MISTERIOS INEXPLICABLES

una historia 100% real sobre muchachos en ácidos que sucedió en 2014

Lo que quiero decir es que recuerdo perfecto que le hice prometer a Eduardo que no me dejaría solo después de la fiesta. Teníamos un trato. Nos meteríamos un ácido e iríamos a una fiesta. Cuando no aguantáramos más, regresaríamos a mi casa. Evidentemente yo tenía intenciones de fajármelo porque fajarte con alguien es de las mejores cosas que puedes hacer en ajo. 
No solo lo digo yo, también lo dice Fernando Benitez en uno de sus libros sobre drogas. La verdad es que no tengo muy en claro quién es Fernando Benitez pero en mi escuela había un auditorio con su nombre, lo que equivale a decir que la Universidad Nacional también cree que una de las mejores experiencias en la vida es coger en ácidos. El respaldo académico es innegable.

Así que ahí estamos bailando a media luz en casa de Carolina. El resto de la gente, se nota de cien maneras, son en su mayoría estudiantes de arte. Probablemente no seamos los únicos ni los más drogados. Así pasan un par de horas hasta que me empieza a dar calor y me quito la camisa de cuadros azules para quedarme en camisa interior. Eduardo chifla y me mira con una clase de mirada que no puedo describir pero sé perfectamente bien qué significa y significa vámonos de aquí.

Afuera hace un frío que cala en los huesos, dejo de sentir los dedos de los pies y me vuelvo a enfundar en mi camisa pero no es suficiente. Caminamos por alrededor de una hora que se siente como mil hasta llegar a una avenida grande cerca de mi casa. Se detiene y no se me ocurre preguntarle por qué lo hace. Me quedo anonadado viendo las luces de los carros como serpientes luminosas atravesando la oscuridad a toda velocidad. De noche la luz del mundo. Entonces Eduardo me dice que tiene que irse.

Se apagan las luces.

Por supuesto me quedo indignadísimo. Pinche naco, suelto al aire aunque no venga al caso. Hiciste una promesa. Me vas a dejar así de drogado en la calle a mitad de la noche. Pues sí. Pues vete a la verga entonces.

Luego de media hora de caminar fascinado y aterrado al mismo tiempo, es decir, completamente lleno de vida y propósito, llego a mi casa.

En mi casa hay otra fiesta oficiada por mi roomie. Como en todas sus fiestas, son puros muchachos trágicamente heterosexuales. Yo me siento en un sillón de la sala a hacer un berrinche privado. Me duelen los pies y me siento como un perro al que lo abandonó su dueño. Un perro excesivamente drogado a mitad de la carretera.

Su música está horrible y se enmarca en un lamentable contexto dado a llamarse «rock latinoamericano» o «rock en tu idioma». Cultura heterosexual. A mi roomie se le ocurre la desafortunada idea poner «el vaquero rockanrolero» de Charlie Montana en honor a mi llegada lo cual solo consigue ponerme de peor humor. Sal a la herida.

Se me acerca un muchacho inexplicablemente vestido con un uniforme del Real Madrid. Shorts y camiseta blanca, calcetas cubriéndole las pantorrillas y unos tachones. Me pregunta que si no me gusta la canción. Le digo que no. Me pregunta que si no doy el jacintazo o el piporrazo. Volteo a verle las piernas y luego la cara. Está lindo. Le digo que sí, que a veces. Lo invito a salir por cigarros o con cualquier excusa. El chiste es salir de esta atmósfera agobiante. Siento como me erosiono cada minuto que paso en esa fiesta terrible.

De regreso y ya con cigarros nos detenemos en un parque. Seguramente me dijo su nombre pero no me acuerdo. Estaba borracho. Me cuelgo de un pasamanos a levantarme tres o diez veces. Me dice que cuántas abdominales puedo hacer y me enseña cómo se hacen. Le digo que unas retas. Me quedo en las quince y él, borracho y todo, llega a más de veinte. Le digo que si tiene cuadritos. Se levanta su playera y me muestra. Luego me dice que a ver yo. Esto se está tornando muy predecible. Y hago lo mismo. Miro su cara mirarme. Se ve algo perdido, como si el corazón le hubiera saltado un latido. Después dice algo ridículo, algo como te ves flaco pero estás fuertecito. Le digo que si lo cargo. Me dice que sí y se trepa en mi espalda. Me llega una imagen vívida de una clase de educación física en la secundaria, también en shorts. De pronto siento su erección golpeando mi espalda y no puedo evitar soltar una risa.

Debajo la tierra comienza a moverse y pierdo el equilibrio. El suelo parece estar vivo y me jala hacia él. No siento el golpe pero sí una carcajada subirme por dentro y escapar en un estallido.

