Cómo perrear

En medio de la zona triangulada entre la colonia Doctores, La Merced y el primer cuadro del Centro Histórico se encuentra el club nocturno conocido como La Piedra Negra. Si bien es una zona con numerosos locales de entretenimiento de corte popular a los que cada fin de semana acuden millares de jóvenes de las colonias aledañas, también es cierto que muy frecuentemente se dan cita habitantes de los sectores más adinerados de la ciudad en busca de lo que ellos consideran emociones exóticas.

El renombre de la zona le ha ganado el apodo del “Triángulo del Reguetón” en medios de comunicación en Internet en donde la edad promedio de la plantilla editorial no supera los 25 años.

Su creciente carácter de ciudad sagrada atrae año con año a millones de muchachos de todos los estratos sociales en un fenómeno bastante parecido a la migración de las aves. En reportes periodísticos la decisión de acudir es descrita por los jóvenes como algo parecido a una revelación que aparece en sueños en algún punto de entre los 16 y los 24 años.

En una llanura a la mitad de ese territorio se encuentra el local ocupado por La Piedra Negra, un lúgubre antro que uno jamás encontraría de no saber con exactitud lo que está buscando. La entrada se encuentra bien camuflajeada con su entorno disfrazada como la fachada de una vecindad antigua con tanques de gas en la entrada y triciclos abandonados estratégicamente para dar la impresión de que existe vida. Y vaya que existe vida. Adentro el lugar de aspecto cavernoso se extiende indefinidamente hacia las profundidades de la Tierra con paredes rocosas y tubos de metal de color rojo que sirven de agarre para que incontables parejas de muchachos puedan así mover con más violencia las caderas al perrear. Fue en ese lugar donde ocurrió El Suceso.

“Mira ese güey de ahí es El Suceso”, me dijo Ahmed mientras me entregaba una cerveza y señalaba a un muchacho de chamarra de entre la multitud. No tardé mucho en darme cuenta porqué le decían así. Era un muchacho de cara afilada y pómulos marcados que se movía con la salvajidad de un animal ancestral. Iba tan bien vestido incluso. Mientras bailaba, celestial, parecía enmarcado por un grupo de morros como de su edad, igual o más guapos que él, todos con la misma mirada bovina y apostólica.

Pero nadie se movía como él. Levantaba un pie y cuando lo volvía a colocar en el piso parecía que la gravedad colapsaba alrededor de sus tenis que más bien parecían una perfecta armadura de tela. En la fluidez de la chamarra en la que había enfundado su delgada piel morena pude ver, por un momento, el ritmo del infinito. Verlo bailar era un espectáculo brutal como brutales son los depredadores en la naturaleza.

En La Piedra Negra sólo vendían una clase de cerveza a la que los baristas llamaban Lágrimas de Ángel. La etiqueta mostraba complicados patrones de lo que parecía ser hierba y letras en caracteres arábicos que resultaban tan inquietantes como incomprensibles. Donde debía estar el nivel de alcohol había en cambio un signo arcano seguido de un “%”.

El lugar centelleaba en luces verdes. El reguetón retumbaba en el alma y pronto comencé a sentir cómo el ritmo natural de mi propia existencia se alineaba con el de la música. Alrededor de mí latigueaba un mar de cinturas morenas en donde solo alcanzaba a distinguir flashazos de cortes militares de cabello, cadenas, tobillos enfundados en tenis gigantes, piel morena, perlas de sudor, entrepiernas, como patrones intercambiables en un mosaico o como piezas desordenadas de un rompecabezas.

Me puse a bailar lo mejor que pude. A bailar para Ahmed lo mejor que podía, a sabiendas de no estar en mi elemento. A mi alrededor la fiesta parecía palpitar como algo vivo. El calor humano me envolvía con la paz del océano.

Tuve que salir a tomar aire entre los tanques de gas del patio de la vecindad. Mientras respiraba un cigarro bajo el cielo contaminado de la ciudad sentí un escalofrío que me recorrió despacio la espalda como una tira de arañas heladas. Luego escuché una voz dulce.

“Tú eres cómo yo y yo soy como tú”, dijo. Era El Suceso y mientras lo dijo se deslizaba en vertical sin quitarme la vista de encima. Me recordó a una serpiente acechando a su presa. “Ni tú ni yo somos de aquí”, insistió. Estaba sonriendo una sonrisa satisfecha y con los dientes apenas pero lo suficientemente chuecos para tener un encanto propio. Por un segundo me pareció ver una llamarada oscura en su ojo.

No supe qué contestarle. Fue como una metralleta de impresiones aún antes de darme cuenta que se estaba dirigiendo a mí. Para cuando por fin entendí que intentaba sacarme conversación acerca de Algo ya se había ido. Seguramente me veía como si fuera autista, ahí parado sin responder, ensimismado en mis pensamientos mientras me hablaba. No pude comprender El Suceso pero me dejó profundamente marcado.

