Humo

30 de agosto 2019

Te vi salir de entre el humo corriendo, como si el humo te hubiera escupido en la existencia. Atrás de ti el fuego de los cohetes dando latigazos al aire. ”Corre corre corre corre” me dices todo sudado y me agarras del brazo al pasar. La ciudad es enorme, confusa y fosforescente. No la conozco, no es mi ciudad. Me habré caído acá en un sueño. Tal vez estoy dormido en mi cuarto y tengo 15 años. Tal vez soñé todo. Soñé que me escapé de la casa y te conocí en la Ciudad de México. Que es una ciudad legendaria en donde las luces de las azoteas resplandecen como joyas. Una ciudad espacial y del futuro con trozos del pasado abollados por aquí y por allá. Una ciudad diferente con personas diferentes como tú. Personas que a los 17 se tatuaron una A de anarquía en la muñeca como para no olvidar algo. Personas bisexuales que entraron a estudiar matemáticas puras y música y que luego se hartaron de absolutamente cualquier cosa y decidieron ir a huelga. Personas como tú y como yo, no muy listas, con los ojos llorosos y el estómago suelto por culpa del gas pimienta, corriendo de la vaga amenaza de la policía, que seguramente está unas cuadras atrás pisoteando a un muchacho mientras una desconocida lo protege con su cuerpo. Porque esta es una ciudad de México y esas son las cosas que pasan, está escrito en las letras pequeñas de existir en México. Y ya que estamos lo suficientemente lejos, digamos por el Monumento a la Revolución, y que apenas empieza a llover, nos besamos por primera vez esa tarde. Yo te beso para ser exactos. Me pongo de puntas y te agarro la cabeza por atrás con las manos delicadamente como si fuera un pájaro o algo frágil porque exactamente lo que tenemos es algo muy frágil. Entonces tus labios carnosos y el tacto de tu cabello y la brisa con lluvia, el viento sobre mi cabello y yo todavía de puntitas y tú como agarrándome. Cuando nos soltamos (o cuando yo te suelto para ser exactos, eso también hay que decirlo) me siento como en una postal. Como esa foto del marinero y la enfermera, pero sin el acoso. No sé si para esto vine. Para ser este vato estúpido y enojado y cursi y lo suficientemente desesperado como para meterme a una nube de gas lacrimógeno a buscarte y luego sacarte como un perro rescatista en un incendio. Para vivir como el personaje chaqueto de un escritor chaqueto. Tal vez ahí quedamos entre el humo porque no recuerdo haberme sentido así de vivo desde entonces.