Me pregunto cómo se verán mis pupilas en este momento. ¿Cómo se ven mis pupilas? Alabestia estás drogadísimo. Así lo es, amigo, y tu borrachísimo.

Siento unas ganas incontrolables de bailar. Lo arrastro de nuevo a la fiesta y cambio la música radicalmente. Sonidos electrónicos y psicodélicos para comer aquí por favor. En esta fiesta somos las únicas dos personas bailando. Se nota que no lo hace muy seguido. Me dice a ver cómo y le enseño cómo.

Me acerca la cara sugestivamente cada número indeterminado de pasos. Va agarrando el ritmo. Me siento flotar.

Flowers are the things we know

Secrets are the things we grow

Learn from us very much

Look at us but do not touch

Estamos cada vez bailando más pegados.

Entonces aparece en escena un muchacho de aspecto hosco. No sé si está feo o si lo recuerdo feo. Le dice al oído algo que no alcanzo a escuchar. Evidentemente le causa molestia a Real Madrid. Que niega con la mano y con la cabeza. Luego sigue bailando pero distinto hasta que de pronto deja de bailar. Deja de ser lo mismo y se va.

Real Madrid regresa a platicar con sus amigos o quienes sean esas personas. Ya me había hecho a la idea de terminar de coronar la noche con sus piernas encima de mis hombros. Fernando Benitez, te fallé dos veces en una noche.

Me desplomo de nuevo en el sillón tramando cuál será la manera más rápida de terminar con la fiesta y mandarlos a todos a sus casas.


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Temporada de malilla

6 de noviembre de 2015
otro capítulo de mi diario en donde estoy asquerosamente vivo

Me siento mareado de vida.

En los últimos ocho días me enfermé del estemago y me dio temperatura. Así pasé el fin de semana pasado. Luego de un par de días, ya curado, un odio intenso al trabajo y a mi vida –a los que estoy inevitablemente atado– me produjo un ataque de urticaria. Me salieron decenas o cientos de ronchas por todo el cuerpo. Fue por estrés. Desde entonces, y ya libre de ronchas, he dormido unas seis u ocho horas repartidas en los últimos tres días. He comido mal. He comido mal y he besado. Me he reído con una desconocida y desabrochado el pantalón de un recién conocido.

No puedo ni empezar a explicar o describir lo bien que me siento. Me siento como si estuviera en ácidos a pesar de estar sobrio. Sobrio no es la palabra adecuada. Tengo un estado de ánimo impredecible por la desvelada.

“Te ves como alguien a quien le hace falta dormir”, me dijo David. “Te ves y te comportas como alguien a quien le hace falta dormir”, repitió David, quien minutos antes me había contado sobre el pirómano que conoció en el hospital psiquiátrico. Puede ser pero era la última persona de quien me hubiera gustado oírlo. Estábamos en la azotea. Llovió por unos instantes y David corrió a refugiarse al edificio. Yo me abroché la camisa y me quedé bajo el agua. Me burlé de su aversión a la lluvia, que fue como un reflejo involuntario. Entonces David encontró un pedazo de lámina salido de un techo y se refugió debajo y su conversación era errática y su pensamiento desordenado y decía las cosas sin atreverse a decirlas del todo. Pero las lanzaba de todas maneras como en una metralla y parecía vibrar mientras lo hacía. 

Me descubrí mirándolo y pensando en la belleza de los muchachos locos. Lo descubrí tomándome fotos en secreto.

Estaba tomando fotos como loco a todo. “Está bien padre todo esto”, dijo, y apuntaba su celular hacia las cosas.

“Se llama experiencia estética”, le dije. “Esto de las azoteas y los colores que el cielo húmedo forma en las nubes, y esto de estar platicando sin nisiquiera estar seguros del nombre del otro. Así se llama”.
“Se siente como nostalgia”, dijo David –yo tenía que verificar mentalmente cada vez que pronunciaba su nombre–
“No, la nostalgia es otra cosa”
“Sí, la nostalgia es otra cosa. Esto es otra cosa”

¿Qué cómo me hace sentir todo esto? 

Me hace sentir que está manzana es la cosa más rica que mi boca ha probado en semanas. Me hace sentir con ganas de correr hasta agotarme. Me hace sentir con ganas de seguir compartiendo poemas por mensaje de voz con muchachos al otro lado de la ciudad –como náufragos varados en islas diferentes que se comunican en mensajes en botellas que lanzan al mar–. Me hace sentir con ganas de besar muchachos que estudiaron ocho años de medicina y terminaron odiando al complejo médico, y se fueron a vivir a la sierra y aprendieron totzil para curar en su propio idioma a desconocidos anónimos y olvidados. Me hace sentir con ganas de besar y morder al morro más pirata de todos. Al Rey de los Piratas. Quiero correr hasta que el sueño me reciba con los mantos abiertos

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Rulo en la ciudad de los monstruos

Una canción de cumpleaños para Rulo aka Alejandrae True Connection

Tu perro, Randy, fue el primero en oírlos.