Perdedor en una batalla que apenas pude notar que se libraba, volví al local. 

El Suceso bailaba con la energía de un demonio encocainado. Su pélvis (todo él) se movía con la urgencia de un colibrí. El Suceso sonreía esa sonrisa con dientes ligeramente chuecos mientras se contoneaba y disparaba la entrepierna sugestivamente como si fuera a taladrar al Cielo.

A su alrededor el aire parecía viciarse por el calor. En un arrebato de éxtasis se quitó la chamarra con la misma facilidad con la que alguien se deshace de una colilla de cigarro. Sus brazos torneados quedaron expuestos a las luces intermitentes y su silueta parecíó grabada en el aire. Sus enormes cadenas de plata lanzaban destellos fugaces mientras se deslizaban de arriba a abajo, fluyendo al ritmo de sus brazos morenos.

No pude evitar tener una erección, dolorosa de tan intensa.

Pronto se quitó la playera y su cuerpo latigueaba como latiguean las llamas en un incendio. El Suceso sacaba la lengua y la hacía ondular demente. El ligero filme de sudor que le cubría la piel dejaba una estela de luz y sudor luego de cada movimiento. En algún momento comenzó a salirle humo de la piel. La llamarada negra en su ojo ahora parecía un incendio.

Entonces comenzó a brillar. Al principio no supe si era mi imaginación o un juego de luces pero pronto se volvió evidente el hecho de que un halo mercurial cada vez más intenso parecía emanar de él. Radiaba y crecía un poco más, de una manera apenas perceptible, con cada nuevo paso que daba. El Suceso se retorcía en medio del aire, extasiado, bailando, pasando las manos por encima de su piel morena y abrasiva.

Voltee a sondear los rostros y me di cuenta que absolutamente cada rostro febril en La Piedra Negra estaba volteando a ver al muchacho. Con cada nuevo movimiento de cadera la realidad parecía ceder ante sí misma, la intensidad de la luz era tanta que tuve que cubrir mis ojos y lo último que vi fue una sonrisa con dientes ligeramente chuecos siendo devorada por una tormenta ígnea.

Sentí el soplo. Sentí la brisa fresca de la noche. A lo lejos vi cómo un tenue  se extinguía.

Los oídos me zumbaban y sentía la cabeza como si me hubieran apagado un cigarro en el cerebro. No entendía lo que estaba pasando. Había humo. Humo y gritos y oscuridad. Y luego más oscuridad.

Cuando desperté Ahmed estaba encima de mí y me miraba. Tenía la cabeza vendada y la cara manchada de sangre. Recuerdo haber pensado que la sangre en realidad parecía acuarela color rojo y que se difuminaba perfectamente con sus mejillas morenas que de todas formas siempre estaban rosas. Con su brazo de estatua me ayudó a levantarme.

El lugar estaba destruido y olía a gas. Le faltaba un pedazo a la tierra, un pedazo que formaba perfectamente la figura de un cubo. En esa área había desaparecido absolutamente todo como si hubiera sido removido de tajo de la realidad. En los alrededores sólo quedaba concreto, tierra, esqueletos metálicos y una lámpara verde todavía encendida colgando de una viga.

“Te saqué antes de que explotara”, me explicó Ahmed. “ El Suceso, el morro ese”, agregó ante mi confusión. Y yo nada más lo veía y pensaba en patrones de Rorschach color rojo en su rostro.
“Todos estaban como hipnotizados pero luego el muchacho ese empezó a brillar y ahí si ya se me hizo muy raro. Y pues te saqué. No te querías salir. Te me pusiste bien pendejo.” “Perdón, pues. Ni me acuerdo”.
“No pasa nada. Pero ya deberíamos movernos de aquí”.
“Arre”

Y nos levantamos y caminamos rumbo al metro, que a esa hora todavía estaría cerrado pero caminamos de todas maneras. Al llegar a Eje Central nos recibió el fresco nocturno del DF como un animal gigantesco e incomprensible lamiéndonos el rostro. Compartimos un silencio preñado de complicidad en medio de esa ciudad completamente solitaria, desolada, abandonada.

“¿Y a ti por qué no te hipnotizó el muchacho?”, le pregunté a Ahmed en algún momento.
“Digamos que a mí no me impresionan mucho estas cosas”.

Luego de algo así como media hora parados en medio del frío ya nos habíamos cansado de robarnos besos y agarrones en medio de la oscuridad sin que pasara ningún taxi o ningún automóvil o ningún otro ser humano.

Por fin pasó uno de esos taxis rosas, rompiendo el velo del silencio nocturno con sus llantas atravesando el asfalto. Le hicimos señas y se detuvo.

El conductor era un hombre de bigote y cuando le dijimos que se dirigiera hacia el sur le dio indicaciones de voz a su teléfono celular. Dijo algo así como “Mi amor, ¿nos puedes decir cómo llegar al sur?” y su celular le contestó con voz de mujer: “En 300 metros gira a la derecha”.