UNO

Había soñado con una selva al interior del metro. Un denso follaje salía por entre las taquillas y costaba abrirse paso entre los arbustos espinosos que recubren las escaleras. Un coro de aves invisibles graznaba sobre su cabeza. Un grito a lo lejos lo hizo despertar.

Gabriel iba hilando las piezas de su sueño mientras caminaba rumbo al metro. Seguro soñó todo eso por la aventura que le esperaba ese día. Para nada era su primera vez en el subterráneo y sabía exactamente qué clase de selva encontraría adentro, pero estaba un tanto ansioso por tener que tomar una ruta nueva y tan larga. Tal vez llegaría demasiado tarde y sería odiado. O demasiado temprano y se quedaría  aburrido y solo consigo mismo por un tiempo indeterminado, lo cuál lo llenaba aún más de ansiedad.

Había quedado de verse con una muchacha que conoció en una de esas redes sociales. Se llamaba Anansi y era cuatro años menor que él. Tenía 18 e iba a una universidad privada en la que los estudiantes debían usar uniforme. Puede que fuera este hecho lo que le llamó la atención a Gabriel en primer lugar pero eso es algo que jamás diría en voz alta o, para el caso, jamás admitiría consigo mismo.

Gabriel se sentía como un hombre nuevo tan sólo de pensar en el prospecto de estar con ella. Y, aunque se hacía varias horas de camino desde su casa a la de la joven Anansi, estaba dispuesto a realizar el recorrido sagrado, a dar cada paso con fervor, a recibir cada pequeña bendición con agradecimiento y cada codazo con penitencia. Sudaba por el calor subterráneo y por la expectativa. Una fuerza en su interior le decía que, por esa chica, todo calvario valdría la pena.

La mítica casa de Anansi estaba ubicada en un laberíntico complejo departamental en el corazón de las colonias centenarias, descuidadas y tétricas que componían el Centro Histórico. Aunque conocía a grandes rasgos la zona realmente nunca había caminado en ella y en su imagen mental la zona siempre aparecía como un bosque de bloques de concreto medio destruidos y nubes de polvo. 

Más allá de la fantasía de colegiala que le vendió el affaire sin muchos problemas, no sabía nada de esa muchacha salvo que un porcentaje considerable de su comunicación por Internet se llevaba a cabo a través de GIFs animados de animales.

El GIF que más le gustaba era el de una tarántula, parecía sacado de un documental de la naturaleza. Aparecía alzando la cabeza y avanzando con sigilo, su pelaje y colmillos resplandeciendo bajo el sol. Todo se veía muy tétrico y amenazador hasta que al final la tarántula alzaba las patas y parecía estar saludando amigable. Se la imaginaba justo de esa forma: digna y peligrosa pero dispuesta a recibirlo.

¿Valía la pena ir al rincón más recóndito de Rumbo Desconocido con tal de coger? ¿No tenía un mejor uso de su tiempo que entregarse al vicio de fantasear y fetichizar uniformes? Puede que al final ni le gustara la tal Anansi, ¿valía la pena el esfuerzo?

Sacó su celular y buscó su último intercambio, el de la noche anterior. Habían intercambiado fotos y ahí estaba ella y ahí estaban sus desnudos y ahí estaban sus palabras retadoras. Se sintió mal por dudar, por supuesto que valía la pena, pensaba, mientras de nuevo se adentraba en la hora pico del crepúsculo.

Su primer odisea del día, antes que sortear las barreras emocionales de la colegiala como un artista olímpico y antes que navegar por el laberinto insondable que le representaba el bloque de manzanas, callejones y complejos de vecindades del centro, consistía en encontrar algún espacio en algún vagón de algún tren.

La imagen que Gabriel encontró al asomarse al andén se parecía, más que nada, a un concierto masivo de música electrónica, a una visita papal, a una multitud escapando del fin del mundo, a un estadio de futbol, a una turba enardecida presagiando un golpe de Estado, a una estampida buscando un Pokemon raro en Central Park, a un mar de cuerpos humanoides, una multitud y su oleaje primordial al cuál debía integrarse, una fila informe y colectiva compuesta de ingentes cantidades de trabajadores, estudiantes, oficinistas, cada grupo de la ciudad debidamente representado por un penitente que resguarda un espacio vital de apenas unos centímetros en busca de su destino. Pero aún así: codos ensamblados en costillas, bultos sospechosos y amenazantes como pistolas contra la espalda, la pérdida de las fronteras entre los individuos, el calor que nubla el horizonte y la rojiza luz soporífera del andén que silba infrasónica.

El tiempo parecía haberse detenido.

De algún lugar se escuchaba una bocina con ancestrales tangos granulados por la mala calidad del aparato y, ocasionalmente, una voz oficial dando anuncios eléctricos. Cada par de minutos Gabriel sentía la necesidad de verificar que llaves, teléfono y cartera estuvieran en su debida posición. Los trenes llegaban repletos, y a pesar de las ganas nadie suspiraba porque no había espacio para el suspiro. Como en una maldición, por cada persona que salía del tren abordaban tres más.