Estabas con él en su paseo matutino en algún parque de por tu casa y te pareció extraño verlo tan inquieto arañando el piso desesperado, como buscando un lugar para enterrarse a sí mismo. Pensaste que tal vez se acercaba un temblor y te preparabas para correr cuando los escuchaste: era un chillido como de animal herido si el animal en cuestión midiera 20 metros. Era un gemido sobrenatural pero tan cercano, como salido de una pesadilla muy vieja y que te dejó paralizado. Luego escuchaste los gritos de la gente y los viste corriendo en desbandada.

Tu celular estaba lleno de mensajes de advertencia: “No salgas de tu casa, Rulo. Los monstruos tomaron la ciudad”. Era demasiado tarde.

Randy, para todo su tamaño y peso, estaba demasiado asustado para reaccionar y tuviste que cargarlo. Encontraron refugio en una fonda de comida corrida que cerró la cortina metálica justo cuanto terminaste de pasar. Adentro había oficinistas y amas de casa con niños de uniforme escolar, todos aterrados, llorando o sudando a gotas mientras rodeaban un televisor viejo.

En la tele, la verdad, los monstruos no se veían para nada impresionantes. Era como un desfile de disfraces. Las cámaras lo habían captado todo: La Cosa del Pantano dejaba un rastro de algas verdosas e intentaba volcar un puesto de tacos. El hombre mosca succionaba el cerebro de un niño mientras su aterrorizada madre luchaba inútilmente por quitárselo. Un alien con brazos de tentáculos destrozaba con su rayo láser a las familias que paseaban por la Alameda. Godzilla luchaba contra King Kong por trepar la torre latinoamericana. La ciudad estaba tomada por los monstruos.

Algo en los monstruos te pareció extraño. Llevaban cierre. Todos ellos, invariablemente, tenían un zipper en algún lugar como si fueran trajes de una mala película de ciencia ficción de los cincuenta. Pero nadie parecía notar este detalle. Ni siquiera el panel de mediums, videntes y especialistas en monstruos que aparecían en el noticiario discutiendo todo este asunto del fin del mundo.  

Carlos Trejo, que se veía inusualmente contento, especulaba que los monstruos habían salido de la tierra para castigar a los degenerados, una consecuencia de ese estilo de sodomía, placer y perdición que había tomado de sorpresa a la vida nocturna del Distrito Federal. En algún momento señalaba a la cámara y sentías como si te estuviera apuntando a ti, culpándote de todo.

Mhoni Vidente tenía o fingía tener visiones en ese momento. Hablaba en lenguas con voz demoniaca y aunque ninguno entendía latín, parecía bastante claro que los monstruos eran un castigo para los homosexuales. Aleks Syntek, mientras tanto, en un enlace directo desde la cárcel, culpaba al reguetón de todo.

En medio del fin del mundo te preguntabas cómo estaría Gustavo, esa inocente criatura a la que llamas hermanx. Estaba a unas cuadras de distancia pero era tan distraído que seguramente tu amiga no se había dado cuenta que la ciudad estaba infestada de bestias del infierno o de alguna mala película de ciencia ficción. ¿Cómo estarían el resto de tus amigos? Te disponías a sacar tu teléfono para contactarlos cuando algo comenzó a golpear o más bien a arañar con garras monstruosas la cortina de acero del local. Los comensales comenzaron a apretarse al fondo. Tú, con tu extraña suerte, lograste escapar junto con Randy por la ventana del baño mientras una hormiga gigante (a la que también se le veía el cierre) se abría paso y devoraba a la gente.

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Randy seguía sin cooperar y debías cargarlo como si de un bebé enorme se tratara.  Así corriste de regreso a casa en donde esperabas encontrar el mismo reguero de cadáveres que había por toda la ciudad. En cambio, cuando llegaste a Agrarismo te topaste con un silencio espectral. Todo estaba sospechosamente silencioso. Subiste las escaleras cargando a Randy que temblaba de miedo y no había ninguna señal de pánico o de vida. Te detuviste en la puerta de tu casa, con el peluche de tu llavero en la mano.

Algo estaba mal. Randy, que estaba en tus brazos, volteó lentamente a mirarte y dijo “Oriéntate por favor, amiga”. La puerta se abrió y casi te vas de espaldas cuando viste que adentro de tu departamento todo estaba lleno de monstruos. Tus amigos estaban también adentro, muy tranquilos, sosteniendo velas.

