces mientras se deslizaban de arriba a abajo, fluyendo al ritmo de sus brazos morenos.

No pude evitar tener una erección, dolorosa de tan intensa.

Pronto se quitó la playera y su cuerpo latigueaba como latiguean las llamas en un incendio. El Suceso sacaba la lengua y la hacía ondular demente. El ligero filme de sudor que le cubría la piel dejaba una estela de luz y sudor luego de cada movimiento. En algún momento comenzó a salirle humo de la piel. La llamarada negra en su ojo ahora parecía un incendio.

Entonces comenzó a brillar. Al principio no supe si era mi imaginación o un juego de luces pero pronto se volvió evidente el hecho de que un halo mercurial cada vez más intenso parecía emanar de él. Radiaba y crecía un poco más, de una manera apenas perceptible, con cada nuevo paso que daba. El Suceso se retorcía en medio del aire, extasiado, bailando, pasando las manos por encima de su piel morena y abrasiva.

Voltee a sondear los rostros y me di cuenta que absolutamente cada rostro febril en La Piedra Negra estaba volteando a ver al muchacho. Con cada nuevo movimiento de cadera la realidad parecía ceder ante sí misma, la intensidad de la luz era tanta que tuve que cubrir mis ojos y lo último que vi fue una sonrisa con dientes ligeramente chuecos siendo devorada por una tormenta ígnea.

Sentí el soplo. Sentí la brisa fresca de la noche. A lo lejos vi cómo un tenue  se extinguía.

Los oídos me zumbaban y sentía la cabeza como si me hubieran apagado un cigarro en el cerebro. No entendía lo que estaba pasando. Había humo. Humo y gritos y oscuridad. Y luego más oscuridad.

Cuando desperté Ahmed estaba encima de mí y me miraba. Tenía la cabeza vendada y la cara manchada de sangre. Recuerdo haber pensado que la sangre en realidad parecía acuarela color rojo y que se difuminaba perfectamente con sus mejillas morenas que de todas formas siempre estaban rosas. Con su brazo de estatua me ayudó a levantarme.

El lugar estaba destruido y olía a gas. Le faltaba un pedazo a la tierra, un pedazo que formaba perfectamente la figura de un cubo. En esa área había desaparecido absolutamente todo como si hubiera sido removido de tajo de la realidad. En los alrededores sólo quedaba concreto, tierra, esqueletos metálicos y una lámpara verde todavía encendida colgando de una viga.

“Te saqué antes de que explotara”, me explicó Ahmed. “ El Suceso, el morro ese”, agregó ante mi confusión. Y yo nada más lo veía y pensaba en patrones de Rorschach color rojo en su rostro.
“Todos estaban como hipnotizados pero luego el muchacho ese empezó a brillar y ahí si ya se me hizo muy raro. Y pues te saqué. No te querías salir. Te me pusiste bien pendejo.” “Perdón, pues. Ni me acuerdo”.
“No pasa nada. Pero ya deberíamos movernos de aquí”.
“Arre”

Y nos levantamos y caminamos rumbo al metro, que a esa hora todavía estaría cerrado pero caminamos de todas maneras. Al llegar a Eje Central nos recibió el fresco nocturno del DF como un animal gigantesco e incomprensible lamiéndonos el rostro. Compartimos un silencio preñado de complicidad en medio de esa ciudad completamente solitaria, desolada, abandonada.

“¿Y a ti por qué no te hipnotizó el muchacho?”, le pregunté a Ahmed en algún momento.
“Digamos que a mí no me impresionan mucho estas cosas”.

Luego de algo así como media hora parados en medio del frío ya nos habíamos cansado de robarnos besos y agarrones en medio de la oscuridad sin que pasara ningún taxi o ningún automóvil o ningún otro ser humano.

Por fin pasó uno de esos taxis rosas, rompiendo el velo del silencio nocturno con sus llantas atravesando el asfalto. Le hicimos señas y se detuvo.

El conductor era un hombre de bigote y cuando le dijimos que se dirigiera hacia el sur le dio indicaciones de voz a su teléfono celular. Dijo algo así como “Mi amor, ¿nos puedes decir cómo llegar al sur?” y su celular le contestó con voz de mujer: “En 300 metros gira a la derecha”.