NIBIRU

para Joshua

Se había despertado como un muchacho de veinte y se había ido a la cama como un hurón. En el transcurso del día fue un híbrido entre morrito, un pirata y un mapache. Y todo lo había hecho desde su cuarto armado sólo con una pizca de marihuana y papel para forjar. Se podía considerar una jornada exitosa y a él como el organismo vivo más satisfecho consigo mismo de todo el sector.

Se había despertado al escuchar que cambiaba la sintonía interior del planeta Tierra. Había estado soñando con una cabeza de perro flotando en medio de una túnica vaporosa. Estaban en medio de un desierto al amanecer. Él no entendía lo que el perro quería decirle porque hablaba en ideogramas, así que desesperado el perro por fin habló y dijo: “Acaba de comenzar otro ciclo”. Él se talló los ojos al despertar y se frotó al centro de la frente, donde debería estar un tercer ojos, y pensó que él ya sabía que acababa de comenzar otro ciclo, era obvio.

Encerrado en el baño revisó el calendario lunar con detenimiento, como un hombre de negocios escrutaría la sección de la bolsa de valores de un periódico. Había algo raro en el cielo, concluyó después de leer el reporte astral, algunas cosas no cuadraban. Al salir se miró en el espejo y se acomodó los brackets, luego notó que la barba que se había rasurado ayer le había salido de nuevo completa durante la noche. Después desayunó una porción de arroz y un vaso de agua.

En el patio dibujó un pentagrama en la tierra y después cubrió las líneas con hojas. Los nodos de energía los cubrió con flores, pero esos no estaban delineados, pues él sabía perfectamente en dónde estaban. Se sentó de mariposa al centro y dijo las palabras indicadas en el orden correcto. Cerró los ojos y en algún lugar se corrió un cerrojo y se abrió una puerta.

Lo que veía era el interior de sus párpados pero también, de alguna forma en realidad muy sencilla y ordinaria, al universo entero a la orilla de la mirada, como de reojo. Era cuestión de apretar un poco los ojos y enfocarse en el punto indicado. Cuando sintió despegarse del suelo supo que lo había encontrado. Se vio a sí mismo desde fuera, flotando sobre el círculo de hojas en profundo trance matutino.

Sondeó así, de reojo, el espacio liminal de su barrio, ese otro mundo que existe en los resquicios secretos. Ahí estaban brillando y tan presentes las casas de su barrio a las que rara vez les ponía atención, y los espíritus de los árboles y de los animales callejeros. En el suelo se derretían los restos de los sueños que habían tenido sus vecinos los días anteriores, formando viscosos patrones al escurrir por las calles hacia quién sabe qué secretos ríos subterráneos. A pesar de sentirse en casa en el ocaso, había lugares en los que presentía que era mejor no indagar.

El mundo, o al menos su cuadrante del mundo, se veía en orden. No se explicaba esa vaga sensación de inquietud que tuvo en sueños, o ese algo raro en el cielo que vio en el calendario lunar esa mañana.

Siendo él como era (o como estaba siendo en ese momento), decidió ser minucioso. Intercambió impresiones con los representantes de la hierba que crece en las heridas del concreto y revisó varias veces la huella psíquica de sus vecinos en las paredes.  Bien visto de lado, todo parecía como debía ser. A pesar de eso sentía una ansiedad particular. Se preguntó si así se sentirían los animales antes de un terremoto.

Cayó de golpe al regresar y desconcertado dudó de su identidad.  Volteó a ver sus piernas para aterrizarse, las encontró morenas velludas y en pose de mariposa. Lentamente iba recordando. Volteó a verse las manos, tenía en los brazos tatuados pequeños dibujos de todo tipo, símbolos, garabatos como los que encontrarías en la última página del cuaderno de un ángel metafísico aburrido en clase de su escuela de ángeles metafísicos. Recordó entonces que parte de su identidad era dudar constantemente de su propia identidad.

Para ese punto de la tarde ya tenía hambre de nuevo y mientras volvía adentro notó que el atardecer estaba extrañamente vívido ese día. Una luz rojiza se había apoderado del cielo y se reflejaba incluso en las cosas. Se volvió a servir de nuevo arroz blanco, pero esta vez con verduras hervidas para acompañar. De postre se chingó un cigarro.