Todos gritaron feliz cumpleaños, incluso los monstruos.

Todos estábamos ahí. Ahí estaba Perla, con su pelona rapada que se sentía agradable al tacto, rodeada de pieles falsas. Joe tan bien arreglada parecía escapada de las páginas de una revista y mientras caminaba no pudiste evitar notar que su sombra era la larga sombra de un gato. También estaba Gustavo, risueño y distraido, flotando unos centímetros arriba del piso. Y ahí estaba Ayax, observando todo desde atrás. Randy se bajó, se colocó entre tus amigos y entre los monstruos, y empezó a cantar las mañanitas. Luego todos nos unimos y cantamos para ti.

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UNO

Había soñado con una selva al interior del metro. Un denso follaje salía por entre las taquillas y costaba abrirse paso entre los arbustos espinosos que recubren las escaleras. Un coro de aves invisibles graznaba sobre su cabeza. Un grito a lo lejos lo hizo despertar.

Gabriel iba hilando las piezas de su sueño mientras caminaba rumbo al metro. Seguro soñó todo eso por la aventura que le esperaba ese día. Para nada era su primera vez en el subterráneo y sabía exactamente qué clase de selva encontraría adentro, pero estaba un tanto ansioso por tener que tomar una ruta nueva y tan larga. Tal vez llegaría demasiado tarde y sería odiado. O demasiado temprano y se quedaría  aburrido y solo consigo mismo por un tiempo indeterminado, lo cuál lo llenaba aún más de ansiedad.

Había quedado de verse con una muchacha que conoció en una de esas redes sociales. Se llamaba Anansi y era cuatro años menor que él. Tenía 18 e iba a una universidad privada en la que los estudiantes debían usar uniforme. Puede que fuera este hecho lo que le llamó la atención a Gabriel en primer lugar pero eso es algo que jamás diría en voz alta o, para el caso, jamás admitiría consigo mismo.

Gabriel se sentía como un hombre nuevo tan sólo de pensar en el prospecto de estar con ella. Y, aunque se hacía varias horas de camino desde su casa a la de la joven Anansi, estaba dispuesto a realizar el recorrido sagrado, a dar cada paso con fervor, a recibir cada pequeña bendición con agradecimiento y cada codazo con penitencia. Sudaba por el calor subterráneo y por la expectativa. Una fuerza en su interior le decía que, por esa chica, todo calvario valdría la pena.

La mítica casa de Anansi estaba ubicada en un laberíntico complejo departamental en el corazón de las colonias centenarias, descuidadas y tétricas que componían el Centro Histórico. Aunque conocía a grandes rasgos la zona realmente nunca había caminado en ella y en su imagen mental la zona siempre aparecía como un bosque de bloques de concreto medio destruidos y nubes de polvo. 

Más allá de la fantasía de colegiala que le vendió el affaire sin muchos problemas, no sabía nada de esa muchacha salvo que un porcentaje considerable de su comunicación por Internet se llevaba a cabo a través de GIFs animados de animales.

El GIF que más le gustaba era el de una tarántula, parecía sacado de un documental de la naturaleza. Aparecía alzando la cabeza y avanzando con sigilo, su pelaje y colmillos resplandeciendo bajo el sol. Todo se veía muy tétrico y amenazador hasta que al final la tarántula alzaba las patas y parecía estar saludando amigable. Se la imaginaba justo de esa forma: digna y peligrosa pero dispuesta a recibirlo.

¿Valía la pena ir al rincón más recóndito de Rumbo Desconocido con tal de coger? ¿No tenía un mejor uso de su tiempo que entregarse al vicio de fantasear y fetichizar uniformes? Puede que al final ni le gustara la tal Anansi, ¿valía la pena el esfuerzo?

Sacó su celular y buscó su último intercambio, el de la noche anterior. Habían intercambiado fotos y ahí estaba ella y ahí estaban sus desnudos y ahí estaban sus palabras retadoras. Se sintió mal por dudar, por supuesto que valía la pena, pensaba, mientras de nuevo se adentraba en la hora pico del crepúsculo.

Su primer odisea del día, antes que sortear las barreras emocionales de la colegiala como un artista olímpico y antes que navegar por el laberinto insondable que le representaba el bloque de manzanas, callejones y complejos de vecindades del centro, consistía en encontrar algún espacio en algún vagón de algún tren.

