Nuevas formas de amor

Estoy descubriendo una nueva forma de amor: el platónico.

Llevo días cultivando una bonita amistad con el becario caribeño de la oficina de al lado mientras lo admiro en secreto. Ni tan en secreto. Le tiro el perro a la menor provocación.

“¿Por qué huyes de mí?” me pregunta cuando llega y me doy la vuelta para evitar que lea lo que escribo en mi libreta. Ahí está la oportunidad:
“Al contrario, en todo caso correría a tus brazos, pero me da pena que vean lo que escribo”.

Además de eso, es mi cómplice en un proyecto que involucra perros dibujados. Una tarde, pensándome solo en la oficina, me di a la tarea secreta de llenar los pizarrones y paredes negras del lugar con dibujos de perros para confundir a mis compañeros y porque, bueno, quería dibujar muchos perros.

Llegó por detrás y me asustó. “¿Qué haces dibujando perros por todos lados?” me dijo con su acento cubano. “Me temo que tendré que matarte”, le advertí señalándolo con el gis como si fuera una pistola.
Le prometí un perro a cambio de su silencio y unos días después le dibujé esto con la computadora…

Se lo puse en Facebook,  le da un pulgar arriba, comenta algo agradeciendo e inmediatamente después lo escucho comenzar a cantar en la oficina de al lado canciones de amor de Natalia Lafourcade.

“Carnal, organiza tus ideas y emociones”, me dice un amigo en común. “Número uno: ¿por qué le dibujaste un perro?”, me interroga. Me encuentro arrinconado. Tengo apenas una vaga idea. Razonemos: No es para ligármelo porque su heterosexualidad es un asunto que desde el inicio nunca tuve la intención de sortear. No espero nada de él. En realidad, es sólo que me gusta tenerlo cerca.

¿Por qué? Pues además de ser guapo y tener una personalidad cálida, tiene una forma especial de balancear el peso de su cuerpo que me prende. Lo hace todo el tiempo, no tiene switch de apagado. Tiene muchos hábitos relacionados al lenguaje corporal que me parecen atractivos. Por nombrar algunos: agarrarse el paquete, sobarse el vientre y el pecho, y unas maneras de pararse que más bien parece posar.

Por fin le contesto a nuestro amigo: “Me gusta su presencia y es una pequeña ofrenda para demostrarle mi aprecio por existir. No pretendo nada, sólo admirarlo de lejos como un diosesito de barro.”

Mientras escribía esto llegó el becario y se sentó junto a mí, me miró fijamente por un largo rato. ¿Intentando descifrarme? ¿buscando qué efecto tenía en mí su mirada? ¿sólo mirándome y ya? La respuesta me escapa. Tal vez entendió el gesto y me lo agradeció con su presencia. Tal vez no tiene idea de lo que está pasando y sólo le caigo bien por dibujar perros.

Lo que sucedió es que me cimbró, me puso nervioso. Así que hostil le pregunté casi gritando “QUÉ”. Él nomás se rió, dijo algo como “Nada, gracias por el perro” y se paró y se fue bailando.

Ahora entiendo porqué Cupido disparaba flechas y no algo más inofensivo como, no sé, pétalos de flor, polvo de gises de colores o ron. Me pregunto en silencio y lo repito cuatro veces como si fuera una plegaria: ¿Que si este es el amor, que si este es el amor?