Esos chilangos de los que me advirtió mi madre

30 de junio 2015

Llevábamos 15 minutos afuera del local esperando que nos entregaran tu jugo cuando suspiraste un “¡Cáaaamaraaaa!”. Soltaste tu “cámara” como quien deja ir algo y queda un poco más liviano. Todavía me acuerdo claro de tu tono de niño haciendo berrinche. Fue el cámara más bonito que he escuchado en la vida, tu acento una canción de amor desde Iztapalapa. De todas las cosas que me persiguen, probablemente tu cámara sea la más ridícula. 

Ese día cargaba conmigo una noche sin dormir y como tres días sin bañarme. Mi rutina era clases durante las mañanas, un empleo por las tardes y trabajos finales en las madrugadas. Ese día te acompañé al banco y me quedé dormido en los sillones de espera, con el cabello grasoso cayéndome sobre el rostro. Yo siempre he sido un perro y a ti nunca te ha importado. Contigo me siento como un burro que tocó una sinfonía completa con la flauta. Por eso cargo tu acento de barrio como un amuleto al cuello.