La imagen que Gabriel encontró al asomarse al andén se parecía, más que nada, a un concierto masivo de música electrónica, a una visita papal, a una multitud escapando del fin del mundo, a un estadio de futbol, a una turba enardecida presagiando un golpe de Estado, a una estampida buscando un Pokemon raro en Central Park, a un mar de cuerpos humanoides, una multitud y su oleaje primordial al cuál debía integrarse, una fila informe y colectiva compuesta de ingentes cantidades de trabajadores, estudiantes, oficinistas, cada grupo de la ciudad debidamente representado por un penitente que resguarda un espacio vital de apenas unos centímetros en busca de su destino. Pero aún así: codos ensamblados en costillas, bultos sospechosos y amenazantes como pistolas contra la espalda, la pérdida de las fronteras entre los individuos, el calor que nubla el horizonte y la rojiza luz soporífera del andén que silba infrasónica.

El tiempo parecía haberse detenido.

De algún lugar se escuchaba una bocina con ancestrales tangos granulados por la mala calidad del aparato y, ocasionalmente, una voz oficial dando anuncios eléctricos. Cada par de minutos Gabriel sentía la necesidad de verificar que llaves, teléfono y cartera estuvieran en su debida posición. Los trenes llegaban repletos, y a pesar de las ganas nadie suspiraba porque no había espacio para el suspiro. Como en una maldición, por cada persona que salía del tren abordaban tres más.

Todos estaban ahí. Navegando entre la gente, pagando de pasaje un empujón o apretón para abrirse paso entre cada persona rumbo al tren. Gabriel vio a compañeros de una lejana primera infancia. Los miró a los ojos y se reconocieron alegres sin poder explicarlo. También estaban los niños de cuando iba a catecismo y su profesora, ya mucho mayor, tan alejada del Señor como el resto del mundo ahí abajo. Encontró, sepultado contra una escalera de emergencias, a la primera chica que le había gustado, una chica de cabello siempre despeinado y pómulos filosos que pasaba patinando en el parque de por su casa. Nunca supo su nombre pero la había bautizado de lejos como Bambi. Pues ahí estaba Bambi. Y ahí estaban también todos los sobrinos y primos de Gabriel, tantos que no podía nombrarlos de memoria sin que se le olvidara por lo menos uno. También estabas tú y, no muy lejos de ahí, estaba yo. Y todas las personas que hemos llegado a conocer. Todos. Como si hubieran sido requeridos con urgencia a un lugar imprescindible.

Marchaban, ya en silencio, en un ejército aparentemente caótico pero con el ritmo propio del organismo de una bestia. Se abrían paso como podían. La vida no era sencilla y debían tomarse las cosas un paso a la vez, tratando interiormente de cambiar su estado de la materia y escurrir unos contra otros para avanzar y llegar hasta un rincón o burbuja de aire más o menos cómodo, hasta que de nuevo el caos los devolviera al azar.

De vez en cuando llegaba un tren y la gente se valía de maletines, mochilas y bolsos como armas improvisadas, hacían presión con sus rodillas, se balanceaban de tal forma que hacían perder el balance a quienes los rodeaban por unos valiosos segundos que eran más que suficientes para colarse en un vagón y acaparar el espacio.

Era una carnicería dantesca y silenciosa de codazos, empujones, la presión de una parte del cuerpo indecible contra una incomprensible. Gabriel, o lo que quedaba de él, digamos el trozo más grande de consciencia de Gabriel que se podía discernir del caldo de gente, de pronto pensó que no estaba hecho para ir a la guerra.

La lucha para él no sólo consistía en abrirse paso en ese mar de personas sino también mantener una llama en su interior sin apagarse. Nebuloso, Gabriel no podía explicar qué representaba o era esa llama, pero sabía, como se saben las cosas en un sueño, que debía protegerla a toda costa, era lo único que importaba ya.

La desesperación, sin embargo, se había apoderado de él, una desesperación silenciosa que punzaba en las articulaciones, la desesperanza de la espera eterna. El infierno había entrado en él. Recitó todos los nombres que recordaba. Bobby, Hank, Jean, Scott y Warren. Esos nombres le sonaban de algún lado. Anansi. Ese era otro nombre que recordaba. Iría, se suponía, a ver a una Anansi. Entonces quiso imaginarse besándose con Anansi pero no recordaba cómo se veía ninguno de los dos. Estaba perdido y borroso.

Anansi, la chica de las arañas, se veía tan lejana como la entrada se veía lejana si decidiera regresar, como sus ganas de vivir se veían lejanas cada segundo más que pasaba ahí, cada segundo que llegaba sin invitación y con violencia a impartir más silencio.

En algún punto Gabriel se soltó. Se quedó dormido o entró en un trance profundo. Volvió a abrir los ojos: Formaba parte de un mosaico indiscernible, un rompecabezas aleatorio compuesto de piernas con todo tipo de uniformes de trabajo, toda clase de brazos, todos los tonos de piel morena enraizados a tubos, paredes, asientos. En medio de ese depósito de cuerpos respirando acompasados como un solo organismo se escuchó una canción de Juan Gabriel que no duró más de 30 segundos antes de ser reemplazada con otra del mismo autor y después por otra. Y cada que ese loop de los mismos pedazos de 8 o 10 canciones de Juan Gabriel se reiniciaba, los pasajeros consideraban unánimemente que el ciclo había dado una vuelta completa, por lo que para marcarla soltaban un uniforme suspiro de decepción que apenas se escuchaba pero que en su sincronía perfecta todos percibían con todos sus matices. Así pasaban el tiempo.

