Temporada de malilla

6 de noviembre de 2015
otro capítulo de mi diario en donde estoy asquerosamente vivo

Me siento mareado de vida.

En los últimos ocho días me enfermé del estemago y me dio temperatura. Así pasé el fin de semana pasado. Luego de un par de días, ya curado, un odio intenso al trabajo y a mi vida –a los que estoy inevitablemente atado– me produjo un ataque de urticaria. Me salieron decenas o cientos de ronchas por todo el cuerpo. Fue por estrés. Desde entonces, y ya libre de ronchas, he dormido unas seis u ocho horas repartidas en los últimos tres días. He comido mal. He comido mal y he besado. Me he reído con una desconocida y desabrochado el pantalón de un recién conocido.

No puedo ni empezar a explicar o describir lo bien que me siento. Me siento como si estuviera en ácidos a pesar de estar sobrio. Sobrio no es la palabra adecuada. Tengo un estado de ánimo impredecible por la desvelada.

“Te ves como alguien a quien le hace falta dormir”, me dijo David. “Te ves y te comportas como alguien a quien le hace falta dormir”, repitió David, quien minutos antes me había contado sobre el pirómano que conoció en el hospital psiquiátrico. Puede ser pero era la última persona de quien me hubiera gustado oírlo. Estábamos en la azotea. Llovió por unos instantes y David corrió a refugiarse al edificio. Yo me abroché la camisa y me quedé bajo el agua. Me burlé de su aversión a la lluvia, que fue como un reflejo involuntario. Entonces David encontró un pedazo de lámina salido de un techo y se refugió debajo y su conversación era errática y su pensamiento desordenado y decía las cosas sin atreverse a decirlas del todo. Pero las lanzaba de todas maneras como en una metralla y parecía vibrar mientras lo hacía. 

Me descubrí mirándolo y pensando en la belleza de los muchachos locos. Lo descubrí tomándome fotos en secreto.

Estaba tomando fotos como loco a todo. “Está bien padre todo esto”, dijo, y apuntaba su celular hacia las cosas.

“Se llama experiencia estética”, le dije. “Esto de las azoteas y los colores que el cielo húmedo forma en las nubes, y esto de estar platicando sin nisiquiera estar seguros del nombre del otro. Así se llama”.
“Se siente como nostalgia”, dijo David –yo tenía que verificar mentalmente cada vez que pronunciaba su nombre–
“No, la nostalgia es otra cosa”
“Sí, la nostalgia es otra cosa. Esto es otra cosa”

¿Qué cómo me hace sentir todo esto? 

Me hace sentir que está manzana es la cosa más rica que mi boca ha probado en semanas. Me hace sentir con ganas de correr hasta agotarme. Me hace sentir con ganas de seguir compartiendo poemas por mensaje de voz con muchachos al otro lado de la ciudad –como náufragos varados en islas diferentes que se comunican en mensajes en botellas que lanzan al mar–. Me hace sentir con ganas de besar muchachos que estudiaron ocho años de medicina y terminaron odiando al complejo médico, y se fueron a vivir a la sierra y aprendieron totzil para curar en su propio idioma a desconocidos anónimos y olvidados. Me hace sentir con ganas de besar y morder al morro más pirata de todos. Al Rey de los Piratas. Quiero correr hasta que el sueño me reciba con los mantos abiertos