Gimnasia Olímpica

Fue el año que me puse brackets porque no sabía qué hacer con mi vida. Tenía 22 años y juraba que podía sentir cómo la gravedad del mundo iba acabando lentamente conmigo. A la todo-consumidora entropía acabándome a pellizcos y aniquilándome un-día-idéntico-al-anterior a la vez. Fue el año que me enganché con las series de televisión.

Nunca había visto tanta televisión en mi vida y nunca había fumado tanta marihuana como entonces. Se iban en cámara rápida temporada tras temporada de The Office, Game of Thrones, Arrested Development, Los Simpsons y las páginas de Akira mientras comía pollo frito y los restos se me quedaban atorados entre el metal de los dientes. Me condené a mi mismo a una vida ordinaria en una especie de suicidio social o un hikikomori ridículo. Lo más cercano a contacto humano que tenía era jugar con mi gata. Así estaba cuando conocí a Hernán.

Se me había ocurrido que lo más saludable sería hacer las paces con la idea de que envejecer es inevitable y que todos moriremos algún día en esta piedra desoladora flotando en el absurdo vacío del espacio o algo así. Luego, en un increíble salto olímpico de lógica, llegué a la conclusión de que la mejor forma de hacer las paces con esa idea sería saliendo con alguien mayor. Ya saben, un hombre de verdad, un adulto serio, un humano que ya de tan vivido sabía qué pedo. Y ese alguien era un vato mamado de 29 años llamado Hernán que conocí en Grindr.

Hernán era un sueño con el cabello engelado, la quijada cuadrada y siempre en pants deportivos en los que se delineaba el contorno de su verga. Por encima de todo, parecía exactamente lo que necesitaba en ese momento, casi como si hubiera salido de una fantasía escapista adolescente.

Hernán tenía su propia empresa.
Hernán practicaba gimnasia y tenía los tríceps para probarlo.
El proyecto de tesis de Hernán era una grúa portatil con estabilizador para cámaras de video.

Si lo hubiera conocido en secundaria seguro hubiera escrito su nombre un millón de veces al final de mis libretas. De alguna forma eso estoy haciendo ahora.

Hernán me parecía un hombre no sólo maduro sino hasta exitoso. Probablemente, lo que más admiraba de él era su independencia. Si yo era mi propio perro (o al menos eso decía mi perfil de Grindr), entonces él era su propio templo.

A sus 29 años era el dueño de una tienda en línea de productos naturistas y para ganar dinero lo único que debía hacer era recibir paquetes, meterlos en cajas con publicidad de la tienda y volverlos a enviar. La empresa de paquetería pasaba a recoger la mercancía a su casa, así que ni siquiera tenía que poner un pie afuera de su departamento.

Tanto como sus tríceps, su pecho hinchado y su espalda de Atlas, me deslumbraba su libertad. Libre como Lucifer. Envuelto en humo de marihuana, vistiendo nada más que pants, un animal de físico espectacular revolcándose en su libertad, atascándose en ella. Estaba hechizado.

Estaba hechizado, Hernán lo sabía y flexionaba sus bíceps frente a mí, flexionaba su libertad frente a mí, flexionaba el reflejo sobreidealizado de mis propias expectativas para la vida frente a mí.

Por supuesto que para mí era como caminar por entre la bruma de un sueño. De por sí era algo deslumbrante, en mi estado de catatonia frente a la vida me pareció hasta solar. Yo llevaba meses sin ligar, mitad por mi paralizante miedo social y mitad porque según yo nadie iba querer a un muchacho flaco con brackets.

Esa era mi última gran oportunidad para alcanzar la madurez, la iluminación espiritual y, con suerte, el amor. O por lo menos lo sería hasta que me quitara los brackets.

Cada que lo penetraba él abría las piernas como un contorsionista imposible. Medalla de oro en lucirse al coger. Así, fumada tras fumada y cogida tras cogida, entramos sin darnos cuenta en una especie de relación o algo así.

Ahí estaba: Todo lo que siempre soñaste. O por lo menos todo lo que soñaste como por las últimas dos semanas. Esa era la relación con un adulto de verdad que querías. Sí, señor. ¿Y bien? Pues no estaba sucediendo nada. Me sentí como estafado por una bruja. Como desnudo y embarrado de sangre de gallo negro bajo la luna llena de otoño esperando inútilmente que algo sucediera mientras el frío me iba ruñendo las costillas.

Ya andaba con mi adulto de verdad, pero no me sentía nada como si me estuviera convirtiendo en uno. Como decía el enano de Juego de Tronos, pronto la miel se nos convirtió en ceniza en la boca.