Ese organismo del que ahora todos formaban parte comenzaba a desesperarse con el audio en perpetua repetición y pronto intentó apagar la bocina sin mucho éxito. Era demasiado abstracto ya para funcionar en el mundo físico, pero sobre todo carecía de dedos. Todo esfuerzo se probó inútil y ese loop infernal de las mismas 8 o 10 canciones seguía. Las partes de ese organismo subterráneo se retorcían de vez en cuando de manera estratégica, buscando encontrar el punto secreto que apagaría esa tortura musical pero sin mucho éxito.

Unos años después de eso, todos o todo estaba convencido de que esas 8 o 10 canciones definían cada una un estadío de la existencia, de su existencia, que sus palabras y sagrada armonía musical tenían encriptadas respuestas importantísimas, explicaciones sencillas para todo. Lo sabían, lo sabían todo. No habían nacido para amar, todo estaba bien hasta que se conocieron, que Juan Gabriel los llevaría a un lugar de ambiente donde todo sería diferente y donde siempre alegremente bailarían toda la noche.

Fue una certeza que tuvieron en sus corazones por algunos años hasta que alguien por accidente presionó en el lugar correcto para apagar la bocina. Tal vez sólo se había quedado sin baterías o el vagonero se había fundido al fin con ella.

Un silencio se había apoderado de todo lo visible y percibible, que era para entonces una sola cosa muy parecida al mar. Y ese silencio, que iba acompañado de una vaga sensación de haberlo perdido todo de golpe, perduró lo indecible. Hace tiempo que había dejado de valer la pena medir el paso del tiempo. A veces su propio ruido por los túneles subterráneos, como una cachetada del mar hacía un montón de rocas, los hacía despertar por un breve momento.

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Stickers Malditos

Mariano me tomó de la mano a mitad del callejón y me empujó contra la pared que era de piedra. Comenzó a acariciarme la entrepierna hasta que mi verga se puso dura, luego la palpó con los dedos por encima del pantalón. Lo besé desesperado y él me correspondió igual de sediento. Estuvimos un rato así pegados y comencé a acariciarle las nalgas por encima del pantalón, redondas y duras. Le pasé las manos por la cabeza y pude sentir el delicado roce de su cabello casi rapado.

Lo había conocido ese mismo día, mi último día de paso en Guanajuato rumbo al norte, pero llevábamos toda la tarde y parte de la noche así, oscilando entre un inocente coqueteo adolescente y esas violentas demostraciones eróticas en público.

Escuchamos que alguien se acercaba y Mariano retiró sus manos de mi verga pero no dejó de besarme. Cuando nos separamos pude ver que era un señor, como cualquier otro señor de la vida, que no pareció ponernos mucha atención. De todas maneras Mariano le sacó la lengua y luego rió una risa de bruja. Los dos estábamos algo borrachos pero él más bien tenía pinta de llevar varios días de corrido de fiesta.

Una media hora antes se había subido a bailar a la barra de un bar y después en nuestra mesa me metió la mano bajo el pantalón. Cuando salimos rumbo a su casa me pidió que le comprara cigarros en una tienda de la que él estaba vetado. «Una vez borracho me robé unas papitas», me explicó. «A todos nos ha pasado, ¿no?», dijo a manera de disculpa. Y a mí no me había pasado pero me reí porque me cayó bien que dijera eso o tal vez fue el tono en el que lo dijo o tal vez me parecía terrible pero de todas maneras se me escapó una risa porque lo que más quería en ese momento era cogérmelo y ya.

El frío de la calle nos envolvía como si nos amara. Nos tambaleamos por un laberinto de callejones empedrados hasta llegar a su edificio igual de viejo que el resto.

Subimos la escalera de la casa de huéspedes en la que vivía y luego de cruzar una puerta de madera viejísima pintada con colores pasteles, entramos a su cuarto que era una especie de templo. Un templo a una infancia perdida, tal vez, con restos de otra era tirados por aquí y por allá. Juguetes viejos y muñecas modificadas, viejas revistas para niños, un poster de un Bob Esponja muy grotesco, ilustraciones sacras vandalizadas y muchas muchas calcomanías.

