La Asfixia Estética

para Daniel Vargas

Daniel mantenía un blog de Tumblr llamado algo así como La Asfixia Estética en donde subía fotos de santuarios romanos en ruinas, pin-ups en colores neón y gatos jugando a la ouija. Ese blog era el orgullo de sus ojos. Tenía un diseño editado por él mismo y un playlist ya sea de shoegaze o de ambient según la fase lunar en la que entraras al sitio. Su blog de imágenes era su dominio y Daniel era algo así como una especie de autoridad. Peregrinaban a su pequeño rincón en Internet cientos de miles de visitantes de todas partes del mundo. Lo seguían muchachos con blogs de cyberpunk japonés, galerías con la más pálida estética adolescente norteamericana y hasta muchachos rusos mamados con blogs de ropa deportiva. La Asfixia Estética era su fortaleza de la soledad, su torre de cristal, su magnum opus y su orgullo.

Cada tarde salía de la escuela en donde estudiaba alguna u otra cosa, algo poco importante, algo que ni a él mismo le interesaba mencionar. Y cada día se derretía en el siguiente mientras pedaleaba en una bicicleta que era lo más cercano a un amigo en la vida real que tenía a los ¿17? ¿21? Se metía por entre los coches del centro y les salía al paso, y cuando lo hacía se imaginaba que era un delfín desapareciendo debajo del mar para volver a emerger de un salto rompiendo en cristales la superficie marina. Y se hacía de tarde y después de noche en lo que Daniel pedaleaba por los serpenteantes caminos empinados que lo llevarían a casa.

Y desde arriba, en una de las colinas que dominaban la vista de la ciudad, podía ver las luces del centro como un campo de estrellas que reflejaban al cielo nocturno, o como un gigantesco cementerio de luciérnagas. Le daba un último vistazo a la ciudad en una botella antes de entrar y aventar su ropa por el piso de su habitación hasta llegar a una computadora de escritorio vieja en una esquina del cuarto. Ahí empezaba realmente su día.

Prendía un churro, ponía una playlist del más oscuro hip-hop y cazaba imágenes en su inmenso timeline, husmeaba en archivos de sus blogs favoritos en busca de rarezas olvidadas y hacía muchas pausas frente a cada imagen. Largas pausas. Daniel contemplaba. Ante él se extendían un millón de ventanas para mirar al mundo e intentar comprenderlo todo desde esa compu con un vejestorio de monitor.

Sus aspiraciones eran llegar a los cabalísticos 13 mil seguidores, terrarios geométricos con plantas y cristales adentro, una marca de ropa por Internet.

En consecuencia de sus hábitos de consumo en Internet había desarrollado una insatisfacción crónica que lo obligaba a comparar cada aspecto de su vida con lo que veía hasta entrada la madrugada. Eso lo hacía moverse por la vida en un estado letárgico, melancólico porque la vida nunca sería como en las fotografías.

Daniel se sentía, más que otra cosa, hastiado, cuando lloraba en medio de la luz rojiza de su habitación y en sus lágrimas se reflejaba la luz de la pantalla, y los gemidos de su respiración entrecortada por el llanto se perdían entre la estática rítmica del disco de ambient que acababa de descubrir y que hace unas horas le había producido lo más cercano a la alegría que podía permitirse sentir.

Una noche a las 4 am, durante un momento de claridad súbita, pudo contemplarse a sí mismo. Se le ocurrió entonces que, vista desde cierta perspectiva, su asfixia era tan pero tan estética.

las 4 am ya no es la hora de llorar, es la hora de aceptarse

— julien donkey boy (@varjajaj) 30 de marzo de 2017

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