Salió a dar una vuelta y, salvo esa luz roja como si alguien le hubiera puesto un filtro de celofán al Sol, todo era excruciantemente normal. Aventó las llaves en el mismo lugar de siempre y se preguntó dónde estaría su familia. No recordaba haberla visto ese día y además, ¿no era extraño en sí mismo que apenas hasta esa hora de la tarde se hubiera cuestionado su ausencia? Prendió la tele para sentisre acompañado, como hacía a veces, y en las noticias estaban pasando un reporte especial sobre un gigantesco objeto en el cielo.

El objeto en el cielo era Nibiru, el planeta X, escondido desde siempre en el punto ciego de la Tierra pero que ahora se acercaba inexorablemente. El final era inminente, explicaba la reportera con expresión lacónica, y al parecer ya debíamos haberlo visto venir pues era lo que merecíamos, explicaba.

“Ah”, dejó escapar Joshua o lo que quedaba de él. Así que eso era. Por eso no le salían los cálculos zodiacales desde hacía unos días.

Normalmente a esa hora del día volvía a pasar la tarde en el espacio liminal, pero ese día decidió quedarse en casa y encerrarse en su cuarto en caso de que su familia fuera a regresar de imprevisto y lo descubrieran haciendo algo extraño. No hubiera sido la primera vez.

Su cuarto era un templo del silencio la mayor parte del tiempo. Olía un poco a muchacho y un poco a marihuana, a sudor cristalino de filo de luna. El ambiente era sobrio salvo algunas plantas flotando en cristales, un par de posters de mapas estelares y, a veces, el espíritu de un gato que desaparecía a dimensiones vecinas por semanas completas antes de regresar todo madreado sin el pedazo de una oreja o con la cola más corta.

Se volvió a mirar en el espejo y la barba ya le cubría por completo la cara. Se abrió la camisa esperando encontrarse con un cuerpo de hombre lobo, pero encontró debajo su mismo cuerpo de siempre, con una mancha de vello en el pecho y otra en el abdomen. Se tranquilizó. Tal vez era una transformación normal debido al influjo del Planeta X, así como los malos entendidos son más comunes durante Mercurio retrógrado. El cambio es normal y no hay nada de qué alarmarse, se dijo mientras se veía directamente a los ojos ojerosos en el espejo. Y se creyó, pues confiaba en sí mismo. No se asustó ni porque no había nadie más en el mundo, ni por la bola roja en el cielo, ni por esas peludas orejas triangulares que habían reemplazado a sus orejas de toda la vida.

“Ay perro”, fue lo único que exclamó al respecto de todo pero tal vez no había nada más que decir. Sacó de su escondite la poca marihuana que le quedaba y puso música. Mientras trozaba la hierba notó que sus dedos tenían pequeñas almohadillas negras como las de los mapaches o los tlacuaches. No le impedían trabajar así que decidió aceptar sus patitas tal y como aceptaba cualquier otra parte de su cuerpo. Es decir, con amor.

Cuando se descubrió la cola ya había terminado un perfecto churro gordito, pero decidió que dado el caso era necesario también abrir una Budweiser que artesanalmente había escondido en el refrigerador familiar. Se la bebió mientras una profunda voz desde su celular tarareaba una canción que le pareció al mismo tiempo entrañable y erótica. La luz roja, cada vez más intensa, ya se colaba insistente por la ventana de su cuarto pero también por el espacio alrededor de su puerta.

Decidió abrir su laptop y ponerse a ver imágenes en Internet para pasar el rato. Ya era tarde, de todas maneras, y había sido un día bastante productivo, pensó mientras scrolleaba perezoso. Se detuvo cuando encontró la imagen de un anciano montando un tremendo dildo con un diseño imposible. Al lado del señor había una frase que decía: “Un hombre es exitoso si se levanta por las mañanas, va a dormir en el ocaso, y en medio hizo todo lo que quiso hacer”. Le pareció que estaba bien.

Se quedó dormido con el brillo de la computadora iluminándole el rostro, y para entonces era ya un hurón o tal vez una musaraña. Y por un momento fue el animal dormido más pacíficamente del mundo entero.