Mariano tenía una obsesión por los stickers caseros, esos de vinyl que hacen los muchachos y los artistas callejeros y luego pegan por toda la ciudad. Tenía cientos, la mayoría pegados en paredes y muebles pero también en libretas como si fueran álbumes. 

Me miraban de vuelta las paredes perritos sangrando moco negro y ropa interior manchada de rojo, esténciles de James Dean monstruos de bolsillo asesinos seriales, imágenes influenciadas por la psicodelia anime hip-hop horror vida diaria. Un gato vomitando arcoiris.

Cuando volví a ver a Mariano me di cuenta que a pesar de haber recorrido casi todo su cuerpo por encima de la ropa y parte de el por debajo de ella, no lo conocía en lo absoluto. Me pareció hasta alienígena. Me imaginé que llegó de otra era y por eso bailaba tan prendido esa canción de Javiera Mena. Tal vez llegó de otro lado por uno de los kilómetros de túneles de Guanajuato y su colección de stickers retrataba la fascinación por su nuevo hogar.

Traté sin éxito de entenderlo juntando las piezas: Perpetuamente inquieto, pálido, una mirada de profundos ojos rojizos que parecía decir “te quiero comer la verga y que te vengas en mi boca” o bien “me estoy muriendo de frío”. Seguro había venido del lado oscuro de la Luna.

Me pegó un pájaro con bufanda en la chamarra, puso reguetón y fumamos marihuana. Me empezó a menear el culo al ritmo de la música. Para ese punto y con las rimas sucias llenándome la cabeza de ideas yo tenía ya una erección ansiosa, dolorosa de tan intensa, cuya silueta se me adivinaba a través del pantalón.

Duro como roca me le dejé ir, comencé a rozarle la verga por entre sus nalgas por encima de la ropa, mientras nos movíamos como si nuestros cuerpos fueran parte de la canción. Se dio la vuelta y nos besamos, cándidos, con el calor aumentando en medio de esa noche fría. Hice un intento por tocarle la verga pero me detuvo la mano. «No me gusta que me la toquen», me alegó. Saberlo pasivo a tal grado nada más me puso más caliente.

«Híncate», le ordené. No lo tuve que repetir dos veces y ya lo tenía desabrochándome el pantalón con los dientes. Así bajó el cierre, luego lamió mi verga por encima de mi bóxer, la puso entre sus labios y me sentí morir de placer. Por fin bajó mi bóxer y mi verga saltó de su prisión disparada como un resorte. De inmediato la engulló por completo.

Me volvía loco lo que hacía con su lengua, me sentía en el cielo. Le empecé a marcar el ritmo con las manos en la cabeza y sentía de nuevo entre los dedos el delicado roce de su cabello casi rapado.

Me recosté en su cama y él me siguió, avanzando de rodillas, buscando mi verga como si la necesitara, como si fuera un penitente camino a la catedral. Y así, con mi verga reposando en su boca como si fuera su lugar correcto en el universo, encendí un cigarro, me seguí sirviendo mezcal y me sentí en la cima del mundo.

Entonces sentí amor. O algo muy parecido al amor. Amor por él y amor por la vida, y una infinita sensación casi metafísica de gratitud por estar en ese lugar en ese momento, por las decisiones que tomé para llegar ahí. Me sentí en la cima de las posibilidades de la vida. ¿Qué más se puede pedir que un romance completo que nace y llega a su clímax en apenas medio día? Me sentí brillar supernova.

Llegó el éxtasis, llegó de nuevo la brisa fresca de la noche, llegó el tenue resplandor, y con ello el final.

Estuvimos platicando desnudos por un buen rato hasta que Mariano se quedó dormido. Me levanté a buscar mi ropa por el piso del cuarto para regresar a mi cuarto de hotel y probablemente no volver a verlo nunca jamás. La historia llegaba a su fin. La supernova había hecho explosión y ahora todo se enfriaba, moría. El pájaro con bufanda que me había pegado en la chamarra me miraba lacónico con sus ojos de punto mientras me dirigía hacia la puerta.

Entonces algo sucedió o yo hice que algo sucediera. Apagué la luz y voltee a darle un último vistazo a la habitación, y sentí algo de verlo así, desnudo, dormido en un cuarto que parecía flotar a la entrada de un túnel, ebrio de vida. Me pareció como indefenso. Por un momento me pareció entenderlo. Su adoración a símbolos de inocencia, su iconoclastia, su colección obsesiva de imágenes que marcaron su juventud como si con ellas fuera a encontrar el camino de regreso a su inocencia, pero también  la pasión que emana y canaliza como si existiera en simbiosis con alguna fuerza de la naturaleza.

Verlo desnudo me provocaba querer quedarme en Guanajuato y cuidarlo. ¿Pero cuidarlo de qué? Eso me escapaba. Cuidarlo del mundo y de sí mismo, cuidarle el camino, cuidarle los puntos y las comas, comprarle cigarros en las tiendas a las que no podía entrar.

