Esto no tiene nada que ver con la moral

17 de febrero, 2018
(fragmento de diario)

Esto no tiene nada que ver con la moral, pero

Hace algunos sábados fui a comprar comida para las gatas y de regreso me escribieron más o menos al mismo tiempo en Grindr dos vatos para que llegara a coger a sus respectivas casas. Uno era moreno con una foto medio borrosa de él y el otro un blanquito con bóxers apretados. Tenía que tomar una decisión y me pregunté seriamente cuál sería la opción correcta.

Me decidí por el blanquito porque tenía de nick Wallflower y unos dos fines de semanas antes había visto en el autobús The Perks of Being a Wallflower y por supuesto que lo tomé como una señal. Me encaminé a su casa en una rutina que parece se va haciendo recurrente en mi vida: Llegar a un edificio, dar mi nombre con el guardia de la entrada y decir el número del departamento al que voy. Luego sortear laberintos ajenos de casas.

Ese día llegué y toqué la puerta, y él me estaba esperando del otro lado, creo, porque abrió rápido. Era un muchacho blanco, barbón, de lentes y, a diferencia del tipo ligeramente marcado que se veía en sus fotos en Grindr, estaba bastante normal.  Se veía como se ven las personas cuando hacen mucho ejercicio y luego lo abandonan por completo. Me sentí ofendido más por el catfish que por su cuerpo, pero ya estaba ahí, ¿no? Está bien, supongo.

Me miró como calándome, midiéndome, luego (quise creer) con aprobación. Me preguntó que de dónde venía y le dije que de la veterinaria. ¿Trabajas ahí?, preguntó, y me quise reír un chingo en su cara y preguntarle que si lo decía porque soy moreno pero no lo hice.

Fajamos un rato en su sala rodeados de juguetes de niña, sin ninguna explicación pedida o dada al respecto. Así estuvimos parados un rato entre cajas y castillos cuando empezó una pequeña lucha porque ninguno de los dos quería voltearse. Yo había llegado ahí con una intención bastante específica pero mi hook up no se comportaba según lo esperado. Y yo tampoco, al parecer.

Era una batalla perdida y, por contrariar mis expectativas, el faje me pareció una experiencia insatisfactoria.  No estuvo del todo mal, sinceramente, pero esperaba otra cosa o por lo menos algo mejor dadas todas las molestias que me tomé de desviar mi camino, hacer el oso enfrente de un guardia, la decepción de que no se veía como en la foto y el esfuerzo no pensar en los potenciales tintes clasistas detrás de que un blanquito de la Narvarte me haya preguntado a mí, el flaco moreno, que si vengo cargando un costal de comida por culpa del trabajo. Tal vez sólo preguntó por cortesía, me dije mientras él se venía tal vez demasiado rápido.

No recuerdo si yo me vine, pero seguro no. Recuerdo que miré por la ventana y unos techos más adelante había un trabajador que se veía completamente ajeno, como si su vida transcurriera en un planeta diferente al nuestro. Regresé a casa caminando, cansado bajo el sol de mediodía y cargando 10 kilos de comida para gato en la mochila. En medio del desierto terrible que era el asfalto a esa hora pensé que había tomado la decisión equivocada, que debí haber cogido con el otro man de Grindr, el moreno aunque se viera borroso. Que seguro por lo menos sí era el de la foto. Que de todas maneras The Perks of Being a Wallflower no era la gran cosa y que, aunque hubiéramos luchado en su sala también, seguro hubiera sido más divertido el asunto. Todo eso pensé mientras calificaba todo el asunto como una decisión equivocada. Como si hubiera elegido la catafixia mala con Chabelo y ahora fuera el cuate de provincia más desolado de todo el Distrito Federal.

Y esto no tiene nada que ver con la moral, pero hace rato caí en cuenta (acostado en el piso, nada menos) que en realidad la decisión correcta hubiera sido regresar a casa y no dejarme llevar por los impulsos de mi ansiedad disfrazada otra vez de lujuria.

Como si siempre hubiera una puerta atrás de uno que puede ser usada para escapar, aunque uno no la vea.