«Miren, este es Ayax», me presentó tal y como dicta la tradición occidental, pero luego aclaró: «Es un adqui».
«¿Perdón?». Bueno, ese perdón no lo dije, pero lo debí haber dicho. Seguramente lo pensé. Tal vez sólo sondee el vacío buscando una cámara a la que mirar con complicidad como en The Office.

«Un adqui», me relamí las palabras en la boca y cada que lo hacía me sabían más amargas. Nunca había escuchado la expresión, pero “un adqui” tenía algo que no me gustaba nada. El comentario me rechinó en la cabeza por días mientras le buscaba una posible explicación. Al final tuve que aceptarlo: Una adquisición. Una forma de decir un liguecito, una nalguita, una pielecita.

Un adqui indicaba pertenencia, blanco tenía que ser el muchacho. Me emputaba cada que me acordaba de eso, sobre todo cuando se me había vendido la idea de una relación.

Se corrió el velo del sueño. La furia me hizo mirar la verdad y la verdad era repugnante como repugnantes eran los videos que grababa de sus estudiantes de gimnasia. Todos ellos en edad universitaria, va, pero grabados bajo el supuesto tácito alumno-profesor de que esos videos jamás serían usados para lo que los usaba Hernán: para masturbarse.

De haber sabido, esos muchachos de como 18-19 años  de edad probablemente no hubieran sonreído tan despreocupadamente como lo hacían en el video.

Así de emputado recordé la primera vez que me vi con Hernán. Quedamos de vernos en una esquina cerca de su casa y mientras caminábamos para encontrarnos los dos nos mirábamos y sonreíamos como si nos hubiéramos sacado la lotería. Luego fuimos a un Oxxo a comprar condones. En ese momento no me pareció extraño, pero en perspectiva fue bastante patán eso de pedir los condones alzando la voz y con su mano sobre mi hombro. Algo tétrico incluso. Todavía recuerdo al cajero, un morro moreno, y su expresión incómoda, tal vez un reflejo de la mía. Ahí estaba mi adulto de verdad presumiéndome como si fuera yo un trofeo moreno de 1.75 y cincuentaypocos kilos.

No había marcha atrás. La maquinaria del odio y la verdad habían tomado su rumbo: Su tesis, ese artefacto misterioso a medio armar al centro de la sala, llevaba igual desde la primera vez que lo vi. Nunca lo había visto afuera de su casa. Siempre llevaba pants.

A pesar de tener la vida más o menos resuleta, Hernán no hacía otra cosa que fumar marihuana, hacer ejercicio y jugar videojuegos de Naruto en calzones sentado en el piso alfombrado de su departamento en Coyoacán.

Un día me preguntó si estaba cogiendo con otras personas y me puse bien loquito por todo ese asunto del “adqui”. Le dije que no. «Qué bueno, porque a mí me gusta coger con una sola persona y que cojan nada más conmigo».

Me empezó a enfadar su gimnasia mientras cogíamos. Hernán se retorcía de formas innecesarias, se contorsionaba y más que prenderme la escena me recordaba a un artista de circo. «Esto que estoy haciendo no lo hace cualquiera», me decía mientras realizaba una complicada posición de yoga con mi verga adentro suyo.

La última vez que lo vi discutimos porque yo no quise coger. «Hay que seguir fajando, no tengo ganas de coger», le dije. Hernán detuvo la mamada y dijo «Pues entonces yo no tengo ganas de chupar vergas, así como tú no tienes ganas de coger» y se levantó. Fue entonces cuando lo decidí.

No tenía por qué aceptar berrinches de un mariguano mamón, sin sueños y sin futuro. Si iba a envejecer y morir lo haría con gracia, no aferrado a repetir para toda la vida las mismas pendejadas que me hacían reír a los 20 años. Podía no entender muchas cosas sobre la vida y tener un miedo paralizante al futuro y al mundo, pero en ese momento de claridad supe que debía salir corriendo en la dirección contraria. Correr en pánico y no detenerme hasta que el cansancio y la adrenalina me hicieran perder el miedo, tal vez.

La noche de mi cumpleaños 23 mi gata salió y jamás volvió. Me drogué tanto que dejé de disfrutar la fiesta, todo me parecía absurdo, como si la vida fuera solamente seguir sin ganas los pasos de una coreografía. La sensación de que era inevitable envejecer y morir era más fuerte que nunca.

Y me miraba al espejo y de vuelta no me miraba ningún muchacho capaz de competir en gimnasia como lo hacía Hernán. En cambio me miraba de vuelta un flaco ojeroso cuya incipiente musculatura se apreciaba más bien correosa, sin mencionar el metal en la boca cada que sonreía. Medalla de oro en, a pesar de todo, sentirse bien con uno mismo, en la categoría de cinco minutos.