Voy al Oxxo, ¿alguien quiere algo?

para Isaac

Estábamos en pleno bajón compartiendo un silencio y sólo se escuchaba el ladrido de los perros a lo lejos. El punto más alto de la noche había quedado atrás, de ahí sólo seguiría valer verga en picada. Llevábamos cuatro churros entre los dos y ya nos costaba trabajo ordenar las palabras, así que cada quién estaba en su celular como descansando de existir, deslizando infinitamente en algún feed del vasto Internet. Estábamos, como decía Gise, entregándonos completamente al sopor existencial. Si ponía atención, podía ver algo en los huecos entre las imágenes de la pantalla del celular, una idea muy específica de cómo era la vida para mí en ese momento de la A a la Z. Pero cuando volteaba a mirarlo de frente ya se había ido. Isac estaba en lo mismo, suponía. Su cara iluminada por la pantalla del celular, con una pequeña voluta de luz rodeando su cabeza, como un santo con su halo. Un santo de luz mercurial. Un santo como de Xalapa o de Guanajuato o de Durango. De un pueblo bonito (o no tan bonito o bonito a su modo) y silencioso, muy silencioso. Salvo por el ladrido de los perros a lo lejos que me regresó a la realidad. Era lo único que se escuchaba en el pueblo a esa hora, que en realidad no era tan tarde.

Sin que me diera cuenta salimos a buscar algo de comer al Oxxo, que era como el único Oxxo en 15 kilómetros a la redonda o algo así. Todo estaba callado, realmente callado y solo. En todo el camino no nos topamos con nadie, pero sí con un chingo de perros diferentes. Eran perros de la calle, flacos y desconfiados, que te miraban agachados y luego iban a esconderse o te seguían con la mirada hasta que pasabas. Los escuchábamos ladrar a lo lejos y para ese punto era ya como el ruido del mar o de los carros, algo que das por sentado y que ya no escuchas a menos que pongas atención. 

Isac llevaba shorts y chanclas y una camiseta negra y vieja que decía “Grupo Alternativo”. Yo también tenía una de esas en mi departamento en la ciudad. Las mandó hacer hace algunos años, pero se veía que él sí se ponías un chingo la suya. El asunto del short y las chanclas me prendía vagamente. Me distraían sus pies descalzos y sus chamorros velludos y la tela ligera del short. Pero trataba de no ponerle mucha atención porque sería incómodo que se me parara así nomás caminando por la calle. Aparte era mi amigo y eso. No es que no me daría con él, claro que me daría con él: eso es todavía más de amigos. Era solo que no quería darle un pase y arruinarlo todo. Qué tal que no le gusto. O que tal que tiene a alguien y no me ha contado. O que tal que está ahí esperando que le haga un pase porque él es demasiado tímido como para hacer uno. O que tal que le entro y a la mera hora no me gusta tanto como creía y lo arruino para todos. Tantas cosas podrían salir mal.

Isac, desde hace un largo rato, no decía nada. Estaba bien. Llevábamos como día y medio platicando de todo. Conversábamos 12 horas seguidas de cosas fascinantes y cosas sencillas. De las cosas que alcanzas a ver entre las cosas y que luego no atrapas, o de las que sí. Luego hacíamos cosas como poner Evangelion o Bob Esponja y nos quedábamos callados. O luego jugábamos Smash y también nos quedábamos callados. Pero en otras ocasiones sólo nos quedábamos mirando a la nada o caminando y ahí era cuando más callados nos quedábamos. Y esa era una de esas últimas veces. Él estaba ahí con sus shorts y sus chanclas y su carita salvaje. Y el mundo era oscuro pero mercurial iluminado por los postes. Y los perros ladraban y ladraban.

Cuando llegamos al Oxxo, el único Oxxo en como 15 kilómetros a la redonda, el lugar también estaba solo. Nos pasamos y preparamos cada quien una maruchan y un hot dog de esos con las salchichas feas y mojadas, pero que a esa altura del monchis era como una comida en un restaurante de lujo. Nos paramos junto al horno mientras nuestras dos latas de sopa daban vueltas adentro siendo irradiadas y recuerdo su presencia, el aura de santo, los shorts, su olor y todo lo demás. Pero no recuerdo si era más alto o más chaparro, o si era que yo lo sentía más de una forma u otra. Si este recuerdo fuera un mensaje de texto aquí iría un emoji pensando. El caso es que el microondas hizo mmmm mmmmm mmmmmm mmmmmmmmmmm mmmmmmmmmm y luego peepeeepeeep. Y nuestras maruchan ya estaban. Pero seguía sin haber nadie ahí para cobrar. Ni un vendedor o un empleado o como se diga. Gritamos y tocamos estúpidamente el mostrador con el puño pero no venía nadie. Buscamos en la bodega, que estaba abierta, y luego en el baño, que también estaba abierto, y no había absolutamente nadie. Así que nos comimos nuestras cosas en el estacionamiento sin decir nada, que también estaba vacío.

Mientras me comía mi hot dog recuerdo que me clavé mirando sus piernas y pensando en que seguramente regresaríamos y nos quedaríamos dormidos separados en la misma cama con algún animé o una película vieja sonando al fondo. Y que seguro yo, de nuevo, tendría una incómoda erección ahí mientras pretendía dormir. Y cuando por fin me quedara dormido soñaría con esa cosa que me haría entenderlo todo y hacer sentido de las cosas de la a A la Z. Al despertar la olvidaría. Isac me tocó el hombro como siempre hace y regresé a la realidad. Voltee y estábamos rodeados de perros. Perros de la calle hasta donde alcanzaba la vista, de todos colores y tamaños, pero todos flacos y descuidados y sucios o con sangre. Era como un océano de perros. Luego uno comenzó a ladrar, luego otro, luego todos los demás ladraron sin parar.