Stickers Malditos

Mariano me tomó de la mano a mitad del callejón y me empujó contra la pared que era de piedra. Comenzó a acariciarme la entrepierna hasta que mi verga se puso dura, luego la palpó con los dedos por encima del pantalón. Lo besé desesperado y él me correspondió igual de sediento. Estuvimos un rato así pegados y comencé a acariciarle las nalgas por encima del pantalón, redondas y duras. Le pasé las manos por la cabeza y pude sentir el delicado roce de su cabello casi rapado.

Lo había conocido ese mismo día, mi último día de paso en Guanajuato rumbo al norte, pero llevábamos toda la tarde y parte de la noche así, oscilando entre un inocente coqueteo adolescente y esas violentas demostraciones eróticas en público.

Escuchamos que alguien se acercaba y Mariano retiró sus manos de mi verga pero no dejó de besarme. Cuando nos separamos pude ver que era un señor, como cualquier otro señor de la vida, que no pareció ponernos mucha atención. De todas maneras Mariano le sacó la lengua y luego rió una risa de bruja. Los dos estábamos algo borrachos pero él más bien tenía pinta de llevar varios días de corrido de fiesta.

Una media hora antes se había subido a bailar a la barra de un bar y después en nuestra mesa me metió la mano bajo el pantalón. Cuando salimos rumbo a su casa me pidió que le comprara cigarros en una tienda de la que él estaba vetado. «Una vez borracho me robé unas papitas», me explicó. «A todos nos ha pasado, ¿no?», dijo a manera de disculpa. Y a mí no me había pasado pero me reí porque me cayó bien que dijera eso o tal vez fue el tono en el que lo dijo o tal vez me parecía terrible pero de todas maneras se me escapó una risa porque lo que más quería en ese momento era cogérmelo y ya.

El frío de la calle nos envolvía como si nos amara. Nos tambaleamos por un laberinto de callejones empedrados hasta llegar a su edificio igual de viejo que el resto.

Subimos la escalera de la casa de huéspedes en la que vivía y luego de cruzar una puerta de madera viejísima pintada con colores pasteles, entramos a su cuarto que era una especie de templo. Un templo a una infancia perdida, tal vez, con restos de otra era tirados por aquí y por allá. Juguetes viejos y muñecas modificadas, viejas revistas para niños, un poster de un Bob Esponja muy grotesco, ilustraciones sacras vandalizadas y muchas muchas calcomanías.

Mariano tenía una obsesión por los stickers caseros, esos de vinyl que hacen los muchachos y los artistas callejeros y luego pegan por toda la ciudad. Tenía cientos, la mayoría pegados en paredes y muebles pero también en libretas como si fueran álbumes. 

Me miraban de vuelta las paredes perritos sangrando moco negro y ropa interior manchada de rojo, esténciles de James Dean monstruos de bolsillo asesinos seriales, imágenes influenciadas por la psicodelia anime hip-hop horror vida diaria. Un gato vomitando arcoiris.

Cuando volví a ver a Mariano me di cuenta que a pesar de haber recorrido casi todo su cuerpo por encima de la ropa y parte de el por debajo de ella, no lo conocía en lo absoluto. Me pareció hasta alienígena. Me imaginé que llegó de otra era y por eso bailaba tan prendido esa canción de Javiera Mena. Tal vez llegó de otro lado por uno de los kilómetros de túneles de Guanajuato y su colección de stickers retrataba la fascinación por su nuevo hogar.

Traté sin éxito de entenderlo juntando las piezas: Perpetuamente inquieto, pálido, una mirada de profundos ojos rojizos que parecía decir “te quiero comer la verga y que te vengas en mi boca” o bien “me estoy muriendo de frío”. Seguro había venido del lado oscuro de la Luna.

Me pegó un pájaro con bufanda en la chamarra, puso reguetón y fumamos marihuana. Me empezó a menear el culo al ritmo de la música. Para ese punto y con las rimas sucias llenándome la cabeza de ideas yo tenía ya una erección ansiosa, dolorosa de tan intensa, cuya silueta se me adivinaba a través del pantalón.