Todos estaban ahí. Navegando entre la gente, pagando de pasaje un empujón o apretón para abrirse paso entre cada persona rumbo al tren. Gabriel vio a compañeros de una lejana primera infancia. Los miró a los ojos y se reconocieron alegres sin poder explicarlo. También estaban los niños de cuando iba a catecismo y su profesora, ya mucho mayor, tan alejada del Señor como el resto del mundo ahí abajo. Encontró, sepultado contra una escalera de emergencias, a la primera chica que le había gustado, una chica de cabello siempre despeinado y pómulos filosos que pasaba patinando en el parque de por su casa. Nunca supo su nombre pero la había bautizado de lejos como Bambi. Pues ahí estaba Bambi. Y ahí estaban también todos los sobrinos y primos de Gabriel, tantos que no podía nombrarlos de memoria sin que se le olvidara por lo menos uno. También estabas tú y, no muy lejos de ahí, estaba yo. Y todas las personas que hemos llegado a conocer. Todos. Como si hubieran sido requeridos con urgencia a un lugar imprescindible.

Marchaban, ya en silencio, en un ejército aparentemente caótico pero con el ritmo propio del organismo de una bestia. Se abrían paso como podían. La vida no era sencilla y debían tomarse las cosas un paso a la vez, tratando interiormente de cambiar su estado de la materia y escurrir unos contra otros para avanzar y llegar hasta un rincón o burbuja de aire más o menos cómodo, hasta que de nuevo el caos los devolviera al azar.

De vez en cuando llegaba un tren y la gente se valía de maletines, mochilas y bolsos como armas improvisadas, hacían presión con sus rodillas, se balanceaban de tal forma que hacían perder el balance a quienes los rodeaban por unos valiosos segundos que eran más que suficientes para colarse en un vagón y acaparar el espacio.

Era una carnicería dantesca y silenciosa de codazos, empujones, la presión de una parte del cuerpo indecible contra una incomprensible. Gabriel, o lo que quedaba de él, digamos el trozo más grande de consciencia de Gabriel que se podía discernir del caldo de gente, de pronto pensó que no estaba hecho para ir a la guerra.

La lucha para él no sólo consistía en abrirse paso en ese mar de personas sino también mantener una llama en su interior sin apagarse. Nebuloso, Gabriel no podía explicar qué representaba o era esa llama, pero sabía, como se saben las cosas en un sueño, que debía protegerla a toda costa, era lo único que importaba ya.

La desesperación, sin embargo, se había apoderado de él, una desesperación silenciosa que punzaba en las articulaciones, la desesperanza de la espera eterna. El infierno había entrado en él. Recitó todos los nombres que recordaba. Bobby, Hank, Jean, Scott y Warren. Esos nombres le sonaban de algún lado. Anansi. Ese era otro nombre que recordaba. Iría, se suponía, a ver a una Anansi. Entonces quiso imaginarse besándose con Anansi pero no recordaba cómo se veía ninguno de los dos. Estaba perdido y borroso.

Anansi, la chica de las arañas, se veía tan lejana como la entrada se veía lejana si decidiera regresar, como sus ganas de vivir se veían lejanas cada segundo más que pasaba ahí, cada segundo que llegaba sin invitación y con violencia a impartir más silencio.

En algún punto Gabriel se soltó. Se quedó dormido o entró en un trance profundo. Volvió a abrir los ojos: Formaba parte de un mosaico indiscernible, un rompecabezas aleatorio compuesto de piernas con todo tipo de uniformes de trabajo, toda clase de brazos, todos los tonos de piel morena enraizados a tubos, paredes, asientos. En medio de ese depósito de cuerpos respirando acompasados como un solo organismo se escuchó una canción de Juan Gabriel que no duró más de 30 segundos antes de ser reemplazada con otra del mismo autor y después por otra. Y cada que ese loop de los mismos pedazos de 8 o 10 canciones de Juan Gabriel se reiniciaba, los pasajeros consideraban unánimemente que el ciclo había dado una vuelta completa, por lo que para marcarla soltaban un uniforme suspiro de decepción que apenas se escuchaba pero que en su sincronía perfecta todos percibían con todos sus matices. Así pasaban el tiempo.

Ese organismo del que ahora todos formaban parte comenzaba a desesperarse con el audio en perpetua repetición y pronto intentó apagar la bocina sin mucho éxito. Era demasiado abstracto ya para funcionar en el mundo físico, pero sobre todo carecía de dedos. Todo esfuerzo se probó inútil y ese loop infernal de las mismas 8 o 10 canciones seguía. Las partes de ese organismo subterráneo se retorcían de vez en cuando de manera estratégica, buscando encontrar el punto secreto que apagaría esa tortura musical pero sin mucho éxito.

Unos años después de eso, todos o todo estaba convencido de que esas 8 o 10 canciones definían cada una un estadío de la existencia, de su existencia, que sus palabras y sagrada armonía musical tenían encriptadas respuestas importantísimas, explicaciones sencillas para todo. Lo sabían, lo sabían todo. No habían nacido para amar, todo estaba bien hasta que se conocieron, que Juan Gabriel los llevaría a un lugar de ambiente donde todo sería diferente y donde siempre alegremente bailarían toda la noche.

Fue una certeza que tuvieron en sus corazones por algunos años hasta que alguien por accidente presionó en el lugar correcto para apagar la bocina. Tal vez sólo se había quedado sin baterías o el vagonero se había fundido al fin con ella.

Un silencio se había apoderado de todo lo visible y percibible, que era para entonces una sola cosa muy parecida al mar. Y ese silencio, que iba acompañado de una vaga sensación de haberlo perdido todo de golpe, perduró lo indecible. Hace tiempo que había dejado de valer la pena medir el paso del tiempo. A veces su propio ruido por los túneles subterráneos, como una cachetada del mar hacía un montón de rocas, los hacía despertar por un breve momento.