MISTERIOS INEXPLICABLES

una historia 100% real sobre muchachos en ácidos que sucedió en 2014

Lo que quiero decir es que recuerdo perfecto que le hice prometer a Eduardo que no me dejaría solo después de la fiesta. Teníamos un trato. Nos meteríamos un ácido e iríamos a una fiesta. Cuando no aguantáramos más, regresaríamos a mi casa. Evidentemente yo tenía intenciones de fajármelo porque fajarte con alguien es de las mejores cosas que puedes hacer en ajo. 
No solo lo digo yo, también lo dice Fernando Benitez en uno de sus libros sobre drogas. La verdad es que no tengo muy en claro quién es Fernando Benitez pero en mi escuela había un auditorio con su nombre, lo que equivale a decir que la Universidad Nacional también cree que una de las mejores experiencias en la vida es coger en ácidos. El respaldo académico es innegable.

Así que ahí estamos bailando a media luz en casa de Carolina. El resto de la gente, se nota de cien maneras, son en su mayoría estudiantes de arte. Probablemente no seamos los únicos ni los más drogados. Así pasan un par de horas hasta que me empieza a dar calor y me quito la camisa de cuadros azules para quedarme en camisa interior. Eduardo chifla y me mira con una clase de mirada que no puedo describir pero sé perfectamente bien qué significa y significa vámonos de aquí.

Afuera hace un frío que cala en los huesos, dejo de sentir los dedos de los pies y me vuelvo a enfundar en mi camisa pero no es suficiente. Caminamos por alrededor de una hora que se siente como mil hasta llegar a una avenida grande cerca de mi casa. Se detiene y no se me ocurre preguntarle por qué lo hace. Me quedo anonadado viendo las luces de los carros como serpientes luminosas atravesando la oscuridad a toda velocidad. De noche la luz del mundo. Entonces Eduardo me dice que tiene que irse.

Se apagan las luces.

Por supuesto me quedo indignadísimo. Pinche naco, suelto al aire aunque no venga al caso. Hiciste una promesa. Me vas a dejar así de drogado en la calle a mitad de la noche. Pues sí. Pues vete a la verga entonces.

Luego de media hora de caminar fascinado y aterrado al mismo tiempo, es decir, completamente lleno de vida y propósito, llego a mi casa.

En mi casa hay otra fiesta oficiada por mi roomie. Como en todas sus fiestas, son puros muchachos trágicamente heterosexuales. Yo me siento en un sillón de la sala a hacer un berrinche privado. Me duelen los pies y me siento como un perro al que lo abandonó su dueño. Un perro excesivamente drogado a mitad de la carretera.

Su música está horrible y se enmarca en un lamentable contexto dado a llamarse «rock latinoamericano» o «rock en tu idioma». Cultura heterosexual. A mi roomie se le ocurre la desafortunada idea poner «el vaquero rockanrolero» de Charlie Montana en honor a mi llegada lo cual solo consigue ponerme de peor humor. Sal a la herida.

Se me acerca un muchacho inexplicablemente vestido con un uniforme del Real Madrid. Shorts y camiseta blanca, calcetas cubriéndole las pantorrillas y unos tachones. Me pregunta que si no me gusta la canción. Le digo que no. Me pregunta que si no doy el jacintazo o el piporrazo. Volteo a verle las piernas y luego la cara. Está lindo. Le digo que sí, que a veces. Lo invito a salir por cigarros o con cualquier excusa. El chiste es salir de esta atmósfera agobiante. Siento como me erosiono cada minuto que paso en esa fiesta terrible.

De regreso y ya con cigarros nos detenemos en un parque. Seguramente me dijo su nombre pero no me acuerdo. Estaba borracho. Me cuelgo de un pasamanos a levantarme tres o diez veces. Me dice que cuántas abdominales puedo hacer y me enseña cómo se hacen. Le digo que unas retas. Me quedo en las quince y él, borracho y todo, llega a más de veinte. Le digo que si tiene cuadritos. Se levanta su playera y me muestra. Luego me dice que a ver yo. Esto se está tornando muy predecible. Y hago lo mismo. Miro su cara mirarme. Se ve algo perdido, como si el corazón le hubiera saltado un latido. Después dice algo ridículo, algo como te ves flaco pero estás fuertecito. Le digo que si lo cargo. Me dice que sí y se trepa en mi espalda. Me llega una imagen vívida de una clase de educación física en la secundaria, también en shorts. De pronto siento su erección golpeando mi espalda y no puedo evitar soltar una risa.

Debajo la tierra comienza a moverse y pierdo el equilibrio. El suelo parece estar vivo y me jala hacia él. No siento el golpe pero sí una carcajada subirme por dentro y escapar en un estallido.

Me pregunto cómo se verán mis pupilas en este momento. ¿Cómo se ven mis pupilas? Alabestia estás drogadísimo. Así lo es, amigo, y tu borrachísimo.

Siento unas ganas incontrolables de bailar. Lo arrastro de nuevo a la fiesta y cambio la música radicalmente. Sonidos electrónicos y psicodélicos para comer aquí por favor. En esta fiesta somos las únicas dos personas bailando. Se nota que no lo hace muy seguido. Me dice a ver cómo y le enseño cómo.

Me acerca la cara sugestivamente cada número indeterminado de pasos. Va agarrando el ritmo. Me siento flotar.

Flowers are the things we know

Secrets are the things we grow

Learn from us very much

Look at us but do not touch

Estamos cada vez bailando más pegados.

Entonces aparece en escena un muchacho de aspecto hosco. No sé si está feo o si lo recuerdo feo. Le dice al oído algo que no alcanzo a escuchar. Evidentemente le causa molestia a Real Madrid. Que niega con la mano y con la cabeza. Luego sigue bailando pero distinto hasta que de pronto deja de bailar. Deja de ser lo mismo y se va.

Real Madrid regresa a platicar con sus amigos o quienes sean esas personas. Ya me había hecho a la idea de terminar de coronar la noche con sus piernas encima de mis hombros. Fernando Benitez, te fallé dos veces en una noche.

Me desplomo de nuevo en el sillón tramando cuál será la manera más rápida de terminar con la fiesta y mandarlos a todos a sus casas.