Duro como roca me le dejé ir, comencé a rozarle la verga por entre sus nalgas por encima de la ropa, mientras nos movíamos como si nuestros cuerpos fueran parte de la canción. Se dio la vuelta y nos besamos, cándidos, con el calor aumentando en medio de esa noche fría. Hice un intento por tocarle la verga pero me detuvo la mano. «No me gusta que me la toquen», me alegó. Saberlo pasivo a tal grado nada más me puso más caliente.

«Híncate», le ordené. No lo tuve que repetir dos veces y ya lo tenía desabrochándome el pantalón con los dientes. Así bajó el cierre, luego lamió mi verga por encima de mi bóxer, la puso entre sus labios y me sentí morir de placer. Por fin bajó mi bóxer y mi verga saltó de su prisión disparada como un resorte. De inmediato la engulló por completo.

Me volvía loco lo que hacía con su lengua, me sentía en el cielo. Le empecé a marcar el ritmo con las manos en la cabeza y sentía de nuevo entre los dedos el delicado roce de su cabello casi rapado.

Me recosté en su cama y él me siguió, avanzando de rodillas, buscando mi verga como si la necesitara, como si fuera un penitente camino a la catedral. Y así, con mi verga reposando en su boca como si fuera su lugar correcto en el universo, encendí un cigarro, me seguí sirviendo mezcal y me sentí en la cima del mundo.

Entonces sentí amor. O algo muy parecido al amor. Amor por él y amor por la vida, y una infinita sensación casi metafísica de gratitud por estar en ese lugar en ese momento, por las decisiones que tomé para llegar ahí. Me sentí en la cima de las posibilidades de la vida. ¿Qué más se puede pedir que un romance completo que nace y llega a su clímax en apenas medio día? Me sentí brillar supernova.

Llegó el éxtasis, llegó de nuevo la brisa fresca de la noche, llegó el tenue resplandor, y con ello el final.

Estuvimos platicando desnudos por un buen rato hasta que Mariano se quedó dormido. Me levanté a buscar mi ropa por el piso del cuarto para regresar a mi cuarto de hotel y probablemente no volver a verlo nunca jamás. La historia llegaba a su fin. La supernova había hecho explosión y ahora todo se enfriaba, moría. El pájaro con bufanda que me había pegado en la chamarra me miraba lacónico con sus ojos de punto mientras me dirigía hacia la puerta.

Entonces algo sucedió o yo hice que algo sucediera. Apagué la luz y voltee a darle un último vistazo a la habitación, y sentí algo de verlo así, desnudo, dormido en un cuarto que parecía flotar a la entrada de un túnel, ebrio de vida. Me pareció como indefenso. Por un momento me pareció entenderlo. Su adoración a símbolos de inocencia, su iconoclastia, su colección obsesiva de imágenes que marcaron su juventud como si con ellas fuera a encontrar el camino de regreso a su inocencia, pero también  la pasión que emana y canaliza como si existiera en simbiosis con alguna fuerza de la naturaleza.

Verlo desnudo me provocaba querer quedarme en Guanajuato y cuidarlo. ¿Pero cuidarlo de qué? Eso me escapaba. Cuidarlo del mundo y de sí mismo, cuidarle el camino, cuidarle los puntos y las comas, comprarle cigarros en las tiendas a las que no podía entrar.

Una última vez le pasé las manos por la cabeza y pude sentir entre mis dedos el delicado roce de su cabello casi rapado, vi a Mariano iluminado por la cálida luz de la calle, que se reflejaba en las paredes de piedra y que nos llegaba tenue, casi humeante y etérea. Dudé.

Había sentido toda su pasión vertida en mí como una plegaria en busca de respuesta. Me había pedido que me quedara, que no me fuera a Monterrey. Y había dado todo de sí por volver inolvidable esa tarde condenada a desvanecerse.

No podía darle amor afuera de esa burbuja. Una vez que amaneciera el amor y yo nos habríamos desvanecido. Pero lo que sentía era sincero y lo mejor que podía hacer era quedarme esa noche, a cuidarle al menos el sueño. Así que me volví a desvestir, me metí a su cama y abracé a Mariano con fuerza, con amor sincero. Y así fui cayendo dormido, arrullados ambos por el eco de los coches atravesando el túnel bajo su ventana.