Una última vez le pasé las manos por la cabeza y pude sentir entre mis dedos el delicado roce de su cabello casi rapado, vi a Mariano iluminado por la cálida luz de la calle, que se reflejaba en las paredes de piedra y que nos llegaba tenue, casi humeante y etérea. Dudé.

Había sentido toda su pasión vertida en mí como una plegaria en busca de respuesta. Me había pedido que me quedara, que no me fuera a Monterrey. Y había dado todo de sí por volver inolvidable esa tarde condenada a desvanecerse.

No podía darle amor afuera de esa burbuja. Una vez que amaneciera el amor y yo nos habríamos desvanecido. Pero lo que sentía era sincero y lo mejor que podía hacer era quedarme esa noche, a cuidarle al menos el sueño. Así que me volví a desvestir, me metí a su cama y abracé a Mariano con fuerza, con amor sincero. Y así fui cayendo dormido, arrullados ambos por el eco de los coches atravesando el túnel bajo su ventana.

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La Asfixia Estética

para Daniel Vargas

Daniel mantenía un blog de Tumblr llamado algo así como La Asfixia Estética en donde subía fotos de santuarios romanos en ruinas, pin-ups en colores neón y gatos jugando a la ouija. Ese blog era el orgullo de sus ojos. Tenía un diseño editado por él mismo y un playlist ya sea de shoegaze o de ambient según la fase lunar en la que entraras al sitio. Su blog de imágenes era su dominio y Daniel era algo así como una especie de autoridad. Peregrinaban a su pequeño rincón en Internet cientos de miles de visitantes de todas partes del mundo. Lo seguían muchachos con blogs de cyberpunk japonés, galerías con la más pálida estética adolescente norteamericana y hasta muchachos rusos mamados con blogs de ropa deportiva. La Asfixia Estética era su fortaleza de la soledad, su torre de cristal, su magnum opus y su orgullo.

Cada tarde salía de la escuela en donde estudiaba alguna u otra cosa, algo poco importante, algo que ni a él mismo le interesaba mencionar. Y cada día se derretía en el siguiente mientras pedaleaba en una bicicleta que era lo más cercano a un amigo en la vida real que tenía a los ¿17? ¿21? Se metía por entre los coches del centro y les salía al paso, y cuando lo hacía se imaginaba que era un delfín desapareciendo debajo del mar para volver a emerger de un salto rompiendo en cristales la superficie marina. Y se hacía de tarde y después de noche en lo que Daniel pedaleaba por los serpenteantes caminos empinados que lo llevarían a casa.

Y desde arriba, en una de las colinas que dominaban la vista de la ciudad, podía ver las luces del centro como un campo de estrellas que reflejaban al cielo nocturno, o como un gigantesco cementerio de luciérnagas. Le daba un último vistazo a la ciudad en una botella antes de entrar y aventar su ropa por el piso de su habitación hasta llegar a una computadora de escritorio vieja en una esquina del cuarto. Ahí empezaba realmente su día.

Prendía un churro, ponía una playlist del más oscuro hip-hop y cazaba imágenes en su inmenso timeline, husmeaba en archivos de sus blogs favoritos en busca de rarezas olvidadas y hacía muchas pausas frente a cada imagen. Largas pausas. Daniel contemplaba. Ante él se extendían un millón de ventanas para mirar al mundo e intentar comprenderlo todo desde esa compu con un vejestorio de monitor.

Sus aspiraciones eran llegar a los cabalísticos 13 mil seguidores, terrarios geométricos con plantas y cristales adentro, una marca de ropa por Internet.

En consecuencia de sus hábitos de consumo en Internet había desarrollado una insatisfacción crónica que lo obligaba a comparar cada aspecto de su vida con lo que veía hasta entrada la madrugada. Eso lo hacía moverse por la vida en un estado letárgico, melancólico porque la vida nunca sería como en las fotografías.

Daniel se sentía, más que otra cosa, hastiado, cuando lloraba en medio de la luz rojiza de su habitación y en sus lágrimas se reflejaba la luz de la pantalla, y los gemidos de su respiración entrecortada por el llanto se perdían entre la estática rítmica del disco de ambient que acababa de descubrir y que hace unas horas le había producido lo más cercano a la alegría que podía permitirse sentir.

Una noche a las 4 am, durante un momento de claridad súbita, pudo contemplarse a sí mismo. Se le ocurrió entonces que, vista desde cierta perspectiva, su asfixia era tan pero tan estética.

las 4 am ya no es la hora de llorar, es la hora de aceptarse

— julien donkey boy (@varjajaj) 30 de marzo de 2017

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